Francisco Flores: Nuestra confianza internacional

Junto a las demandas de un entorno internacional cambiante, las organizaciones internacionales tienen también la responsabilidad de encarar su compromiso con las complejas demandas de carácter social, ambiental, político y económico, que caracterizan a la sociedad contemporánea.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Quiero compartir con mis lectores, una perspectiva sobre cómo interpretar hechos relevantes dentro del ejercicio de nuestra ciudadanía mundial, me refiero a nuestra confianza en el Derecho Internacional y por ende en las instituciones internacionales que el mundo ha venido construyendo desde la segunda mitad del siglo veinte, a fin de asegurar, preservar y desarrollar la paz y la seguridad internacionales y  donde se expresa nuestro interés nacional derivado de la política exterior de Costa Rica, que gracias a los desafíos de la convivencia internacional se perfila como el centro mismo del debate sobre el porvenir de nuestras relaciones internacionales.

Don José Figueres Ferrer, en un mensaje a la Asamblea Legislativa de 1973 justificaba las razones por las cuales había impulsado con tanto interés las relaciones internacionales de nuestro país, y explicaba que de las palabras de un sabio Canciller Holandés, extrajo una importante lección: “los países pequeños necesitan las buenas relaciones exteriores más que las grandes.”

Lo anterior expone con toda su elocuencia el origen de esa confianza que nuestro país ha depositado en la buena fe, y la buena voluntad de aquellos Estados que resignando, más no renunciando por completo al discutible concepto de la soberanía, han buscado en la creación de  las organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos la oportunidad de trabajar en forma mancomunada en la afirmación de aquellos valores universales, que son consustanciales para la convivencia planetaria y por los que bien vale vivir y luchar, con miras a asegurar la coexistencia pacífica, y el desarrollo pleno de las potencialidades humanas.

Las organizaciones internacionales, han venido acrecentando su derecho a actuar en la sociedad internacional, no sin dificultades, no sin limitaciones, no sin restricciones, pese a lo cual, permanecen, se consolidan y avanzan.   Su función en la comunidad de naciones, no ha estado exenta, de proverbiales fracasos, pero de igual forma no sido suya completamente la culpa, hay quienes exacerbando las expectativas de estas organizaciones han querido siempre tomarlas como punto de partida para evaluar las frustraciones que arrojan sus numerosos intentos por impedir la proscripción de la guerra, erradicar la intolerancia y o desterrar la violencia como fórmulas para resolver controversias.

Creadas bajo la promesa y el firme propósito de continuar afianzando el proceso de integración entre los Estados miembros que las constituyen y la solidaridad internacional que inspira su función política, económica o social, las organizaciones internacionales siguen su marcha inexorable contra todos los pronósticos realistas, que un día sí y otro también han anunciado con certeza absoluta y absurdo convencimiento: el irreversible destino autodestructivo de la civilización humana.  Por contraste, la lucha por la paz, la defensa de los derechos humanos, la protección del ambiente, la erradicación de la pobreza, el combate de las enfermedades y pandemias, la investigación científica y tecnológica, que promueven más salud y más educación, son banderas que mantenemos en alto, para que todas y todos las vean.

Frente al pesimismo de los mejor informados, se planta con valentía, el optimismo de aquellos que piensan de otra manera, es decir de aquellos que no se plantean solo el problema, sino que se enfocan en la solución.  Lo cual, es al fin de cuentas, da sentido a las organizaciones internacionales, que, por su diversidad, cantidad y calidad, constituyen este marco de relaciones fecundas creadas por los Estados, y las organizaciones de la sociedad, cuya riqueza inspira y plantea una oportunidad para explorar las posibilidades de una interacción mundial que promueva el intercambio de ideas y permita la búsqueda compartida de una nueva y mejor forma de gobernar nuestro planeta.

Fieles a la construcción final de un bien entendido espíritu democrático, que es lo que ha de asegurar su porvenir, la vida de las organizaciones internacionales, sigue sujetándose a la voluntad de los Estados y a sus representantes, quienes han venido afirmando su disposición de dialogar en medio de la diversidad cultural, así provenga del norte, del centro, del sur, este y oeste del mundo. Lo cual no solo permite fortalecer los lazos que permitieron fundar esa organización y mantenerla actualizada, sino también, comprender que estas son las instancias legitimadas para compartir problemas comunes, soluciones similares y acometer juntos los desafíos del tercer milenio en curso.

Junto a las demandas de un entorno internacional cambiante, las organizaciones internacionales tienen también la responsabilidad de encarar su compromiso con las complejas demandas de carácter social, ambiental, político y económico, que caracterizan a la sociedad contemporánea. Desafíos para los cuales deben prepararse tanto en el orden tecnológico como humano, de modo tal, que puedan contribuir también a los procesos de cooperación e integración que aceleradamente están cambiando un orden tradicional en las relaciones entre los países ricos y pobres.

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