Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

La caja de Pandora es un mítico recipiente de la mitología griega, tomado de la historia de Pandora, la primera mujer, creada por Hefesto por orden de Zeus, que contenía todos los males del mundo. La historia cuenta que Zeus deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y dárselo a los humanos, presentó al hermano de este, Epimeteo, una mujer llamada Pandora, con quien este se casó. Como regalo de boda, Pandora recibió un misterioso pithos —una tinaja ovalada, aunque actualmente sea citada y aceptada como una caja— con instrucciones de no abrirlo bajo ningún concepto. Los dioses habían otorgado a Pandora una gran curiosidad, por lo que decidió abrir la tinaja para ver qué había dentro. Al abrirlo, escaparon de su interior todos los males del mundo. Cuando atinó a cerrarla, solo quedaba en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en ella. De esta historia surgió la expresión «La esperanza es lo último que se pierde».

Agenda Internacional, es un espacio que se nutre de la observación de un mundo en caos y sometido a una constante y dinámica de muchos males que precisamente queremos superar, para lo cual solo nos queda la construcción gradual y progresiva de una sociedad basada en el espíritu de la esperanza donde el propósito superior sea ampliar el sentido de la libertad y proteger la integridad individual de las personas que la componen. La sociedad de la esperanza es lo que sostiene que la mente y el espíritu humanos deben estar al servicio del interés público, para erradicar la ignorancia, el miedo y la superstición. En el tanto el concepto de la libertad individual y de la libertad de pensamiento, descansan en el convencimiento de que estas dos libertades se nutren en la inteligencia, cuyo ejercicio lúcido conduce al hombre a la verdad, alejándolo del error. La esperanza en la medida en que se afiance, desarrollará en cada uno de nuestras disciplinas y actividades humanas tremendas responsabilidades. El siglo veintiuno exige para su desarrollo que el ciudadano actué con fe y que reconozca que es factible, aceptar y disfrutar el hecho de que otros no piensen como él, obligándose a luchar arduamente y a ser constante hasta el final.

Los que tenemos muy clara la idea de la esperanza debemos tomar iniciativas y no limitarnos a seguir a otros, podemos trabajar por los demás movidos por un deseo interior de solidaridad y no sólo por la necesidad material, podemos respetar los derechos de nuestros semejantes sin necesidad de doblegarnos ante ninguno de ellos. Porque la fuerza de una sociedad reside en su capacidad de adoptar la ruta de un desarrollo humanista que, en muchas sociedades, está al servicio de los pueblos que viven comprometidos con los ideales de la libertad, la justicia y el progreso humanos.

Dicho lo anterior creo que una la sociedad de la esperanza, es una forma de subjetividad social en donde a partir de la libertad individual, podemos sentar las bases de una estrategia transformadora.  Respetar a los demás, sin distinciones de raza, religión, sexo o filiación política y filosófica, para que expresen libremente sus opiniones, sin que sean perseguidos o marginados por ello. Romper las cadenas de la subordinación y el miedo. Razonar y defender nuestras ideas apegados a la verdad, la sinceridad y la honestidad. Denunciar abiertamente cualquier intento por disminuir o restringir nuestras libertades. Rechazar la idea de un orden social, económico y político impuesto o heredado, sustituyéndolo por un orden donde las mayorías ejerzan su libertad de pensar, crear y participar en el diseño de una sociedad, más justa, humana y solidaria.

Para ello necesitamos promover un agresivo cambio en la educación para la libertad, capaz de asegurar las condiciones para modificar conductas e ideas que desconocen la dignidad humana.  Puesto que solo propiciando la acción creativa e imaginativa de los todos los seres humanos, es posible asegurar los cambios que el tiempo y la historia le imponen a nuestra sociedad. Una nueva pedagogía de las ciencias sociales en la que debemos trabajar, tiene la oportunidad de estar dirigida a apoyar el significado y el ejercicio de la libertad humana, y puede modificar radicalmente las condiciones actuales de nuestra acción social, haciéndola más amplia, más ambiciosa y más segura. La libertad no se decreta, ni se nos otorga, la libertad es parte de nosotros, la sentimos o no, la ejercemos o no, la desarrollamos o no, de nosotros depende su desarrollo. Es nuestra esencia, solo la disfrutamos en la medida en que la vivimos. Los medios espirituales y materiales para desarrollarla son la justicia social, el humanismo y la solidaridad. Cuando estos se encuentran limitados o restringidos, o cuando estos no se ajustan a la realidad, entonces no hay libertad plena.

Estimular el diálogo y la convivencia, nos conduce al aumento de los beneficios de la libertad, porque sólo en un orden social donde los seres humanos pueden intercambiar sus opiniones y diferencias, es posible fecundar la libertad. Si estimulamos el diálogo, confiamos en sus beneficios y lo oponemos a toda forma de violencia y mezquindad humanas; acrecentaremos las posibilidades de vivir en paz y en consonancia con los valores que inspiran la solidaridad y el humanismo. La sociedad tiene siempre abierta, la posibilidad de poner en práctica, su fe en la libertad, no solo mediante un ejercicio lúcido de la misma, sino también a través de actividades concretas que promuevan su valor y significado, e identifiquen la capacidad que tiene para desarrollarla. ¿Cómo? y ¿Cuando?, de todo lo que hagamos dependerá siempre.

Vivimos una época maravillosa, en la que zozobran las viejas verdades y se desploman las nuevas mentiras. Este es un tiempo difícil, pero necesario. Difícil porque hay mucha confusión, necesario, porque tenemos una nueva oportunidad para identificar lo que es la verdad.        Los hombres y mujeres de hoy, no estamos conformes con las apariencias o los convencionalismos, porque es evidente que la humanidad se ha lanzado con fuerza a la creación y el desarrollo de una idea común: Vivir de otra manera.

Hay que ser muy ingenuo o corto de vista para no reconocer que nuestra época debe ser interpretada no tanto por lo que es, como por lo que puede ser. Únicamente los débiles de espíritu y los pusilánimes pueden lamentar vivir en una época en la que hay tantos caminos abiertos y en donde nuestras carencias son similares a nuestras existencias.  Eliminar lo superfluo, concentrarnos en lo que es esencial, es la única forma de enfrentar el tamaño y la complejidad de los problemas modernos. Como parte de un país pequeño cuya experiencia histórica es envidiable, debemos ser conscientes de los límites, pero también de las posibilidades de transformación que están a nuestro alcance.

Estamos influenciados ciertamente por el pasado, pero vivimos intensamente el espíritu de cambio y la esperanza que moldean la historia reciente, somos parte de una comunidad de espíritu joven y por eso interpondremos siempre lo imposible a la noción de lo posible. Si queremos influenciar el rumbo, si queremos engrandecer nuestra condición humana, sólo tenemos una oportunidad: ser parte del proceso histórico que ya vive la humanidad. Ello será posible si somos capaces de alcanzar los niveles de acción y compromiso que lograron otros pueblos.

Resulta paradójico, que no estemos atendiendo al ritmo y la evolución científica y tecnológica que modifica lo que somos  como nación, la necesidad de trabajar en un nuevo liderazgo que logre conciliar ideales y realidades, respondiendo al reto de integrar a todas y todos al progreso social y económico de nuestro tiempo, que demanda comprender que no podemos eludir el hecho de que no tenemos y no disponemos  de las condiciones para integrar a las nuevas formas de producción el talento, el conocimiento y la fuerza intelectual que tanta falta le hacen a humanidad.

Si el carácter ideal de la vida no guarda relación con el del mundo no habrá garantía alguna de que alcanzar la vida ideal suponga alcanzar el mundo ideal. ¿Cómo podemos concebir una vida ideal sin considerarla un objetivo alcanzable? Según Aristóteles, los hombres definen lo que es una vida ideal en función de la consecución de la felicidad, que puede alcanzarse explotando al máximo las posibilidades vitales, en una sociedad que mantenga un equilibrio entre excelencia moral y rectitud. Siguiendo a Aristóteles, podríamos decir que la vida será ideal cuando la persona sea capaz de vivirla de manera ideal, es decir, hallando un equilibrio entre la excelencia moral y la rectitud.

De este modo, en todos los seres humanos podrá detectarse la búsqueda de la vida ideal, ya sea por medios placenteros o dolorosos, siempre que la vida se sitúe en un equilibrio de excelencia moral guiado por la propia virtud y sin respetar necesariamente las normas. Siguiendo la lógica aristotélica, la felicidad procedería de una vida virtuosa, definida fundamentalmente por la consecución de un equilibrio en la vida y las actividades del sujeto.

Pero, ¿acaso podemos decir que en una vida ideal no hay necesidad de acciones moralmente virtuosas? Sigue siendo cuestionable que una vida de opciones y compromisos equilibrados reporte necesariamente a todo el mundo una vida ideal. En consecuencia, una vida equilibrada no es ni una utopía ni una concepción sistemática de una vida mucho mejor alcanzada mediante la inteligencia y la voluntad humanas.

Francisco Javier Flores Zúñiga

Por Francisco Javier Flores Zúñiga

Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional. Ex Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional