La Tremenda Corte era una genialidad porque el absurdo se quedaba en el radio. Pero cuando el absurdo se traslada a la gestión del Estado, el juego se vuelve peligroso.
Francisco Javier Flores Zúñiga.
Cuando el populismo quiere ser Juez y Parte en medio de la peor crisis de seguridad, los ministros emulan al clásico programa cubano: recurren al absurdo retórico para culpar a los jueces de los delitos que el Gobierno no puede evitar.
Si el genial Cástor Vispo reviviera hoy en nuestra República, no necesitaría escribir libretos para La Tremenda Corte. Le bastaría con encender la televisión y sintonizar las conferencias de prensa de los ministros de Gobierno. El clásico programa radial cubano, que hacía reír parodiando la solemnidad de los tribunales, ha sido reescrito por el Poder Ejecutivo, pero esta vez con un tinte trágico: el sketch ya no busca hacer reír, sino demoler la legitimidad del Estado de Derecho.
El «Tres Patines» Ministerial
En el espectáculo original, el entrañable José Candelario «Tres Patines» era un maestro en el arte de la evasión. Jamás negaba el hecho —el pollo robado, la estafa a Rudecindo—, sino que retorcía las palabras hasta convencer a la audiencia de que la culpa era del idioma, de la víctima o del mismísimo ordenamiento jurídico.
Hoy, nuestros ministros juegan el rol de un «Tres Patines» institucional. Ante una crisis de seguridad pública que desborda las calles y paraliza a la ciudadanía por el miedo, la estrategia oficialista no es asumir la responsabilidad de la prevención, la inteligencia o el control policial. No. La táctica es la pirueta retórica: culpar al Juez.
Si las calles son inseguras, el discurso oficial no revisa los presupuestos de la policía ni los planes de cuadrante; prefiere armar un tribunal mediático contra los jueces de la República, acusándolos de «apegarse demasiado a las leyes», como si el respeto a la Constitución y a las garantías fundamentales fuera un tecnicismo burocrático y no la columna vertebral de la democracia.
El peligroso “Etiquecidio» de la culpa
En la ficción cubana, cada estafa de Tres Patines era bautizada por el secretario como un «jardinericidio» o un «lavandericidio» según la ocasión. En la realidad que hoy padecemos, el Gobierno ha creado su propio glosario del absurdo. A la estricta aplicación del debido proceso por parte de un juez, el Ejecutivo lo etiqueta mediáticamente como «complicidad con el crimen». Al respeto a las libertades individuales, lo llaman «garantismo cómplice».
Esta manipulación no es inocente. Al dirigir la frustración y el miedo legítimo de un pueblo asustado hacia las cortes, el Gobierno logra dos objetivos perversos: evade su propia responsabilidad constitucional sobre la seguridad pública y, al mismo tiempo, cabalga sobre las emociones de la masa para erosionar el respeto al Poder Judicial. Pretenden que la ciudadanía olvide que un juez no persigue el delito; el juez garantiza que quien sea perseguido reciba un juicio justo bajo las reglas que la misma República dictó.
El Juez que no se dobla ante el grito
El «Tremendo Juez» de la radio perdía la paciencia, pero aplicaba el código. Hoy, los magistrados de nuestra República se encuentran bajo un asedio inédito. Se les pide dictar sentencias no con base en las pruebas del expediente, sino al son de los titulares de prensa y los algoritmos de las redes sociales. Se les reprocha su adhesión al Estado de Derecho como si fuera una debilidad, cuando es, en realidad, el último dique de contención contra el autoritarismo.
Cuando el Poder Ejecutivo insiste en desacreditar las sentencias y atacar la moral de los jueces por cada delito publicitado, no está buscando justicia; está buscando impunidad política. Quiere convertirse en juez y parte. Sueña con una corte donde el veredicto se dicte en la casa de gobierno y el Poder Judicial sea un mero secretario que estampe la firma.
Sentencia final
La Tremenda Corte era una genialidad porque el absurdo se quedaba en el radio. Pero cuando el absurdo se traslada a la gestión del Estado, el juego se vuelve peligroso.
Una democracia en crisis de seguridad necesita policías eficientes, ministros responsables y jueces independientes. Si el Ejecutivo insiste en mantener este show de distracción y desprecio por la ley, la ciudadanía terminará por descubrir el truco. Al final de este doloroso episodio, cuando la retórica populista ya no alcance para tapar la realidad, el pueblo se dará cuenta de que nos han dejado sin seguridad… y también sin justicia. Como diría Tres Patines: «¡Cosa más grande la vida, chico!».
La Suiza, 12 de junio de 2026


