Francisco Flores: Sembrar un carácter y cosechar un destino.

La Universidad Nacional, entiende como ninguna otra, su compromiso social y humano, y la singularidad de su labor educativa, la cual le define como necesaria.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

En su libro: Una universidad en una ciudad de maestros, el profesor y Rector  don Edwin León Villalobos, nos recuerda que bajo el espíritu de Brenes Mesen, García Monge y Omar Dengo, -cuyo pensamiento se desarrolló en la vieja ciudad de Heredia entre 1870, y 1970,-  nació en una tarde radiante de luz y de ensueños en palabras de su primer Rector el Padre Benjamín Núñez Vargas,  la Universidad Nacional,  la cual, será la universidad del pueblo en cuanto se dedicará a entender e interpretar las realidades nacionales, para encontrar soluciones reales, efectivas y democráticas,  a las aspiraciones irresistibles del pueblo costarricense.[1]

Por su parte el poeta y filósofo Antidio Cabal, definió esta circunstancia como la creación de la Universidad, por el hecho de que la Universidad Nacional, hubiese nacido en la Ciudad de Heredia.  Porque no sin razón, se podía presumir de que si España tenía a  Salamanca, Italia a Bologna, Portugal a Coimbra, Inglaterra a Oxford, Alemania a  Goethe, Estados Unidos a Harvard, Rusia a Petrogrado, Costa Rica tenía a Heredia, una ciudad en la que la tradición educativa desde 1838 definía su influencia sobre el país, porque en ella nace  por voluntad del pueblo herediano el Colegio de Heredia (1870), luego el Colegio San Agustín (1884) que se renombra Liceo de Heredia (1906) y se convierte en  Escuela Normal de Costa Rica  en (1914) y se transforma en Escuela Normal Superior en ( 1968) y luego da nacimiento a la  Universidad Nacional (1973).

A esa Universidad llegué en 1978, y en ella encontré el valor y la importancia que tenían para cientos de hijos de la clase campesina, obrera y media del país, la existencia de una institución de educación superior.  Había nacido cinco años antes, con el concurso de dos mil quinientos estudiantes que se preparaban para maestros de primaria y profesores de secundaria. Allí al amparo de un modelo de universidad orientado a promover la transformación social y el desarrollo económico del país, contribuyendo a la formación de una sociedad más prospera, justa y libre[2], comprendí el sentido de las palabras de Don José Figueres en el acto inaugural, cuando dijo… Este Centro será ante todo Centro de Investigación, Seminario de estudio. Porque el que estudia por el estudio mismo, por el amor al saber, mentira que no puede valerse en el futuro.[3]

La Universidad Nacional, entiende como ninguna otra, su compromiso social y humano, y la singularidad de su labor educativa, la cual le define como necesaria. Donde pese a los errores que se han cometido, no deja de tener en ella, un acervo espiritual que la distingue y la convierte en una universidad del pueblo.  Porque en ella la ciencia, y las letras, se expresan en una diversidad de formas y realizaciones concretas que han permeado e influenciado de manera poderosa el desarrollo de un país, que hoy necesita que haga más y mejores esfuerzos, por continuar sirviendo al ideal de una patria más justa y más libre.

En ella, y en medio de las actividades estudiantiles de finales de los años ochenta, en las que tuve la oportunidad de estar al frente del liderazgo estudiantil, aprendí que no había posibilidad de desconectar el ser un buen estudiante y un buen dirigente.  Ambas condiciones fueron esenciales para alcanzar metas superiores, después de egresarme, porque no solo sirvieron a mis experiencias de servicio público, también le dieron sentido a la educación recibida en la universidad, la cual fue determinante para trabajar en proyectos cívicos y políticos que durante los primeros años de mi carrera profesional se convirtieron en hermosas realidades.  Gracias a ello, en mi paso por la Asamblea Legislativa, entendí el sentido de la humildad, de la cooperación, de la tolerancia, y el autodominio, que son esenciales para aprender y desarrollar habilidades sociales que contribuyeron a mi labor tanto en el ámbito de la negociación como de toma de decisiones.

La Universidad Nacional me permitió ser parte de una generación identificada con los ideales de la justicia y la libertad.  Para nosotros el estudio, iba de la mano con el compromiso en las tareas de organización del movimiento estudiantil, que durante aquellos años se concentraba en la lucha por un presupuesto justo para la educación superior. La cual desemboco en la reforma de la Constitución Política que aseguro el financiamiento de las universidades públicas de entonces.  De hecho, muchos de los intereses en los que nos concentramos tanto individual como colectivamente estuvieron dirigidos a la defensa de la paz y la democracia, pero sobre todo a nuestra aspiración por tener un mundo más humano, y una sociedad en que pudiéramos vivir de otra manera.  Buscamos en nuestros estudios las respuestas teóricas, y nos distinguimos por nuestro deseo de aplicarlas, en un laboratorio social universitario que nos proveyera de una explicación de base consistente con nuestra capacidad de comprender el mundo y entender el propio medio. Trabajamos en proyectos políticos que defendían la idea de la justicia con planes y programas concretos y con imaginación reclamamos lo imposible, poniendo todo nuestro esfuerzo a crear y mejorar iniciativas sociales capaces de poner en el centro de toda su acción al ser humano.

Intentamos convencernos de que la política era un medio y no un fin en sí mismo y si bien la frustración se acrecentó cuando los proyectos se limitaron a conquistar un bienestar para un sector de la sociedad que nunca fue el mayor número, no dejamos jamás de intentarlo.  Siempre que reclamamos que fue menor el número de personas a las que la justicia social alcanzo, se nos llamó utópicos e incluso idealistas, poco pragmáticos, pero ningún calificativo fue mejor que estudiantes de la UNA.  Con los años repasamos nuestros caminos y descubrimos que, si bien nuestros métodos no fueron los mejores, evaluando lo alcanzado, podíamos palpar que muchos sueños habían sido conquistados.

Nuestra generación no paso en su mayoría a ser parte de la clase política, si bien algunos colaboramos con ella, siempre entendimos con claridad que su idea de la justicia era utilitaria y limitada. Comprendimos nuestras posibilidades en el campo de las ideas y los límites en el campo de la acción política.  Asumiendo que el mayor reto en el campo estaba en el uso de nuestra formación profesional, la cual en nuestro caso fue una de las mejores herencias recibidas en la Universidad Nacional.  Si bien, perdimos batallas importantes, adquirimos un sentido único de la justicia y sus implicaciones, entendiendo que la constancia era el verdadero instrumento de la libertad humana, pero también una poderosa fuente de cambio.

La Universidad Nacional nos relaciona con la sociedad, de un modo singular, porque sus profesionales, constituyen hoy día la base de un liderazgo alternativo, tanto en ámbito de las ciencias sociales, como las exactas, naturales o humanísticas. Hay en nuestra educación un elemento distintivo que se expresa mejor en nuestra función social, económica y política.  Gracias a lo cual, es posible llegar a realizar los ideales de la justicia y la solidaridad en este país.

La Universidad Nacional es hoy más libre, más emotiva, más creativa.  Pero también es muy rígida, compleja, e intimidante. Por eso, sin dejar de lado nuestras particularidades y sensibilidades, debemos reconocer que hoy se enfrenta a un cambio inevitable, que exige tener una visión perfecta de la realidad.  Se requiere mucho esfuerzo conjunto para acometer el reto de transformarla, o cambiarla, dado que es urgente que en ella vuelva a tener sentido la función social que la vio nacer, de modo tal que el ser humano vuelva a ser el centro de su acción y su interés estratégico.  Hay que ver por encima de las circunstancias que vive hoy la Universidad, y entender que su propósito no se cumple solo porque ella tenga claro su destino, sino porque todos aquellos que la componen, tienen el valor de trabajar unidos por alcanzarlo.

Es un lugar común que una sociedad en cada etapa de su desarrollo aporte un significativo avance de la justicia social, sin embargo, en Costa Rica los retrocesos están a la orden del día. En tal sentido la Universidad Nacional tiene hoy como ayer, la obligación de volver a recrear en su quehacer su compromiso con el proyecto de la justicia social, el cual requiere para ser sostenible, una interacción dialógica y constructiva con la misión de educar para crear y cambiar la realidad. La primera vez que escuche los versos de Jorge Debravo en el viejo salón de actos de la Escuela Normal Superior en 1978, cantaban los universitarios un verso que hoy tiene el mismo sentido que ayer para mí como profesional de las relaciones internacionales. No te ofrezco la paz, hermano hombre, porque la paz no es una medalla: la paz es una tierra esclavizada y tenemos que ir a liberarla[4]. Si logramos liberarnos de la opresión materialista, si les damos la verdadera libertad espiritual a nuestra universidad, podremos asumir el reto de construir la paz y la armonía universitarias, para cumplir la promesa de la justicia social, porque en eso consiste el propósito de su creación. Si la educación es para la justicia social, la justicia social lo será para la libertad plena del ser humano. Cuya verdad nos hará libres no solo para respetar, amar, o convivir. También para decirle a todo el mundo, que otras Universidades ofrecen su poder intelectual y científico, la pequeña Universidad Nacional en la ciudad de Heredia, ofrece su fe inquebrantable en el destino superior de la humanidad, porque en ella cada día se siembra un carácter y se cosecha un destino.

[1] León Villalobos, Edwin (1982) Una universidad en una ciudad de maestros. Primera Edición, Heredia, Costa Rica. abril 1982. Editorial de la Universidad Nacional (EUNA) p.16 y p.186
[2] Estatuto Orgánico de la Universidad Nacional. 1976 p. 1 . Capítulo 1. Archivo del Consejo Universitario. Universidad Nacional: una realidad, Nuevas Perspectivas.
[3] Universidad Nacional. Informe del Rector. 1973-1977. EUNA pp. 22-23
[4] Debravo, Jorge. 1969 Milagro Abierto. San José: Editorial Costa Rica. Pág. 177

 

 


Francisco Javier Flores Zúñiga.
Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional.
Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional

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