Fraser Pirie: La fiesta de la Reina de Inglaterra

Con el Rey Carlos III mucho irá cambiando para los ingleses.

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Fraser Pirie Robson.

En el año de 1955, nosotros nos habíamos pasado a vivir a una casa nueva en San Pedro.   Teníamos dos entradas de agua potable porque como el lindero cantonal entre San José y San Pedro pasaba encima de los lotes, entonces eran dos las captaciones de agua y casi nunca faltaba.

Así compraron unos cuatro lotes pero parece que mi papá quería ir a comprarse unos caballos pura raza en Jamaica. ¡Bueno era dinero de él y él lo podía gastar como quisiera! Excelente el argumento y muy acertado, claro. Pero mi madre era más inteligente y en vez de gastar en caballos, era más prudente invertir en tierras.

Mi madre me contaba que a través de los largos años de la Segunda Guerra Mundial, en donde todos los jóvenes de tantos países estaban involucrados en un esfuerzo de vida y muerte para mantener la libertad en contra de los poderes fascistas de esa época. Mi padre terminó la guerra como mayor en el ejército canadiense y ella como joven esposa vivía con sus padres y su pequeña hija allá en el Canadá.

Como ella vivía con sus padres en esos largos seis años, pudo ahorrar los sueldos de su marido durante todo ese tiempo. Con esos ahorros, decidieron construir la casa de sus sueños. Contrataron a la empresa Ehrenberg y Maroto, geniales constructores de calidad de ese tiempo. La casa en sí es de maderas como el pochote. En ese tiempo, el pochote era lo que se usaba. Las maderas finas que usamos hoy en día se consideraban como buena formaleta. El pochote tiene una resistencia total al agua y se usaban de tapicheles, pisos, y cerchas para el techo. Los pisos de caoba con bellos tintes naturales. Las paredes de doble ladrillo fino de Agua Caliente de Cartago.

Hay que recordar que Costa Rica apenas se despertaba de un largo sueño y empresas muy fuertes de hoy en día, en ese tiempo eran pequeñas y sin mucho desarrollo. Costa Rica cambió dramáticamente de ser una finca de utilidad agrícola a ser un emporio económico exportador. En ese tiempo, los impuestos eran mínimos. En un libro de actas, mi madre iba sumando los gastos de la construcción y lo más que se pagaban en impuestos de importación era por ejemplo un cinco por ciento. Cuando por fin se agotaron los fondos acudieron al Banco y obtuvieron un préstamo de refuerzo hasta terminar por fin la construcción. Como tantas parejas nuevas, quedaron debiendo en el Banco de Costa Rica.

Así fue como nos criamos nosotros. No con lujos, porque los lujos no existían en ese tiempo. Las deudas si eran reales, y el matrimonio luchaba para sacar adelante a la familia. Teníamos una casa grande, y una finca de café alrededor. Los cafetales de doña Anita Montealegre eran nuestros para jugar y perseguir a ladrones y policías.

El Día Victoria

Mis padres les gustaban las buenas fiestas. No eran de tomar mucho licor, sino ir bien vestidos a una fiesta de sus amigos. En esos primeros años hasta 1960, daban una buena fiesta con saloneros e invitaban a sus amigos para celebrar el cumpleaños de la Reina.  La fecha exacta de la Reina Isabel de ahora es el 21 de abril. Pero en el Canadá se celebra el cumpleaños de la Reina Victoria, nacida el 24 de mayo de 1819.  O sea de hace doscientos tres años se conoce como el Día Victoria. En ese día se celebra tradicionalmente el cumpleaños de la Reina. Entonces mi madre preparaba la mesa para doce personas. Lógicamente, explicaba ella, que una mesa servida para trece personas sería de muy mala suerte. Entonces la mesa debe ser de doce o brincar a catorce campos. Todo el día se preparaba la cena, dejando para el último momento los retoques finales.

¡A las 7 p.m. tocaban el timbre y llegaban las primeras visitas! Entraba la pareja y nosotros los chiquillos desde nuestras madrigueras, tirados en las gradas, nos quedábamos viendo a las visitas. Algunas veces, los que ya sabía volvían a ver para arriba, y nosotros viéndolos entrar con los ojos redondos, se sonreían con nosotros o nos mandaban un beso en el aire. La señoras de vestido largo de gala, que usualmente el vestido arrastraba el piso. No se ponían una corona como hacen ahora en los concursos de la miss, pero siempre usaban guantes. ¡Pero es que, se parecían reinas todas!

Los guantes de los 50’s para las damas podrían ser de colores suaves pasteles, aunque usualmente de color blanco puro. Únicamente que el guante se extendía a lo largo de su brazo hasta el codo. Imagínese que elegancia.  Nosotros los chiquillos, apostábamos a ver cuál era la más bonita, o sea cual señora veía la más bonita.

Así pasaba don Alberto L. Arce y su señora. Luego entraba don Jorge Lyon Chavarría y doña Paddy. Don Jorge era el dueño del Banco Lyon en San José. Don Jorge al entrar, por haber luchado con el 8º ejército inglés en el desierto del Sahara, portaba sobre su chaqueta de smoking, con su corbatín negro, un juego de medallas ganadas. Mi padre y don Jorge, vestían con mucho orgullo el ribete de banderitas de diferentes colores. Esas banderitas son simbólicas de medallas ya ganadas. Se colocaban arriba al lado izquierdo y eran de su máximo orgullo. Muy elegantes y sobrios los caballeros y las damas con sus guantes largos entraban a la sala y el salonero los atendía.

Casi siempre llegaba don Wilhem Peters del Beneficio Peters de Sarchí y doña Ilse Seevers.  Acudía también don Jorge Seevers y doña Marichen Federspiel.  Aunque ellos eran de ascendencia alemana, no fueron combatientes por lo que no usaban medallas. Pero eran buenos amigos y les gustaba una buena fiesta. A mí, me encantaba doña Marichen, porque hablaba en una voz ronca y muy fuerte. ¡Se sabía cuándo ella llegaba!

Se sumaban don Ray Treleven y su señora doña Ann desde Santa Ana. Don Ray era americano y fue quien empezó la industria del pollo en Costa Rica. ¡Para invitarlos a venir tenía que ser por radio comunicación, porque no había teléfonos para Santa Ana! Él había estado de pasó en el Gran Hotel Costa Rica y le ofrecieron pollo y era de tan mala calidad, que se propuso volver a Costa Rica para empezar una nueva industria de pollos. Siempre venía don Charles Averre (pronunciado Ei-ve-rí) gerente de la Northen Railway Company y su señora. ¡A ella, le teníamos miedo, porque no le gustaban los niños!

Cuando eran ya las 8 p.m. la dama anfitriona se había desaparecido hacia la cocina y todo ya listo, se encendían las luces del comedor y se llamaban a los comensales. Claro la mesa era impecable. Con un mantel bordado de color blanco, cada puesto llevaba varios platos. El más pequeño encima de otro plato muy ancho que servía, para sostener los demás platos. Luego al borde izquierdo dos tenedores.

Uno más delgadito que se usaba para la ensalada o la entrada. Ese tenedor iba al lado de afuera. A la derecha un cuchillo y una o dos cucharas. La pieza que se tenía que usar primero, siempre se colocan hacia fuera del plato. Por ejemplo, si venía de entrada una sopa, entonces una cuchara sopera le esperaba. Entraban las visitas y al ver la mesa, se notaba que había una tarjeta con su nombre y era el sitio en donde se tenía que sentar. Siempre con el orden de hombre, mujer, hombre, mujer.

El sitio de honor sería siempre a la izquierda de la anfitriona. En este caso a la izquierda de mi madre. Si venía un embajador o dignatario posiblemente lo sentarían a la izquierda de mi padre. Pero casi siempre mi padre quería tener dos damas, una a cada lado. Entonces a la izquierda de mi madre y el segundo lugar de preferencia sería a la derecha de la anfitriona. Pero se mantenía un protocolo muy correcto. Los nombres le indicaban adonde sentarse. Al sentarse todos formalmente, se bajaban las luces y las candelas en sus candeleros daban la luz suficiente para provocar la confianza entre la tanta elegancia.

Ya pasada la entrada, en una cena de una hora u hora y media, se habían recogido esa primera entrada y mi padre cortaba el rosbif en tajadas muy finas y bien rojas. Ese rosbif se había pedido de la carnicería de Víctor, allá en La California. Era una pieza preparada y madurada con especial interés por don Víctor. Jamás podría estar dura, porque se darían los reclamos y don Víctor lo garantizaba.

Mientras mi padre cortaba y preparaba ese rosbif, el salonero hacía su ronda con un vino rosado y un vino blanco que se esperaba para finalizar este segundo plato. Porque vendría el momento solemne. Con conversaciones muy amenas y cuentos a no acabar, el ruido de las visitas como las conocíamos nosotros, iba también en aumento. Antes del postre, mi padre tocaba su copa con el cuchillo, y todos sabían que ya venía el momento del brindis. Entonces mi padre de pie llamaba al orden y les decretaba:

crepes suzettes con helados

— ¡Señoras y señores, la Reina!

Entonces los hombres de pie y las damas sentadas brindaban de una sola vez con el vino blanco en la segunda copa por la felicidad eterna de la soberana inglesa. En eso consistía el brindis y ya todos se sentaban de nuevo. ¡Un gran momento!

Bueno, ya con la prueba realizada, ya entraba el postre, especialmente hecho por mi madre, alguna comida importada como las crepes suzettes, que son unas tortillas súper delgadas y arrolladas, bañadas en coñac o un vino fuerte. Eran una delicia.

crepes suzettes

Ya pasaba ese momento final de la cena, cuando la etiqueta de la cena le tocaba a mi madre llamar a las señoras para retirarse del comedor. La forma de hacer esto era muy discreta también. Gracias a un gesto importante de la misma Reina, era muy aceptado, muy correcto, que en ese momento las señoras sacaran su pintura de labios y se retocaran sus labios de color. ¡Sí, porque en una ocasión la Reina lo hizo, entonces ya era etiqueta! ¿Quién te podría criticar?

Pero ya esos tiempos pasaron hace mucho y es un nuevo mundo. La gran cena que celebró la reina de Inglaterra terminó en los 60’s.

Con el Rey Carlos III mucho irá cambiando para los ingleses.

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