Francisco Flores: Los Presidentes no se equivocan

En un gobierno, donde los días son muy largos y los años son muy cortos, los discursos presidenciales, siempre tratarán de evitar tres cosas, que el líder se equivoque, que el líder reconozca sus errores y que líder pierda contacto con su audiencia o se aleje de sus sentimientos.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

El gobierno ha difundido, ahora se usa filtrado, no lo entiendo bien, pero sigue siendo un recurso de aquellos que quieren comunicar algo, porque sirve para aumentar la difusión.  El problema, sin embargo, sigue siendo la forma y el contenido del mensaje del Presidente, que tiene problemas para persuadir, para impactar fuera del círculo del poder y de sus sectores aliados.

Un mensaje presidencial, tiene un origen contextual y un ámbito de diseño que comienza en la cabeza de un colaborador, que dependiendo de su relación con quien lo lea, tendrá un número limitado de revisiones. Los hacedores de discursos no son magos, porque lo que sus textos no se convierten por arte de magia en piezas de gran impacto o significado. Requieren un impulso especial, buena lectura de los tiempos, manejo correcto del lenguaje, conocimiento profundo del quien lo va leer como propio, y de los efectos que pueda llegar a tener en las audiencias.

Resulta que no son pocos los líderes políticos que hoy tienen quien escriba para ellos, algunos son contratados, muy buenos, pero muy caros, otros muy cercanos, muy buenos, pero no siempre comprendidos. Los hay que capaces de entender y adaptarse al líder para el que escriben de manera perfecta y armoniosa, son los pocos.  Los discursos son muchos en un gobierno, pero pocos aquellos que llegan a representar piezas memorables o de impacto perecedero.

Hay discursos preparados por expertos escritores, con un dominio absoluto de la comunicación, pero cuya función va más allá de escribir los textos, su labor es crear la narrativa, imaginar la senda por la que se conducirá la acción del líder, animar y comprender la trascendencia de las circunstancias, aprovechar todos los aspectos convergentes, y definir el texto preciso para el momento adecuado que definirá el perfil del liderazgo.

En un gobierno, donde los días son muy largos y los años son muy cortos, los discursos presidenciales, siempre tratarán de evitar tres cosas, que el líder se equivoque, que el líder reconozca sus errores y que líder pierda contacto con su audiencia o se aleje de sus sentimientos.  Lo que por el contrario puede y debe hacer siempre el discurso, son tres cosas simples:  nunca restar, raras veces dividir, siempre sumar.

Estas líneas son simples experiencias recogidas de mis observaciones entorno no a la retórica y el análisis del discurso presidencial, sino a la empírica formación que tengo para valorar con el mayor respeto las implicaciones para un Presidente, el tener un apoyo en la elaboración de sus discursos que no le ayuda, y que debe considerar seriamente si debe hacer un cambio en su equipo de mensajes o el cambio debe ser del mismo Presidente.

Lo primero que observo en el Presidente, es muchas palabras, mucha información, lugares comunes, frases trilladas, y poca fisga.  Si tomamos de referencia su discurso inaugural y su informe del primer año tenemos la confirmación de que fueron muchas manos sobre el mensaje y se nota la ausencia de un consejero redactor de discursos que tenga un conocimiento real de lo que es adecuado para el perfil de un Presidente como don Carlos Alvarado Quesada.

El que escribe para el Presidente, tiene que conocerlo, saber sus orígenes, tener presente sus defectos y atender el equilibrio entre sus debilidades y sus fortalezas.  Lejos de exponerlo, tiene que defenderlo, darle la palabra exacta para una audiencia que tiene que conocer no solo a profundidad, sino con humildad, que es la única forma de entender la realidad.  Si falla el escritor en esta tarea, falla el Presidente que se acredita y asume como propias sus palabras.

Si los discursos son de aquellos que los leen, es evidente que la culpa por sus efectos no trascenderá al escritor de turno, bien sabe este, que no hace milagros, pero también sabe que puede intentarlo, si tiene fe.  Pero qué pasa cuando no hay fe, o lo que es peor en el escritor se esconde la arrogancia, la jactancia, o la benevolencia. Cualquiera de estos demonios subyacentes saldrá tarde o temprano y convertirán al Presidente en víctima propiciatoria.  Con esto podemos exonerar al Presidente y condenar al escribidor de discursos por su negligencia o su osadía como consejero trivial.

El Presidente que lee el discurso busca comunicar sus propias ideas con el apoyo de la inteligencia de sus consejeros, que deben acercarlo al pueblo y hacerlo parte de sus aspiraciones. La lealtad del escritor no solo es consigo mismo es con el Presidente en quien pone el recurso de la palabra que busca resolver un dilema trascendente, ser entendido, ser aceptado, y ser obedecido.

La soberanía reside en el pueblo, y este solo la confiere de manera transitoria a quien elige Presidente. El dilema comienza cuando este no comprende que son cosas muy distintas mandar y ser obedecido.  En consecuencia, el discurso presidencial suele recoger el poder de mandar legalmente, pero no siempre el deber de obediencia que reside en la audiencia, quien es el que legitima el mensaje y lo hace suyo.

Los mensajes presidenciales de don Carlos Alvarado Quesada, dejan muy claro quién gobierna en Costa Rica, pero no han logrado en dos años, la legitimidad necesaria que solo le puede otorgar el soberano.  Ser obedecido se ha vuelto el drama de todo un gobierno, que no ha logrado entender que su discurso se ha vuelto ilegitimo, que no hay comunidad de ideas entre gobernantes y gobernados, porque se ha elaborado un mensaje que se agota en los círculos del poder, de los intereses creados que defiende y privilegia su gobierno.

El Presidente no podrá mejorar su comunicación con el pueblo, hasta que no logre reorganizar el circulo que lo rodea y alcance los equilibrios de poder que ha roto, hasta que no reivindique los valores cristianos de la mayoría del pueblo, hasta que la palabra dialogo no sea un monologo, hasta que entienda con sinceridad que su primer deber es con los que menos tienen y como es natural más demandan.

Cuando el Presidente pida sacrificios, en sus mensajes, o señale las dificultades para reactivar la economía, o describa las preocupaciones que tiene sobre el desempleo, el hambre, y la pandemia, debe utilizar un lenguaje que sea comprensible y honesto.  Ante todo, debe demostrar que no tiene idea de lo que es eso, porque nunca lo ha vivido.  Debe mostrar humildad ante los pobres y debe mostrar valor ante los ricos.  Debe reconocer que no sabe lo que es estar desempleado y con familia que mantener, y debe aceptar que no sabe cómo organizar y sacar adelante una empresa productiva.  Tanto el trabajador como el patrono se lo van a agradecer y lo van a ayudar a resolver el problema.

El Presidente tiene que indicar que no había nacido cuando se gestó la última gran crisis económica del país, ni conoce la magnitud del sacrificio que hicieron los costarricenses de aquel entonces.  Aunque el circulo de poder que lo apoya no lo entienda o no lo recuerde, el Presidente debe estudiarlo y debe comprenderlo.  Cuando describa los males que nos esperan, tiene que hacerlo con la certeza de que sabe a qué se refiere. No debe parecer que está dando un pronóstico del clima.  El Presidente debe mostrar sinceridad, claridad, sencillez y humildad, sus discursos le otorgan un nivel intelectual y una suficiencia que no posee, que, si bien le permitió ganar una elección, no sirven para gobernar en tiempos de crisis.

Todos los mensajes, evitan al Presidente reconocer sus equivocaciones, en virtud de que sus consejeros valoran el costo político que tiene hacerlo. Incluso le prohíben pedir perdón, salvo cuando los grupos sean minorías selectivamente escogidas.   El mensaje presidencial que domina la política desde hace 40 años, se basa en un manual elaborado por comunicadores tecnócratas desvinculados del conocimiento del alma popular, a quienes se les hace cada día más fácil cobrar por un trabajo por el que no sienten ningún respeto, un gran cinismo se ha apoderado de estos escribidores y mucho de eso se expresa en los mensajes presidenciales.

Si el Presidente quiere seguir filtrando sus mensajes, convendría primero que los escriba y lea el mismo, que los revisen sus padres, o personas que tengan la capacidad de darle un consejo cargado de sabiduría.  También puede apoyarse en el libro de los Proverbios, repleto de valiosos consejos sobre el arte de gobernar, que no es muy distinto del arte de ser justo y misericordioso. En su defecto, le aconsejo que no use frases hechas o famosas, corre el riesgo de expresar pensamientos propios con ideas ajenas.

Hay dos años por delante, no solo una crisis, una pandemia y retos descomunales, también hay oportunidades para inspirar verdaderos mensajes presidenciales, llamando a un acuerdo nacional, reconociendo que no solo se puede gobernar con los ricos y para los ricos, estos, aunque usted tenga sus dudas, también entienden que necesitan de los pobres y que haya un gobierno para los más pobres.  Es muy simple Señor Presidente, si nos pide sacrificios, hágalo parejo, parta el ayote por la mitad, y no pierda la última oportunidad de gobernar, para llegar a ser obedecido. Que Dios y la patria se lo demandan.

 


Francisco Javier Flores Zúñiga.
Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional.
Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional

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