Francisco Umbral: Literatura

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Francisco Umbral

(Madrid, 11 de mayo de 1932 – 28 de agosto de 2007).

Sigo pensando que Francisco Umbral es uno de los escritores más importantes que ha dado el castellano a ambos lados del Atlántico. Antes que amainar su admiración hacia él, crece con los años, todavía más luego de ver, de leer y comprobar el deterioro de la prosa periodística y en general de la calidad de la literatura ( poesía, narrativa, ensayo, cuento) que hoy se escribe en la lengua de Cervantes y de Sor Juana Inés de la Cruz.
Umbral fue un maestro consumado del columnismo español. Poseedor fue de una prosa brillante, combinó la fina y corrosiva ironía con un personal estilo lírico. El crítico literario  Miguel García-Posada lo consideró como el mejor prosista en castellado desde Francisco de Quevedo.
Su obra narrativa está influida por Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós y Ramón Gómez de la Serna. Y su obra periodística por escritores-colunistas de la talla de César Gonzáles-Ruano y José María Pemán. Su obra narrativa es vasta, con más de cien títulos: El giocondo (1970), Memorias de un niño de derechas (1972), Mortal y rosa (1975), novela de tono intimista y desesperanzado, y Las ninfas (1976), Diario de un snob (1974), Spleen de Madrid (1973), La rosa y el látigo (1994) o Las señoritas de Aviñón (1995). De su extensa producción cabe señalar La noche que llegué al Café Gijón (1977), Diario de un escritor burgués (1979), Memorias de un hijo del siglo (1986), La forja de un ladrón (1997) y El socialista sentimental (2000), entre sus obras narrativas. De las distintas biografías que escribe destacan Larra, anatomía de un dandy (1965), Ramón y las vanguardias (1978) o Y Tierno Galván ascendió a los cielos (1991).
Algunas de sus crónicas y ensayos son España como invento (1984), El fetichismo (1986), Guía de la posmodernidad (1987), Del 98 a don Juan Carlos (1992), La década roja (1993) y Las palabras de la tribu (1994). Sus últimas obras publicadas son ¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary? (2003), Los metales nocturnos (2003) y Días felices en Argüelles (2005), Cela, cadáver exquisto (2006).
Dejo un fragmento de Mortal y Rosa, una obra dedicada a la muerte de su hijo. Escrita dentro del género de la novela lírica, ésta obra es, ciertamente, una joya de la literatura en español, donde convergen la confesión, la meditación, la introspección psicológica, el monólogo interior dentro de una lúcida y doliente reflexión poética.
Esta obra es una rara avis en la literatura contemporánea, en que se asiste a la perversión del lenguaje y al confinamiento de la reflexión lírica a la esquina del más triste del olvido.

 

Fragmento de Mortal y Rosa ( 1975):
«La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, por qué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes, haciendo restallar las manos.
La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entraña misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.
Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. Dar un paseo, comprar una lámpara. Todo eso que veo ahora, en medio de la noche, tendido, despierto, con los ojos en la tiniebla. El insomne sorprende su propia vida, asiste al curso subterráneo de su existencia, desciende a las bodegas secretas del ser, mira la luz del vivir desde la cámara oscura de la vigilia, ve los días desde la noche, mira la vida desde la muerte. Así lo contemplo todo, ahora, la fiebre del hijo, la confortabilidad del horror, todo lo que nos pasa, y mi vida desaparece en la horizontalidad, sólo soy una mirada sobre el tiempo. La lámpara, comprar una lámpara, a veces, en la casa, falta una lámpara, y se sale, se va a las grandes tiendas, se busca la lámpara entre las lámparas, se habla con dependientas, encargados, gentes, por las catedrales confusas de los bazares, se desenmaraña el lío de música, ambientadores, precio fijo y sonrisa menstrual de la cajera, y se vuelve a casa con la lámpara. Ya está ahí la lámpara, clara, nueva, tersa, creando un engaño de luz fácil, incendiando pacíficamente la vida. Reponer la lámpara es como reponer el aceite de la lámpara, eso que hacían los antiguos. La casa luce de otra forma, nos vemos todos de otra luz, de otro color, con la sonrisa desentrañada por la lámpara demasiado nueva y refulgente.
La lámpara apagada luce encendida en mi desvelo. El hogar tiene una dimensión nueva con la nueva luz, pero enseguida iremos poblando esas zonas inéditas de la lámpara y todo volverá a ser habitual, cotidiano, bajo la lámpara. Parece que esa luz distinta, como un día de sol, nos salva de algo. Pero la vida va oscureciendo lámparas, matando resplandores. Mi casa es una lámpara nueva y el hijo con fiebre. Mi vida es la luz y la muerte. La sombra y la vida. Y la lámpara.
Hemos puesto una lámpara en el corazón del terror. El niño, los niños. Todos son mis hijos. Haber sido padre una vez es haberlo sido y seguirlo siendo por los siglos de los siglos. Lo glorioso y lo espantoso es que todos son ya mis hijos, que todos son torturados por la vida bajo mi paternidad. Todos los niños son el mismo niño. Sufre uno, sufren todos.
Así como mi hijo es hijo de la humanidad, yo soy padre de todos los hijos, a mí me los matan, me los quitan, me los abrasan.
Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible. Cómo arde y chisporrotea y muere la candela de su vida, el aceite de su risa, en el fuego de la fiebre. Lamparilla, el niño. Niños de luz en el redondel de la lámpara. Luz de niño, carne de lámpara. La luz es el cuerpo de la lámpara. Los niños son lámparas de la vida. Cambiar la lámpara, comprar una lámpara. Y el fuego, el miedo, el insomnio, el terror, el niño, la fiebre, el miedo. Tendido en la oscuridad, solo, veo mi vida como una historia de nubes. Nada existe, nada ha existido, y lo escribo todo para que de alguna manera exista. Si me levanto, si bebo agua, si enciendo la lámpara, si miro en torno, si profano la luz, asisto a la demolición nocturna y secreta de las cosas.
El agua en la boca, repugnante. La sangre en la boca. Las sábanas, tibias de mí, heladas de noche. Apago la lámpara y, por debajo de mis párpados cerrados, siempre mis ojos abiertos. Por debajo de mis ojos cerrados, siempre mi mirada abierta. Por debajo de mi mirada cerrada, siempre mi alma abierta. Algo mira desde mí cuando ya no miro nada. Cuando ya nada, en mí mira. La noche, el miedo, el niño, la fiebre, la lámpara. Se puede vivir indefinidamente en el terror. Se puede.»
Fuente: Mortal y Rosa.
Editorial Planeta.
2011
Prólogo de José Manuel Caballero Bonald.

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