Fraser Pirie Robson.

Este relato me pasaba en un colegio internado en los fríos meses en el Canadá.

Los domingos había una misa en la capilla del colegio a las 11 y después otra a las 5 de la tarde. Yo me recuerdo del gusto de cantar los himnos con todos los demás jóvenes a pulmón abierto. Pero había un himno que se cantaba en voz baja que me gustaba muchísimo, el cántico de Simeón que se cantaba en vos baja y lenta:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

A mí me daba un calor dentro del pecho y eso fue la primera vez que sentí en mi vida un extraño calor en el centro del pecho. Sin saberlo, ¡que durante el resto de mi vida buscaría siempre lograr el calor dentro de mi corazón! Es el calor que sale del alma misma cuando se hace un acto de devoción, una caridad, o una buena acción.

Ana y Simeón en el arte clásico de Rembrandt

Años después me volvió a pasar. Un día 25 de diciembre una amiga me llamó por teléfono para preguntarme si yo pudiera llevarla en carro a una venta de pollos para llevarle una comida a una familia. Como yo era un muchacho bastante solo, me fui con ella a comprar pollo frito. Nos fuimos a San Antonio de Escazú y ella se bajó a entregar la comida a una familia que no tenía para almorzar ese día de Navidad. Yo pagué la compra de pollo, pero fui yo él que salió ganancioso, porque se me encendió el calorcito en el pecho. ¡Ese calorcito que yo tenía en el olvido!

En la navidad siguiente, me fui a una tienda a comprar regalos de navidad para regalar: bolitas de fútbol, muñecas y diferentes artículos típicos de esa época. Llené mi carrito descapotable de regalitos. Mi amigo Constantino se vistió de San Nicolás, y nos fuimos al repartir regalos en la calle por toda la zona de Barrio México en San José. El gozó muchísimo repartiendo a los niños de la calle y nunca se le olvidó. Yo era sólo el chófer, pero también a mí me gustó muchísimo. ¡Era el calorcito en mi pecho, como la llama que se encendía dentro de mí, cuando hacia el bien a los demás!

El decir fue que Dios nos dejó la sabiduría a cada uno metido en el centro del pecho, porque si lo dejaba por allá en el campo, quizás debajo de una piedra, llegaría cualquiera a adueñarse. Así el creador de lo todo, lo dejó en el pecho de cada persona. Depende de cada uno, si lo va a desarrollar o no.

Muchas veces y esto nos ha pasado a todos: Tenemos una corazonada o un sexto sentido que nos advierte de algún peligro o al menos una lucecita roja que nos advierte la precaución. Pero al racionalizarlo en el cerebro, con pensamientos de menoscabo, de no ser tan fanático, y de cualquier otro descalificativo, apagamos en sensor maravilloso, …propio de nuestro ser.

En los años futuros de tu vida, acuérdate por favor, de la historia del calorcito adentro del pecho. Todos lo tenemos, pero Dios nos deja a nosotros mismos encender nuestro propio calorcito en el centro del pecho.

Estos increíbles y grandes momentos de la vida, los puedo observar a diario en la gesta del Padre Sergio. La cantidad de gente que recibe un bocado a diario es inmensa. El deseo de darle momentos de felicidad a cada niño es legendario.

Esa mañana que le pedí al Padre Sergio, si por casualidad le sobraba una bendición, me agarró y fue tal el fuerzón que me transmitió, que salí algo mareado. Difícilmente un Papa, un cardenal, o un obispo pueda dar una mejor transmisión de fuerza. Eso no lo puedo hacer yo, pero… esto sí.

A través de mi larga vida, ese calorcito se ha manifestado cuando hago un buen acción, desde un buen consejo, un billete rojo para él que pide en los cruces de los caminos, una sonrisa y una motivación al indigente. Esa es la mejor religión de todas.