Fraser Pirie: El Escudo de Oro de los Brunka

Es cierto, porque hoy día, el oro de Costa Rica es su gente. Los de otros países lejanos que vienen a conocer las maravillas de este paraíso en la Tierra, llamada Costa Rica, también se llevan una pequeña parte en su corazón y recuerdan con gusto los días que estuvieron entre los ríos de Costa Rica.

Fraser Pirie Robson.

Juan Vásquez de Coronado fue el primer español en descubrir las tierras del sur de Costa Rica. Allá por 1562, en su famosa Cruzada de la Gran Cordillera logró pasar de mar a mar. Al llegar fundaron un pequeño asentamiento cerca de Buenos Aires. Henri Pittier, en su libro Viaje de Exploración por el Valle del Río Grande, de 1891 señala ruinas de alguna pequeña civilización. José María Peralta señala que podrían ser las ruinas de una antigua ciudadela de la conquista que desapareció con el tiempo llamada Nombre De Dios. En estas regiones vivieron algunos frailes españoles después de la conquista, pero con el tiempo desaparecieron y toda la región del Valle del General hasta la futura frontera de Panamá quedaría en estado de abandono.

Más al sur de Buenos Aires de Osa, los frailes franciscanos habían establecido misiones en Térraba y Boruca. En Térraba se formaron con indios sacados del norte de la Cordillera y pertenecían a la tribu de los Térbi o Tiribi. Los de Boruca con los restos de los indios del gran valle y de las llanuras costeñas adyacentes. En aquellos tiempos remotos, el pueblo de Boruca no existía en su forma actual. Los misioneros fueron los que reunieron a la gente en su solo lugar. Los indios no tenían la costumbre de vivir juntos, sino como hoy mismo en forma dispersa. Tampoco fueron los Brunka descendientes de una sola tribu, sino de los restos del conjunto de las que quedaban entre los Quepos y la Península de Osa.

El escudo de oro: De las vagas tradiciones de los Brunka, se sabe que las varias naciones de esta región sostuvieron variadas batallas entre sí. La lucha con los pueblos de la llanura de Sierpe (Palmar Sur) fue muy reñida y los Brunka solo lograron la aniquilación de sus contrarios cuando un rey del valle de Chánguena, consintió en prestarles su escudo de oro. El escudo de dimensiones míticas. ¡Era redondo como un sol y cuyo brillo era tan intenso que los enemigos caían al suelo por efecto de su resplandor!

Changuena de Buenos Aires, Puntarenas.

La batalla se dio y fueron vencidas las tribus de Sierpe y se refugiaron en la Isla del Caño en donde los Brunka no los pudieran alcanzar y atacar. Con ese triunfo los Brunka resolvieron no devolver el mágico escudo de oro al rey de los Chánguenas. Una nueva guerra se desató con el fin de lograr el milagroso escudo de oro en donde el rey changuena muere en pelea y sus secuaces se dispersaron. El escudo de oro, que resplandecía como el fuego del sol, se quedó en Boruca y después desapareció sin que nadie pueda razón de él.

En 1627, los Brunca son reunidos en el nuevo pueblo Santo Patrono de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Boruca.

Para 1800, las misiones fueron desapareciendo y la región entro en el olvido. Quedaba algún recuerdo de la zona, ya que de ocasión especial podrían llegar indios a Cartago con cargas de cacao y otros productos como el pejibaye. La colonización de la Zona Sur se efectúa lentamente. La zona conocida como La Candelaria (San Ignacio de Acosta) era un bosque espeso en 1846 y para 1897 ya estaba totalmente desolada. En 1853 llegaron los primeros colonos y se establecieron en San Marcos de Tarrazú y muy cerca Santa María de Dota. Más hacia el este en 1860, en el bello jardín de Copey de Dota, estaban establecidas las familias de Pedro Calderón y Patricio Granados.

Estos dos amigos cazando en las alturas del Roble y del Cerro de las Vueltas, (hoy Reserva Biológica Nacional Las Vueltas) pudieron divisar los llanos del llamado Diquís. En 1865 abrieron una trocha por el cerro de Buena Vista y llegaron a las márgenes del General. Hoy día esa trocha existe y va desde Copey de Dota a San Carlos de Dota. De ahí cruza al este por el Cerro las Vueltas y sale a la Interamericana más al sur de División.

Aquí en la confluencia del Río General y el Río Chirripó, y cerca del Río Peñas Blancas, (Peñas Blancas de Pérez Zeledón) en un sitio conocido como la Quebrada del Indio encontraron los dos amigos, los platanares de los indios Chirripó, junto con sus chozas de verano. Residían en el Valle del General solamente en el verano y mantenían sus palenques permanentes en la parte superior del Valle de Chirripó.

Mapa de Térraba. Figueroa 1878.

Con buenos actos, como dejando regalos de sal, dulce y tabaco, Pedro y Patricio lograron ganar un poco de amistad. Otro día, fueron sorprendidos los indios y salieron corriendo ya que la fama de los blancos como opresores y esclavistas era bien temida. Temblando del miedo los indios se pararon y dejaron caer al suelo sus flechas y arco. Los amigos también pusieron sus armas en el piso, y los dos grupos se acercaron. Un indio rompió el silencio y dijo, “Compadre”. Con esa primera apertura entre los dos, visitaron otros palenques. Los indios querían aprender el lenguaje de los blancos y con señas fueron entendiendo suficientes palabras para entablar cortas palabras.

Cazaban y pescaban con mucha habilidad. Sembraban el banano, el cacao, el pejibaye y el algodón. Además, eran muy hábiles en tejer sus hamacas, fajas y cobijas.

Mujeres Bruncas con sus vestidos de algodón. 1923.

Un día a Patricio Granados los indios con un mecate con doce nudos, le quisieron decir que llegarían de visita en doce días. Efectivamente así sucedió y al llegar a Copey salió a recibirlos Manuel Granados, el hijo de Patricio. ¡Los visitantes entraron en pánico! Empezaron a huir del desconocido, pero Patricio logró tranquilizarlos y llevarlos de vuelta a su casa. ¡Cada vez que llegaba alguien, trataban de fugarse!

Los naturales manifestaron su deseo de ir hasta Cartago. Granados los ayudó a vender su cacao, sus mantas y demás productos que traían a buen precio. Con los mejores precios del mercado de Cartago, lograron suficiente dinero para comprar doce perros, pantalones, camisas, espejos, y puntas de flechas. Solamente que uno de ellos conoció el aguardiente y en ese estado caminaba por la calle y vio una joven que le agradó. ¡Sin pensarlo dos veces, la hizo amarrada para llevarla de vuelta a su palenque, con sus doce perros! ¡Le costó bastante a Patricio alejarlo de ese problema ante la hilaridad de todos en Cartago!

De vuelta en Copey los indios los invitaron a volver al Valle y después de dos lunas Patricio se fue de gira con su esposa. Al llegar a su campamento de Quebrada Hermosa, llegaron los Chirripós. Vestidos en camisas blancas y gorros colorados, con su larga cabellera en trenzas que les colgaban por detrás, fueron invitados a la fiesta que duraría días. Les habían alistado camas de varillas con hojas de cas encima y para Patricio una cama especial con pieles de tigrillo.  Cocinaron puerco, abriendo un hoyo grande en el cual encendieron una fogata de tres días de duración. Metieron el puerco al hoyo y lo tapaban de nuevo con hojas y lajas de piedra, para luego encender una nueva fogata encima hasta que la carne estuviera a punto. Antes de que la fiesta se terminase, los huéspedes se despidieron para seguir adelante hasta Hato Viejo, por una vereda que ellos habían cortado anteriormente.  Luego de dos lunas, los indios prometieron llegar a visitarlos de nuevo. Llegaron a Buenos Aires y en esta visita se entendieron con los indios de Térraba en su propio lenguaje.

Pedro Calderón y Patricio Granados fueron los fundadores de Buenos Aires en el llano de Hato Viejo. Tanto les gustó el llano, que Pedro Calderón llegó con su familia en enero de 1870 y Patricio el 22 de abril de ese mismo año. En ese tiempo, hace 140 años, los indios de Térraba vivían en cuatro ranchos y en los terrenos repastaban su ganado.

Un año después de la fundación de Buenos Aires aparecieron en las sabanas de Bequís y del Cuyée, los primeros indios cabécares. Uno era Pedro Zúñiga, otro José María Blanco. Otros fueron llegando y la zona prosperaba. La colonización del Valle del General comenzaría mucho después. El primer colono fue Manuel Estrada, quien maltrató mucho a los indios de la zona. Los ahuyentaba con tiros de escopeta. Los indios se retiraron entonces definitivamente a las cabeceras del Chirripó y otros sitios inexplorados por el hombre blanco en 1896.

De esta manera fue que se colonizó el Valle del General y Buenos Aires. Pedro Calderón y Patricio Granados, los dos intrépidos aventureros de que hoy poco se conoce. Abrieron el camino y enseñaron a los demás como el buen trato hace que los hombres se puedan entender. Pero el escudo de oro, nunca se encontró y quizás es mejor que esto sea así, porque entre los mismos indígenas el escudo costó muchas vidas. Brillaba como el sol y deslumbraba a los guerreros. Deslumbraba a los españoles también. Pero a Pedro y Patricio les deslumbraba las bellezas de nuestro país y su futuro.

La bella Patria: Es cierto, porque hoy día, el oro de Costa Rica es su gente. Los de otros países lejanos que vienen a conocer las maravillas de este paraíso en la Tierra, llamada Costa Rica, también se llevan una pequeña parte en su corazón y recuerdan con gusto los días que estuvieron entre los ríos de Costa Rica. Donde primero surcó Juan Vásquez de Coronado en épicas marchas atraves del territorio de mar a mar y luego un país que se formó con la afluencia de todos los europeos y demás nacionalidades. Al igual como Pedro Calderón y Patricio Granados que se pudieron entender con los indígenas y formar uniones y entendimiento, para formar un gran país. ¡Así todos unidos formaron una patria en el extraordinario paraíso terrenal, que primero Cristóbal Colon y luego todos, con tanta dicha llamamos…Costa Rica!

 

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