Fraser Pirie: Los Comerciantes Españoles

Así llegaron a Costa Rica, estos ejemplares comerciantes. Fundaron familias, ermpresas diversas y una gran dinastía.

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Fraser Pirie Robson.

Hoy en el mundo, hay más de cien millones de personas que son descendientes directos de españoles. A las Américas, continente de tanta ilusión y esperanza, emigraron cuatro y medio millones de españoles entre 1846 y 1932. La mayoría buscaba una nueva vida lejos de la pobreza y la monotonía,  además estaba por delante la aventura y el acceso a las riquezas americanas. Más de dos millones escogieron viajar a Argentina.

Argentina era la tierra prometida que promulgaba leyes favorables para los emigrantes. Muchos otros viajarían a Venezuela, Chile, Brasil, Cuba y Uruguay. Pocos siguieron la ruta hasta llegar a Costa Rica. Pero los que llegaron a nuestras tierras fundaron hogares con importantes dinastías familiares que perduran hasta nuestros días.

San Andrés de Soria: San Andrés de Soria existe desde la Edad Media y está localizado a veinticuatro kilómetros de la ciudad de Soria, camino a Logroño, en la Comarca de las Tierras Altas. En 1841 consistía de 110 hogares con 430 vecinos. A la entrada del pueblo se logró hacer una fuente para los ovejeros y las cabras.  Allí vivían los Gil y los Herrero. Muy cerca de San Andrés está el pueblo de Almarza, en donde vivían la familia Fernández, y la familia Crespo, por cierto muy amigos de los Herrero de San Andrés. Los Fernández decidieron “hacer la América”, vale decir emigrar a América, como le decían en esos tiempos. Habían tomado la decisión que se ven obligados a tomar todos aquellos que no encuentran un futuro en su propio pueblo o en su país. Para darlo a conocer se reunieron los familiares con don Cipriano Herrero Benito y doña Ángela del Peral y García de la Ceña. El pater familias anunció que se había tomado la decisión de enviar a un hijo a las Américas. Los hermanos eran Juan José, Gorgonio, Cipriano e Inés Herrero del Peral.  De todos los hermanos aún no se sabía quien sería el primero en partir. Pero dar este paso era absolutamente necesario, porque ya escaseaba la tierra para cultivar y faltaban posibilidades de trabajo para estos comerciantes y ganaderos.

Gorgonio Herrero del Peral quien emigró. Juan José Herrero del Peral, el hermano mayor que se quedó en San Andrés de Soria. Rufino Gil del Campo, padre de Gumersindo Gil Herrero, quien también emigró.

 

Felipe Herrero García, Anastasio Herrero Vitoria, Cipriano Herrero Vitoria y Gumersindo Gil Herrero. Foto tomada en Paynter Bros. San José 1885.

Así fue como en el otoño de 1875,  salió de San Adres de Soria, Gorgonio Herrero del Peral.

Al llegar por fin frente al mar, en el puerto se vislumbraban los mástiles de las grandes naves. Fueron directo al muelle para indagar cual navío zarpaba para la Argentina, para América. Al final del muelle había un barco con mucha actividad; los marineros cargaban muchas cajas y mercadería.

Por ser un joven de 13 años, Gorgonio no tenía derecho a cabina propia. Esa misma tarde, antes del anochecer, cuando las gaviotas regresaban a anidar, el capitán dio las órdenes de levantar el ancla. Los días pasaban rápidamente, poco a poco el frío del otoño disminuía en intensidad. Los días calientes del Atlántico Sur cambiaron drásticamente, pasando del frío invierno a la primavera del hemisferio sur.

Cuando el navío se adentraba en la desembocadura del Rio de la Plata, en la Argentina,  otro buque se acercó y con altavoces el capitán del bergantín les aconsejó no acercarse a la costa, ni siquiera a Buenos Aires, porque había problemas graves causados por fuertes epidemias. Sin más remedio el capitán dio las órdenes y las nuevas coordenadas para dar la vuelta y salir de nuevo a mar abierto.

Quedaron espantados al escuchar a los marineros explicar que el vómito negro es muerte segura y que nace de las miasmas de aires malsanos.  Los marineros, supersticiosos como solo ellos pueden serlo, ofrecían misas y actos piadosos con tal de no ser alcanzados por la fiebre. Al fin morirían más de 14.000 personas solamente en Buenos Aires.

A los tres días de navegar alcanzaron la boca del Estrecho de Magallanes, pero como los vientos seguían soplando contrarios al navío, después de dos días de espera  el capitán ordenó seguir rumbo al sur, casi volando sobre las aguas impulsados por el fuerte viento del extremo  del continente. Durante las horas de la mañana el experto capitán logró pasar el Cabo de Hornos, un trecho muy peligroso, lleno de naves destruidas y encalladas en las rocas. Era un lugar inhóspito y peligroso, porque aquí  se juntan las aguas del Atlántico con las del Pacífico.

Valparaíso, Chile: En Valparaíso descargaron mercaderías destinadas a Buenos Aires, que por la epidemia quedarían depositadas en los almacenes del puerto. De allí el barco iría rumbo al norte, hacia Centro America, a cargar café en un puerto llamado Puntarenas y consignarlo de regreso a Valparaíso.

La tarde que llegaron a Puntarenas las gaviotas revoloteaban en el aire y caían sobre sus presas en la bahía. El sol aún estaba fuerte y el calor tropical se sentía sabroso. El Capitán ordenó soltar el ancla en la suave marea de ese puerto, situado en el Pacífico de América Central.

Las perras gordas:

—Gorgonio, ya se te acabaron las perras gordas y hasta las perras chicas.Ya no te alcanza para más. Aquí debes bajarte, chico!

La perra gorda era una moneda española de diez centavos que al  anverso tenía un león, pero los españoles despectivamente la llamaban la perra gorda. La perra chica, era una moneda parecida, pero con un valor de solamente cinco centavos.

Ya estaba por cumplir los trece años cuando la lancha tocó tierra en la oscura playa de este nuevo puerto.

Don Juan de la Rosa Sánchez Romero: El bisabuelo de nuestro presidente, don Oscar Arias Sánchez, se lo llevó en carreta camino a San José. Jalada por una yunta de bueyes, salieron del puerto con destino a San José, la ciudad capital situada al interior del país. La carreta era muy lenta, porque iban cargados de mercadería y cajas que deberían ser entregadas en San José. La caravana salía de Puntarenas y se detenía en San Mateo para el sesteo, luego subía por el Monte del Aguacate hasta el pueblo de Desmontes; desde allí empezaba un largo y duro tramo hasta salir finalmente, a los llanos del pueblo llamado Atenas. Cada noche llegaban a un sesteo diferente, donde los boyeros, cansados, se guarecían;  se acostaban en la segunda planta, en la parte de abajo se soltaban los bueyes para que se alimentaran y descansaran. Cada sesteo o lugar de descanso, era un edificio ubicado a cierta distancia el uno del otro, con un potrero con agua donde soltar por un rato a los animales. Era como un gran establo donde antes del amanecer, los boyeros ya habían tomado café o agua dulce y estaban listos para la salida.

Los boyeros en la caravana hacia San José.

De esta manera llegaría Gorgonio Herrero a su destino. Por fin llegaron al final de la ruta y los boyeros se llevaron las yuntas al pastoreo. Gorgonio se fue con don Juan de la Rosa Sánchez a San José, donde lo presentó en el mejor almacén que existía en la capital: nada menos que la famosa tienda de don Luis Bengoechea.

Don Luis se lo llevó a conocer la tienda donde iba a  empezar a trabajar.  Era la de don Juan Hernández, en Alajuela, quien le dio un lugar para dormir en la trastienda. Empezó a trabajar, primero solo escuchando y cumpliendo con esmero todo lo que le indicaban. Pasado el año estaba muy contento en su trabajo, que en realidad no se hizo tan difícil una vez que descubrió que tenía una cierta facilidad para las letras y los números. Mientras otros tenían que escribir los números para hacer los cálculos, Gorgonio los llevaba en su mente.

Cuando ya había cumplido los dieciséis años, se pasó a vivir a la pensión de los Freckman donde también vivía Antonia, una joven de ascendencia alemana.  Don Juan, le iba dando cada vez más y más responsabilidades en el manejo del almacén, incluso le dio a entender que estaría interesado en que se casara con su hija.  El 31 de enero de 1885, en un bautizo donde  era el padrino y Antonia la madrina, empezó el noviazgo y se casó al año siguiente con doña Antonia Freckman.

Durante todos esos años  nunca olvidó a su querida familia en San Andrés de Soria. Cinco años pasaron antes que pudiera reunir el dinero suficiente para traer a su hermano Cipriano, que ya contaba con 18 años de edad. Trabajó durante 13 años en la tienda de Juan Hernández en Alajuela, hasta que llegó el momento en que junto a su hermano Cipriano fundaron su propia tienda en San José:  Gorgonio Herrero y Co.

Poco a poco trajo a Costa Rica a sus sobrinos, Gumersindo y Lucas Gil Herrero, así como a los Herrero Vitoria, hijos de Juan José, quien se quedó en el pueblo. A todos les fue yendo bien gracias a este maravilloso país, quizás pequeño en tamaño pero grande en el espíritu de lucha, que les dio la oportunidad y la tranquilidad para avanzar en la vida a través del trabajo.

Gorgonio Herrero del Peral tenía una capacidad natural para los negocios. Empezó exportando madera de Guanacaste al Japón y al viajar a ese exótico destino, logró nuevos contactos para importar por primera vez a Costa Rica productos de aquel país. La madera la exportaba con don Manuel Burgos y también traía telas y mantones de la China.

Gorgonio, el intrépido viajero, murió en Paris del cólico miserere o apendicitis, a los escasos 40 años de edad.

Así se hace la América.

Anastasio Herrero Vitoria: Anastasio Herrero Vitoria era hijo de Juan José Herrrero del Peral, quien se casó con Felipa Vitoria. Llegó a Costa Rica a los 19 años de edad y fue acogido en la gran casa familiar de su tío Gorgonio Herrero del Peral. La casa estaba en la esquina sur de la entrada del nuevo Teatro Nacional. Cada hermano y sobrino llegaría a Costa Rica a un lugar seguro y cómodo; siguiendo los pasos del tío Gorgonio, entraban por el nuevo puerto de Limón y viajaban a la capital en tren. Después de cruzar el Atlántico, ya no en veleros sino en modernos vapores de pasajeros, eran recibidos por él en el muelle de Limón para llevarlos a su nuevo hogar en San José.

Cipriano Herrero: En el año 1882, don Gorgonio trajo primero a su hermano Cipriano; unos años después llegó Anastasio Herrero Vitoria. Don Cipriano, dueño de la conocida tienda La Fama, le compró en 1899 a don Cleto González Víquez un terreno ubicado en la avenida once, en el nuevo Barrio Amón, donde en 1906 terminó la construcción de su casa habitación. Fue diseñada por el arquitecto Jaime Carranza y su costo fue de 15.000 colones. La casa fue diseñada un poco diferente a las  tradicionales. A la entrada tenía un jardín rodeado de mampostería y verja, un corredor con balaustrada y un gran patio interior. El sello de su propietario quedó para la posteridad en los ventiladores que rodean el contorno de la vivienda, con las iniciales de su dueño, “C.H.”, Cipriano Herrero. Fue la casa más bella de San José.

Don Cipriano siguió el ejemplo de su hermano Gorgonio y fundó la Tienda La Fama, que estaba localizada en Calle Central y Avenida 1, a 75 metros del Diario de Costa Rica. Se casó con doña María Diaz-Granados y fue como un padre para todos sus sobrinos. No solo los entrenó en el negocio de comerciantes, sino que también los empleo en su tienda y le proporcionó a cada uno los fondos económicos necesarios para fundar su propio negocio. Murió en 1935.

Unos años después la familia fundó la tienda El Siglo Nuevo en San José así como el Gran Bazar La Casa, así como la Hacienda La Argentina en Grecia. ¡Le pusieron ese nombre en recuerdo del país al que iban originalmente!

Así llegaron a Costa Rica, estos ejemplares comerciantes. Fundaron familias, empresas diversas y una gran dinastía.

 

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