Fraser Pirie: Los pobres vergonzantes

Esto no me lo enseñaron mis padres. Las trato de aplicar todos los días a mi vida, y me han hecho feliz. Hoy, yo soy el dichoso de compartirlas.

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Fraser Pirie Robson.

Disculpe. No quiero empezar a sermonar.  Pero si quiero compartirles algunos conceptos de la vida diaria que me costó mucho aprender. No fueron enseñanzas de mi propia casa. Mis padres no me las enseñaron. ¡Pero son reglas de oro! Las he ido comprendiendo y las aplico en mi vida diaria.

1– Entraba un familiar a contarnos lo último. Fulana apareció embarazada. Nosotros disfrutamos riéndonos o de alguna manera reviviendo el chisme. ¡Pero también tenemos un dicho:

—Perro que come perro, no es buen perro!

La regla- Lo que pasa en la calle no lo traiga a la casa, y lo que pasa en la casa no lo lleve a la calle.

2– Si en algún momento digo que voy a ayudar a otra persona, es de inmediato un contrato y debo cumplirlo. Mejor, es decir voy a tratar de ayudarlo o mejor aún, haré lo que este a mi alcance.

¡El tico dice:  —¡Al buey por el cacho, y el hombre por la palabra!

Estas son enseñanzas, que cuando las escuché por primera vez sentí en mi interior que eran enseñanzas verdaderas, como un quilate de oro. Para aprendérmelas, las repito en voz alta. A veces frente a un espejo las repito para que sean más propias. Lo mal aprendido uno lo debe enterrar y lo bueno enaltecer.

3- Si uno por un error de momento ofende o maltrata al vecino, lo más correcto es borrar esa mala gestión y tener el gran coraje y fortaleza para decir:

—¡Si en algo te he ofendido, te pido perdón!

No es debilidad ni flaqueza, es una gran seguridad en si mismo y es cosa de gente fuerte que puede frenar sus impulsos moribundos y disculparse. No importa si fue culpa del otro o propia, el valiente se enfrenta a la situación y lo resuelve. Queda una buena sensación entre las dos partes. Que no sea como un inconsequente temperamento descontrolado que, en un cruce de Guadalupe, un insensato se bajó de su carro a propinarle balazos al otro.

4- Otro día vi a dos personas de un mismo género de la mano y muy felices. Entonces me repetí a mí mismo varias veces:

— ¡Yo no soy quien… para juzgarlos!

Si han alcanzado su felicidad y nos bendicen con una sonrisa, ¿quién soy yo para juzgarlos? Muchas personas son tan diferentes en su forma de pensar y actuar. ¿Y si por juzgarlos con dureza me pasa lo mismo a mí, o a un hijo o nieto?

También decía la gente de antes: — Ningún mono ve su propio rabo.

O también se decía: —¡Para hablar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado!

En sociedades más cerradas en donde no se permiten expresiones libres de su sentir y vivir, al frenarlo simplemente se sumerge en lugares secretos. El tema no es de un libertinaje salvaje, sino de un gran respeto para cada persona. Respetar a los demás, salvaguarda los intereses y preocupaciones de todos. No hacer cosas en público que pueda ofender o molestar a los demás.

5- Todas las grandes religiones alrededor de nuestro mundo han establecido códigos de conducta. No robar. Si roba, la vida misma le va a quitar de vuelta. Algunos creen que ese sistema contable no existe, pero si te interesa tener suerte en la vida, respete los bienes ajenos.

Decía la gente de antes: —El orgullo del pobre es ser honesto.

Si algo quedó tirado u olvidado en la calle, eso no me da derecho a recogerlo y privatizarlo. No toque lo que no es suyo. En el hogar de una familia amiga, tienen una jirafa alta y pintada de madera contra la pared. A mí me gustó mucho y me quedé admirándola. Inmediatamente me la ofrecieron como regalo y yo me quedé con una pena. No hay que desear ni codiciar lo ajeno. Si tanto te gusta la jirafa, vaya y se consigue una. Que correcto proceder de la familia amiga de ofrecerte lo propio.

¡En el tiempo de antes decía la gente: —No se condene pensando…!

6- De regreso el sábado pasado del supermercado con las bolsas llenas, un señor algo mayor vendía flores en el semáforo. Yo lo llamé y pedí una rosa. Le pedí el precio y me cobro mil colones.

—Que, salvada, aquí tengo el billete, le dije.  El señor se me quedó viendo un instante más y le sonreí. Yo sé que una rosa no vale mil colones, pero también sé que ese anciano necesita ir a comer.

Peligroso decir: —De esta agua no beberé!

Salió a vender, aunque fueran flores de segunda. Es que hay algunas personas que son muy pobres, pero a la vez orgullosos de ser costarricenses. Son los pobres vergonzantes. Remiendan su camisa rota para salir el domingo. Otras camisas están muy desteñidas de tanto uso, o quizás no tiene otra. Al mal tiempo, le da buena cara. Estos son los pobres vergonzantes; gente muy digna y de mi respeto.

El pobre vergonzante difícilmente te llega a pedir una ayudita. Es que le da vergüenza.  Entonces busca como vender algo, un poco de comercio quizás para sacar adelante la faena del día. Cuando ya vende algo, se va a sentir muy bien de si mismo. Que, si puede, que lo pudo sacar adelante.

7- En todos los países están los necesitados. Un día en España almorzamos en uno de esos restaurantes emblemáticos dentro del parque, cuando vi una señora con sus hijos revisando basureros por donde paseamos nosotros los turistas. Sin poder refrenarme, me fui donde la señora y le di los billetes de mi bolsa. La señora se sorprendió y su hijo en una bicicleta chopper me sonrió. ¡Nunca se me olvidó! Porque ya con eso se podían ir a comprar alimento y retirarse a su casa.

La gente de antes si sabían refranes: —¡Hoy por ti, y mañana por mí!

Después de esa gira de aprendizaje, me gusta guardar los billetes rojos en la guantera de mi carro. Los tengo listos, siempre listos, para los semáforos, los altos, en donde jóvenes o mayores vergonzantes trabajan. Unos venden confites violetas o mentas. Otros lapiceros.  No me tienen que pedir o suplicar. Yo entiendo. Soy yo el dichoso de poder compartir un momento, unos instantes de felicidad con los pobres vergonzantes. Son personas buenas acostumbradas a trabajar.

No me importa si ya tienen unas palabras listas para convencer. Yo les regalo el billete de mil colones y una sonrisa conspiratoria. Ellos me regalan su trabajo y una bendición.

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