Francisco Flores – Mujer: derechos y aspiraciones

En otras palabras, autonomía con significación política.  Se busca dar, así, poder a las mujeres, a través de la redistribución del poder mediante la transformación de las desigualdades de género, clase y etnia, así como también dentro de cada unidad doméstica. En forma paralela a la capacitación, se ha dado prioridad a las reformas normativas en busca de la igualdad jurídica, en campos como los derechos laboral, civil, penal y de familia.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Toda acción que tenga como centro promover la equidad entre géneros es válida.  En nuestro país asistimos a este proceso lentamente, pero sin pausas, porque la lucha por la equidad de géneros se expresa con hechos y no solo con palabras.

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, el país se suma a esta celebración, que rinde un reconocimiento a las luchas que alrededor de todo el mundo libraron las mujeres en pro de la igualdad, entre cuyos antecedentes sobresale la fecha del l8 de marzo de 1908, cuando 15.000 mujeres se manifestaron por las calles de Nueva York para exigir un recorte del horario laboral, mejores salarios, el derecho al voto y el fin del trabajo infantil. El eslogan que eligieron fue «Pan y Rosas»; el pan simbolizaba la seguridad económica, y las rosas, una mejor calidad de vida.

La fuerza de los movimientos sociales y políticos liderados por las mujeres y los hombres en el último tercio del siglo veinte, plantearon distintos enfoques para responder a las demandas de igualdad de género, desde  el llamado rol reproductivo como madres y esposas de 1975  hasta  el de la planificación del desarrollo en 1985, pasando en un solo decenio al  reconocimiento a las mujeres  de su  rol productivo como agentes económicos,  pero todavía limitado a  la familia, la economía informal y de subsistencia.  Siendo la meta de fines de siglo, modificar esta base material de las desigualdades de género, es decir, superar la desigualdad social del trabajo y sus consecuencias en otras áreas.

Ciertamente se necesitó un verdadero impulso social y económico para que estos enfoques fueran superados y derivarán en la estrategia actual, que busca incorporar a las mujeres en el desarrollo, mediante el acceso al empleo y al mercado, para así mejorar la productividad de las actividades femeninas en los trabajos doméstico y remunerado. Pero para ello era necesaria una mejor educación y capacitación que pudiera aumentar las oportunidades de empleo y acción política.

Un tercer enfoque, lo fue el de la antipobreza, que ligaba las desigualdades económicas entre hombres y mujeres con la pobreza, y no con las asimetrías entre los géneros. Su corolario consistió en disminuir las desigualdades de ingresos entre los sexos, con el fin de buscar la igualdad.

Los programas que siguieron identificaron a las mujeres con bajos ingresos como el grupo meta. Los proyectos se centraron en el rol productivo, asumiendo que el alivio de la pobreza y un mayor crecimiento económico requerían de mayor productividad por parte de las mujeres en los hogares pobres.

Sin embargo, la verdadera integración, implicó la incorporación plena en la corriente principal de la vida pública de la sociedad contemporánea: al trabajo en la industria, el comercio, la educación y en la elaboración e implementación de políticas; o lo que es igual, al esfuerzo en pro del desarrollo.  De esta manera, se ha logro entender que la marginación de la mujer obstaculizaba el desarrollo para una sociedad más justa, y el ejercicio igualitario de los derechos entre los individuos.

La nueva tendencia llamada “género en el desarrollo” (GED) no centra su análisis de manera unilateral en los problemas de la mujer, ni busca sólo la transformación de la población femenina. El objetivo es el cambio de las relaciones asimétricas e injustas entre los géneros, y el mejoramiento de todas las personas y la sociedad en su conjunto, tanto en términos materiales, como físicos y emocionales, con el objeto de lograr la plena ciudadanía y la democracia social.

Esta tendencia plantea que es necesario hacer énfasis en las relaciones sociales entre hombres y mujeres, en las cuales las mujeres han estado sistemáticamente subordinadas. La preocupación se traslada a la construcción social de las diferencias, al visualizar que hombres y mujeres, según procesos ideológicos, históricos, religiosos, étnicos, económicos y culturales, cumplen papeles diferentes en la sociedad.

Estas diferencias no son fijas, sino que cambian en cada sociedad, grupo social y cultura, de acuerdo con el ciclo vital y con otros factores. Es parte de una comprensión holística, que obliga a tener en cuenta, de manera paralela, las relaciones de género que se establecen dentro del hogar, dentro de la familia y en las esferas económica y política.

Paralelamente, y como parte de la concepción de género en el desarrollo, aparece el concepto de el empoderamiento que quizá es la más importante estrategia de las mujeres como individuos y como organizaciones para ganar poder por sí mismas, en forma individual y colectiva, mediante acciones participativas. Las mujeres, como actoras sociales aspiran a estar donde se toman las decisiones para el futuro de sus vidas y de sus sociedades.

Para ello, debían ejercer el poder y la autoridad, con miras a dar forma a los procesos trasformadores. De esta manera, el concepto de empoderamiento tiene una relación directa con el de poder, al tiempo que tiene una vinculación con el de autonomía, entendida como un proceso de negociación con los espacios autónomos de otros, entre ellos el Estado, y no como individualización y separación.

En otras palabras, autonomía con significación política.  Se busca dar, así, poder a las mujeres, a través de la redistribución del poder mediante la transformación de las desigualdades de género, clase y etnia, así como también dentro de cada unidad doméstica. En forma paralela a la capacitación, se ha dado prioridad a las reformas normativas en busca de la igualdad jurídica, en campos como los derechos laboral, civil, penal y de familia.

Con estas nuevas respuestas institucionales, y aunque con visiones muy diversas, heterogéneas y en ocasiones esquematizadas, los problemas de la mujer no son percibidos prioritariamente como de orden normativo, o de necesidad de capacitación en su sentido restringido, o como problemática aislada del contexto global de la sociedad.

Por esto, el nuevo contenido de las políticas y programas va dirigido a generar cambios, en los diferentes espacios públicos y privados, buscando no sólo aliviar y mejorar las condiciones de las mujeres en un momento dado, sino también transformar su posición en los ámbitos público y privado.

Los retos de Costa Rica se plantean en el cumplimiento efectivo del compromiso con la ciudadanía que promueve la Política Nacional de Igualdad y Equidad de Género, que busca alterar la división genérica del trabajo existente y crear los mecanismos y oportunidades para  la participación igualitaria de la mujer en las actividades productivas, domésticas, familiares, comunitarias y sociales.

Con este compromiso, la sociedad democrática supera las reivindicaciones de pan y rosas de hace un siglo y se encamina a concretar las acciones que demandan incorporar a la mujer dentro del desarrollo, como condición inequívoca para alcanzar los niveles de justicia y libertad que necesita.


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