Francisco Flores: Tiempos de liderazgo educativo

Únicamente los débiles de espíritu y los pusilánimes pueden lamentar vivir en una época en la que hay tantos caminos abiertos y en donde nuestras carencias son similares a nuestras existencias.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional

La crisis que hoy vive nuestro país, es producto de un evento infortunado que todos conocemos como el covid-19, el cual ha venido a cambiar de modo inevitable e incontenible las expectativas de la civilización humana, que hoy encara el desafío de combatir una pandemia y sobrevivir para enfrentar luego los efectos inciertos y sombríos de una economía mundial que lentamente ha venido sufriendo los embates de una paralización inédita de su dinámica global.

En tal contexto, los educadores tenemos una responsabilidad que hace de nuestra función, un recurso necesario para lograr superar la crisis tanto en sus dimensiones sanitarias, como económicas.  En un país donde la educación ha sido siempre un factor determinante para alcanzar las metas del desarrollo y el progreso nacional, ser educador en tiempos difíciles, es un privilegio que nos exige revaluar nuestro rol como lideres educativos.

Vivimos una situación extraordinaria, donde el paìs necesita que cada educador defina el perfil de su propio liderazgo, o comprenda al menos la necesidad de descubrirlo con base en conocimientos y técnicas que han demostrado la certeza de que el liderazgo es un proceso de autodescubrimiento.  De acuerdo con Maxwell, hay personas que nacen líderes, otras que se hacen y otras que no son líderes ni de uno, ni de otro modo, pero tienen liderazgo o su manera de influenciar a otros.  En tal sentido la forma en que nos relacionamos con los demás implica una responsabilidad individual, y el liderazgo es parte de esa función social, donde es indispensable que pueda expresarse el rol del individuo de manera libre y pura.

La responsabilidad es el complemento de los derechos sociales, sin ella nuestra capacidad de convivir no resulta más que una mera ilusión. Estimular, por ende, el valor de los deberes, es plantear la alternativa a los educadores de desplegar las oportunidades de un mejor destino. Estas últimas; son nuestra fuente para el cambio que anhelamos, cuyas ventajas nos plantean: trabajar con la poderosa herramienta de la cooperación, la serena confianza en nuestra función social y el apoyo insustituible de nuestra imaginación creadora.

Costa Rica tiene hoy, como lo tuvo ayer, en el liderazgo educativo, los recursos que necesitará para superar esta nueva crisis en ciernes, los cuales hacen posible avanzar en medio de las dificultades y las limitaciones que se nos presentan. No tengamos miedo, soñemos con lo imposible, esa ha sido siempre nuestra empresa de todos los días en el aula y fuera de ella.

El esfuerzo que implica desarrollar un Liderazgo Educativo de calidad y competente permitirá encontrar una respuesta a la aspiración de una juventud que tiene el derecho a tener una oportunidad de prepararse para ingresar a una sociedad que será muy diferente a aquella en la que se ha formado hasta ahora.  Expresa una respuesta social que el Estado y la sociedad deben ofrecer de conformidad con el precepto constitucional del derecho a la educación.

En cada niño, y niña, en cada joven estudiante hay un sueño y una aspiración concreta, la cual se encuentra indisolublemente unida a la historia de nuestro país y a las posibilidades de crear y avanzar en el diseño de una nueva patria, más inclusiva, más democrática y más humana. Por eso resulta un enorme desafío, que hoy en medio de la emergencia que vive el país estemos atendiendo al ritmo y la evolución científica y tecnológica que modifica de manera repentina nuestra mediación pedagógica,  que nos obliga a trabajar en un nuevo liderazgo educativo que logre conciliar ideales y realidades, respondiendo al reto de integrar a todas y todos al progreso social y económico de nuestro tiempo, el cual  demanda comprender que no podemos eludir el hecho de que aun cuando no tengamos las condiciones idóneas para trabajar, debemos luchar para integrar a nuestros estudiantes  sin exclusión alguna y convertirlos en la fuerza intelectual que tanta falta le hace a Costa Rica.

Pensar en cómo hacer nuestra labor docente, algo especial y singular, tiene directa relación con nuestras aspiraciones y deseos, y el enfoque de las ciencias de la complejidad lo explica de forma contundente. Maldonado (2013) nos dice: “Así, las ciencias de la complejidad tienen el mérito grande de apostarle a mundos posibles- por definición, mejores– que a la simple descripción y observación del mundo real. Mundo real: status quo; mundos posibles: cambios sociales, culturales y políticos.  Mundo real: afirmación del orden de cosas habido y heredado que reposa en su propio pasado; mundos posibles: un llamado a la creatividad, el aprendizaje, el riesgo y la innovación.” Significado e impacto social de las Ciencias de la Complejidad (pág.63)

Dentro de un año, cumpliremos dos siglos de haber comprendido el sentido y el valor de la educación.  Un maestro de escuela, Don Juan Mora Fernández fue nuestro primer Jefe de Estado, cuarenta años después otro Presidente declaro la educación gratuita y costeada por el Estado, a mediados del siglo pasado universalizamos la educación secundaria y poco antes del inicio del tercer milenio ampliamos el acceso a la educación superior. Y partir de entonces, son numerosos los esfuerzos desplegados por nuestros líderes educativos para hacer de la Educación un sistema de ascenso social y fuente de desarrollo nacional. Sabemos por eso que somos parte de su propósito, y comprendemos nuestra obligación de trabajar en torno suyo, desarrollando sus oportunidades y ejercitando su capacidad de respuesta a nuestro avance como civilización.

Los educadores estamos influenciados ciertamente por el pasado, pero vivimos intensamente el espíritu de cambio y la esperanza que moldean la historia reciente, somos parte de una comunidad creadora y por eso interpondremos siempre lo imposible a la noción de lo posible. Pero si queremos influenciar el rumbo, si queremos engrandecer este país, sólo tenemos una oportunidad: ser parte del proceso histórico que ya vive la humanidad. Ello será posible si somos capaces de alcanzar los niveles de acción y compromiso que lograron nuestros antecesores.

Más allá de nuestras fronteras otros países ya han obligado al replanteamiento del status quo del educador en sociedades que como la nuestra, valoran y dignifican la influencia de los educadores como fuente de las transformaciones sociales y económicas. No temamos a los paradigmas que nos impone la historia y la geografía, cuestionemos todo con el recurso infalible de las ideas, el dialogo y la crítica fecundas. La educación es parte esencial de la solución no solo a la pandemia y sus efectos perversos, lo es también en la definición del tipo de sociedad que queremos. En esta empresa social, los educadores representan algo más que «vitalidad», son insatisfacción y búsqueda, son la fuerza de la que se alimenta la esperanza de la juventud, son los que siembran el idealismo que dignifica su destino. Para concretar nuestra función social  como educadores debemos tener la capacidad de organizarnos en forma incuestionable. Los costarricenses estamos convencidos de que es posible vivir de otra manera. Y los educadores son los responsables de preparar el camino que ha de llevarnos a concretar el ideal de un mundo nuevo.

Cada etapa en la historia de la humanidad, requiere ser comprendida por las oportunidades para avanzar, así como por la naturaleza de los desafíos que ha enfrentado el espíritu humano.    Superar los obstáculos actuales de nuestro desarrollo educativo es posible, a partir de la fuerza de la cooperación y el entendimiento colectivos. Transformar la educación continuamente es una posibilidad que no podemos negarle a la sociedad. Y en este aspecto, son los educadores los que tienen la mayor responsabilidad de proponer un nuevo paradigma del liderazgo educativo, porque ellos son consciencia y fuente de conocimientos para introducir las ideas de la innovación.

Los educadores tenemos que reconocer que nuestra época debe ser interpretada no tanto por lo que es, como por lo que puede ser. Únicamente los débiles de espíritu y los pusilánimes pueden lamentar vivir en una época en la que hay tantos caminos abiertos y en donde nuestras carencias son similares a nuestras existencias.  Eliminar lo superfluo, concentrarnos en lo que es esencial, es la única forma de enfrentar el tamaño y la complejidad de los problemas que enfrentamos hoy. Como parte de un país pequeño cuya experiencia histórica es envidiable, debemos ser conscientes de los límites, pero también de las posibilidades de transformación que están a nuestro alcance.

 

 

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