Fraser Pirie: El dulce del poeta

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Fraser Pirie R.

El día que conocí al poeta, fue debido a mis instintos andariegos más que por cualquier otra cosa.  Yo era un niño, que en bicicleta merodeaba por un barrio totalmente nuevo para mí, alrededor de la antigua Cooperativa Dos Pinos. ¿Se acuerdan de la antigua Botica La Primavera? Bueno, bajando por esa calle, pasando la casa del Dr. Moreno Cañas a mano izquierda y siguiendo tres cuadras más al Sur. Yo, en mis peripecias y aventuras, en una época en donde casi no había carros, me fui a parar frente al caño de una casa pocos metros al Norte de Matute Gómez.

Estaba allí descansando, cuando de repente, un señor alto y delgado me preguntó qué andaba haciendo solito por allí, y le contesté que andaba persiguiendo forajidos, como los de las aventuras del lejano oeste. El señor se sonrió complacido y ante mi mente fantasiosa, que tal vez le recordaba a la suya, instintivamente me ofreció un confite.  Yo lo recibí gustoso. Pasé un rato saboreando la delicia que me había dado el distinguido señor que parecía salido de un cuento y luego, me fui.  Me esperaban en casa para almorzar.

Ahora, un poco mayor, me doy cuenta de que nunca logré olvidar al señor de los confites.  Pasarían los años y las horas de mi vida, con las duras aventuras y los días placenteros que hoy recorro con asombro.  Y no fue sino muchísimos años después de nuestro encuentro en bicicleta, que, para mi gran sorpresa, vi la foto del señor de los confites en una página del periódico.  El enigmático personaje era nada más y nada menos que nuestro gran poeta nacional, ¡don Julián Marchena! Un hombre sabio y generoso.

Ahora, con una mayor consciencia de lo espiritual y lo sublime de la vida, en muchas ocasiones ante la majestuosidad de los atardeceres nuestros, en los recodos de mi memoria, logro escuchar desde la lejanía, los inmortales ritmos de sus preciados versos:

—Cuando el día ya no es día, y la noche aun no llega, perfiles desdibujados, cielo azul de luces trémulas-, por las rutas del ensueño van rodando las carretas.

—Quiero vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra ribera, la prosaica visión de los caminos.

A veces abrazamos la inmensidad del azul del cielo y olvidamos el camino y las gentes que lo han recorrido con nosotros.  Pero a este visionario poeta, yo lo recuerdo por un pequeño gesto que, aunque duró un instante, quedó impreso e imborrable en la memoria de un niño. Un niño que, como él, se convirtió en hombre, padre amoroso y abuelito dichoso.

Es el camino de la bondad que nunca debemos olvidar. La caridad envuelta en sonrisa, en paciencia y humildad.  El sabor del confite del poeta, que aún permanece en mi boca, sigue siendo ejemplo de cómo un pequeño gesto es capaz de cambiar la visión del mundo.

Esta es la historia del poeta y el niño. El visionario y romántico poeta que logró conquistar el corazón de un pequeño aventurero.

 

 

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