Francisco Flores: La integración regional entre lo posible y lo imposible

Los centroamericanos somos un pueblo que está consciente de su capacidad para superar sus problemas, que está seguro de que puede y debe luchar por engrandecerlo y ponerlo a la altura del mundo cambiante, dinámico, conflictivo y difícil de nuestros tiempos. Tenemos las ideas claras acerca de la sociedad que queremos, el tipo de economía que nos brinda bienestar y el tipo de Estado que es necesario para promover una justa distribución de la riqueza. 

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

El camino de la integración centroamericana ha reunido siempre el espíritu de hombres y mujeres, a quienes por encima de todo aquello que nos separa, han estado dispuestos a trabajar alrededor de lo que los une, para concertar así una visión común apoyada en las virtudes de una ideología, una economía y una cultura regionales.  La integración no es asimilación, por el contrario, es habitar un espacio común, en el que la pluralidad y la diversidad sean posibles de realizar.  La prueba de ello es que, pese a nuestras limitaciones, los centroamericanos, han venido trabajando con ideas, técnicas, experiencias y valores espirituales recogidos y acumulados en intensos años, de servicio público y luchas cívicas y políticas.

A sido un lugar común para los costarricenses afirmar que el futuro de la integración depende del buen funcionamiento del sistema que lo sustenta, cuyas principales características son las siguientes: su compromiso con la libertad, su independencia, su tolerancia a todas las gamas de opiniones, la adopción de medidas para asegurar el progreso social, un profundo respeto por la libertad política, confianza en la ley, fe en la educación y respeto por las instituciones democráticas. Para asegurar con ello, que las ideas comunes a los centroamericanos son y deben ser actuar con legitimidad frente al reto de colocar los derechos y las libertades fundamentales en el centro de toda acción política de nuestra sociedad.

La agenda de la integración regional en la que convergen por igual problemas y soluciones a los grandes asuntos de nuestro tiempo; es una oportunidad de reafirmar el principio de que la imaginación es la capacidad que tiene el hombre para transformar su tiempo actual y proyectar el que ha de venir.  Estamos obligados a actuar en materia de integración económica y política con energía y creatividad, con tolerancia y visión, con optimismo y con esperanza. Para que en el proceso de evaluación y consulta de cada una de las situaciones que afectan a millones de seres humanos ubicados a lo largo de esta llamada cintura de América, se permita a la mayoría de aquellos que están ubicados en los estratos más olvidados de nuestras sociedades integrarse a las oportunidades que brinda el progreso espiritual y material, superando la recurrente frustración, que considera esta una tarea imposible.

La acción de los organismos de la integración regional exitosos y aquellos que no han sido tanto, requiere  del apoyo no solo de los Estados, sino de los parlamentos, y con ellos el de las sociedades que representan, porque no hemos terminado de unirnos para defender los derechos fundamentales, y ya estamos encarando el problema sensible y evidente de la inseguridad que nos parecía que se manifestaba en forma esporádica y localizada, y ahora comprobamos que se globalizó y constituye un inmenso desafío a la civilización entera.

La tarea del Estado en cada espacio vital de Centroamérica, no puede estar circunscrita exclusivamente a lo que prescriben sus constituciones, la realidad ha provocado una transformación extraordinaria que los lleva a ser participes de muchos de los asuntos que afectan no solo la vida interna de sus pueblos, sino la de sus vecinos.  Los retos de nuestra región, no solo conllevan la responsabilidad de actuar en materia civil y política, se sitúan ahora también en detener el deterioro del aire, las aguas y la tierra. La vida de los Estados está extendiéndose, estamos adentro y afuera de nuestras realidades cotidianas, con avances y retrocesos, por ello urge asumir el reto de armonizar, compatibilizar, los imperativos del desarrollo de nuestras sociedades.

Las diferencias que separan a los países ricos y a los países pobres se han profundizado. En contraste con grandes progresos científicos y tecnológicos, son millones los seres humanos que viven en la pobreza extrema. Los Estados de la región deben actuar en función de las y los centroamericanos, deben trascender y comprender, que, si son capaces de reconciliar a nuestras sociedades, podrán tener la capacidad de contribuir eficazmente en la construcción de un porvenir para la humanidad.

La lucha contra la pobreza, el establecimiento de sociedades más equitativas, equilibradas y justas, fue siempre, desde su gestación, una inquietud central de los Estados, hoy no lo es menos, y eso refleja la fuerza y la importancia  de esta  dinámica de nuestro decurso histórico en la que es obligado destacar a dos ciudadanos costarricenses, uno de ellos fue Presidente de la Asamblea Legislativa y honro a su país sirviéndolo con lealtad: don José Luis Molina Quesada[1] quien hizo posible junto a otro gran costarricense que ya no está entre nosotros,  que fue Vicepresidente de la República: don José Miguel Alfaro Rodríguez,[2] la reforma constitucional que permitió en 1968 asegurar el proceso de inserción irreversible de nuestro país dentro del sistema de integración regional.  Es un deber cívico honrar y agradecer a ambos sus profundas contribuciones, su nobleza política y su aquilatada herencia espiritual, construida sobre los hechos y los principios que afirman el carácter de nuestra identidad porque esta es la fuente de donde se nutren las aspiraciones que tenemos hoy.

Como don José Luis Molina, y don José Miguel Alfaro, los hombres y mujeres de este tiempo trabajamos por un sueño centroamericano, que nuestras generaciones más jóvenes, conquistaran mañana, si luchamos hoy por ofrecerles un futuro que heredar a sus propios hijos.  Sin duda, la sociedad centroamericana necesita de la juventud estudiosa, necesita de su capacidad de sacrificio, de su valor, de su resistencia moral y de su iniciativa.

Percibir estas tendencias no me ha resultado difícil, como profesor de Integración Regional en la Escuela de Relaciones Internacionales, donde se cultivan las expresiones intelectuales de la juventud de nuestro tiempo, la cual junto a otras generaciones estudiosas de la educación superior han intuido las nuevas exigencias y se preparan para enfrentarlas. La paz que hemos venido construyendo desde hace más de cuarto de siglo en Centroamérica gracias a los esfuerzos del Expresidente de la República don Oscar Arias Sánchez ha dado espacio para disminuir las tensiones generadas por el egoísmo y el pesimismo. Pero la tarea esta inconclusa. Hoy vivimos conforme al espíritu de la época, el cual demanda un compromiso abierto con las tareas pendientes en el campo social y las consecuentes demandas del desarrollo político de la región que nos reúne.

Los centroamericanos somos un pueblo que está consciente de su capacidad para superar sus problemas, que está seguro de que puede y debe luchar por engrandecerlo y ponerlo a la altura del mundo cambiante, dinámico, conflictivo y difícil de nuestros tiempos. Tenemos las ideas claras acerca de la sociedad que queremos, el tipo de economía que nos brinda bienestar y el tipo de Estado que es necesario para promover una justa distribución de la riqueza.  A lo largo de muchos años nuestra región, fue institucionalizando el cambio social, como elemento determinante de su estabilidad y su democracia. No obstante, ahora nos preocupa su vigencia, su transformación y su capacidad para seguir promoviendo el bienestar y la seguridad que anhelamos para nuestros pueblos.

Más ocupados que preocupados, los centroamericanos, creemos que las tareas del desarrollo están sujetas a la imaginación y la creatividad como elementos que hacen posible la continuidad de nuestro proyecto regional.  El grado de institucionalización que demos a cada uno de nuestros propósitos determinará al fin de cuentas si hemos estado a la altura de los tiempos modernos que nos ha correspondido vivir.

Nos corresponde tomar la iniciativa, como los hicieron ayer otros ciudadanos en distintos momentos de nuestra historia; para llevar a cabo, con mano firme, pero honrada, todo aquello que tiene que ser realizado. Enfrentarnos a los peligros de nuestra época unidos, es un paso decisivo, que nos ofrece la ventaja de que, al término de nuestros trabajos, podamos volver la vista atrás y ver, no aquello que nos sonroja hoy, sino el punto de inflexión que define el comienzo de nuestro promisorio porvenir.


[1] José Luis Molina Quesada, (San José, 23 de julio de 1926) es un jurista, político y profesor costarricense.  Desde su juventud fue activista en el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, fundador del Partido Socialdemócrata y de Liberación Nacional. Fue diputado de la Asamblea Legislativa de noviembre de 1953 a diciembre de 1957. Electo nuevamente diputado de mayo de 1966 a abril de 1970. Fue Presidente de la Asamblea Legislativa ​. Primer Director del Instituto diplomático de la Cancillería costarricense y Magistrado Constitucional.

[2] José Miguel Alfaro Rodríguez (1940-2013) fue un abogado y político costarricense. Ejerció el cargo de Segundo Vicepresidente de la República en la administración de Rodrigo Carazo Odio (1978-1982). Alfaro fue también Ministro de Economía, Industria y Comercio en recargo a su vicepresidencia, Magistrado de las Salas Tercera y Cuarta de la Corte Suprema de Justicia y asesor corporativo. Tras su pasó por la función pública promovió la integración centroamericana.

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