Francisco Flores: Todos somos hermanos.

Podemos bloquear los caminos con nuestra rabia, y nuestro dolor, pero solo conquistaremos nuestras avenidas, cuando dominemos el odio y permitamos que hable la razón.   Porque cuando el amor al prójimo brille de nuevo como parte de nuestra esencia, y no como una virtud civilizada, volveremos por la senda del alma nacional, cuya herencia espiritual nos permitirá volvernos a escuchar, y volvernos a acercar, para resolver con la ayuda de Dios, todo lo que ahora nos separa.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Quisiera compartir con mis amigos y lectores, aspectos sencillos y expresiones iniciales sobre la reciente CARTA ENCÍCLICA FRATELLI TUTTI DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL.  “Todos Hermanos” está inspirada en las enseñanzas de San Francisco de Asís, pero cubre todas las preguntas que nos estamos haciendo hoy como humanos y como ciudadanos.  Dichosamente no haré un resumen, para que esto anime a todos los lectores de la Revista a tener un momento personal con el texto y con las reflexiones que el Papa Francisco intenta resumir en noventa y siete páginas, que son todo un inventario sobre las oportunidades humanas para contrarrestar el miedo, y ofrecer más amor a nuestros hermanos.

No es necesario tener un diccionario, o el recurso de la formación religiosa, para leer unas líneas que están llenas de luz y verdades universales, no hay que entender, solo hay que sentir cada palabra que va dirigida a nuestra cabeza para que luego baje lentamente a nuestro corazón. Esta Carta es una oportunidad para encontrarnos, para fraternizar, para bajar la guardia, para constatar que el miedo nos tiene bloqueados, en un enfrentamiento que amenaza toda esperanza, toda lógica, toda posibilidad de convivencia.

Esta Carta está escrita para todos, no carga contra unos, para defender a todos, como tampoco pretende confrontar a todos contra unos pocos. En cada apartado se busca al ser humano, creado por Dios a imagen y semejanza, escudriña en lo que nos une y advierte sobre lo que nos separa.  Valora lo que somos, y rearma la capacidad humana de entendernos, de acercarnos y de amarnos unos a los otros.

Hay en este texto, belleza, bondad y verdad, no fue escrito para profundizar todo aquello que nos separa y excluye, sino para valorar la importancia de lo que nos une y los que nos incluye.  Cuando se avanza en cada párrafo, quien sale a nuestro encuentro, es el ser humano que llevamos dentro, y la expresión sublime de nuestro comportamiento en un mundo en el que tenemos la obligación de dominar todo aquello que nos impide estar el uno junto al otro.

En un contexto excepcional, para la humanidad, para la sociedad, para la economía, la política, la salud, para la esperanza, para el amor, para la vida, el mundo no puede concentrar toda su energía en exacerbar el egoísmo, dejándose dominar por sus instintos de conservación, aislándose de todo lo que significa humanidad, que al fin al cabo es la mejor creación de Dios.

Dice la Carta.   “30. En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás los grandes valores fraternos lleva «a una especie de cinismo. Esta es la tentación que nosotros tenemos delante, si vamos por este camino de la desilusión o de la decepción. […] El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí» [ 28].[1]

Pocas veces, hemos necesitado afirmar la cultura del encuentro, de la confianza, de la esperanza en que es posible hacer las cosas de otra manera; porque no siempre la frustración, la incertidumbre que los caminos cerrados producen, termina confirmando nuestra incapacidad para encontrar un destino alternativo.   En un pequeño país de América Central, donde todo lo que ha sido posible, proviene del triunfo del amor, sobre el odio, de la unión, sobre la división, de encuentro sobre el enfrentamiento, parece inaudito que hayamos optado por las vías cerradas. Donde nuestros desencuentros nos imponen el dogma del no se puede, la creencia en la única verdad, el mito de la última solución o la hegemonía de la razón particular.

Yo mismo, usted, los otros, los demás, no podemos dejarnos dominar por nuestra opinión, por nuestra visión, por nuestro interés, del mismo modo en que no es posible ignorar el dolor, el hambre, la desesperación y la frustración que se alimentan de la indiferencia, y el egoísmo que se acrecienta en cada rincón de la patria.   Dice la Carta: “15. La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino sólo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación.”[2]

De las dos reflexiones que la Carta desarrolla y que he citado, es sencillo deducir que tienen que ver con el contexto actual de nuestro país, de las cuales extraigo una lección personal en la que no me dable ignorar mi responsabilidad como ciudadano. Pregunto: ¿Cómo podemos afirmar nuestra seguridad actual, y por cuanto tiempo, en la medida en que cada día existan más personas y familias que han perdido o no tienen las mínimas condiciones indispensables para sus vidas?; ¿qué es lo que nos hace creer que una sociedad puede sobrevivir sin solidaridad, sin justicia, o sin libertad?

Con ello no me refiero a nadie en particular, aquí generalizo, porque donde muchos pierden, y pocos ganan, no hay ninguna posibilidad de que una sociedad dure mucho tiempo en paz. Cuanto tiempo nos queda, de vida, de esperanza, de estabilidad, mientras en nuestro derredor se acrecienta la pobreza, la injusticia, la exclusión y la desesperación.  Por eso pregunto: ¿de qué lado están los que afirman que el gobierno y el Presidente son responsables de lo que nos sucede actualmente?   Acaso eso no es caer en la torpeza de la simplicidad, al reducir en unos cuantos la responsabilidad de lo que experimenta todo un pais, cuando somos todos los que por acción y por omisión hemos contribuido a frustrar la lucha y la esperanza de vivir en una patria sin miseria.

Lo que nos pasa como país, y como sociedad, no se reduce a los aciertos o los fracasos de un gobierno, también existe una responsabilidad por lo que hemos dejado de hacer todos, porque es mucho lo que hemos dejado en manos de unos pocos.  Solo cuando recuperemos el sentido de que lo que pertenece a todos, y que a todos nos corresponde cuidar y administrar, dejaremos de señalar a unos pocos costarricenses y veremos que hemos sido muchos costarricenses los responsables de la situación actual, por nuestro silencio, por nuestra indiferencia y nuestro exceso de confianza.

Podemos bloquear los caminos con nuestra rabia, y nuestro dolor, pero solo conquistaremos nuestras avenidas, cuando dominemos el odio y permitamos que hable la razón.   Porque cuando el amor al prójimo brille de nuevo como parte de nuestra esencia, y no como una virtud civilizada, volveremos por la senda del alma nacional, cuya herencia espiritual nos permitirá volvernos a escuchar, y volvernos a acercar, para resolver con la ayuda de Dios, todo lo que ahora nos separa.

  • [1] [28] Discurso al mundo de la cultura, Cagliari – Italia (22 septiembre 2013): L’Osservatore  Romano, ed. semanal en lengua española (27 septiembre 2013), p. 15.
  • [2] CARTA ENCÍCLICA FRATELLI TUTTI DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL.

 

 

 

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