Freddy Pacheco: ¿Un premio a Daniel Ortega?

Muestra inequívoca de que para Ortega y sus socios empresarios-políticos, son mitológicas la paz, la libertad y la democracia. Preceptos que, paradójicamente, constituyen (además del desarrollo que algunos colocan en el más alto pedestal) la base de la integración de Centroamérica promovida por el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA).

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Freddy Pacheco LeónPhD en Ciencias Biológicas 

Cuando en el 2018, específicamente el 13 de abril, indignados jóvenes nicaragüenses expresaron en calles y parques su repudio a la indiferencia del Presidente Daniel Ortega, frente al gigantesco incendio que avanzaba en los bosques de la “Reserva Biológica Indio Maíz”, que estaba dejando un saldo de muerte y destrucción de su rica flora y fauna protegida en más de 6.000 ha de un hábitat formidable reconocido mundialmente, jamás imaginaron lo que sería la respuesta atroz del régimen entronizado en Nicaragua.

Los muchachos tenían la necesidad de manifestar su impotencia ante ese crimen y su deber de levantar su voz. Indignación que, como el fuego en la reserva biológica, se extendió inevitablemente al campo social, al percatarse la población miserable que los gobernantes y sus socios del gran capital nica se habían confabulado para desangrar aún más al descuidado sistema de seguridad social, con medidas fiscales que afectaba a cotizantes, a pequeños empleadores y a pensionados, que se unieron hombro con hombro a los más jóvenes cinco días después. Sus voces vibraron hasta el cielo en Managua, León y Matagalpa, donde paradójicamente, años gloriosos antes habían caído miles de mártires en la lucha contra los sátrapas del somocismo.

Para apagar las protestas, Daniel Ortega, el mismo que combina un discurso «antiimperialista» de corte demagógico y populista, con el ejercicio de un sistema de «capitalismo salvaje», ordenó fríamente la ejecución de una brutal represión. Una decena de jovencitos fueron abatidos en las primeras horas, y conforme pasaban los días, ocultos bajo el muy conveniente toque de queda, los allanamientos, las detenciones arbitrarias y los asesinatos a sangre fría, fueron creciendo más y más. El bien merecido mote de «asesino vitalicio» que se le colgó al sanguinario dictador chileno Augusto Pinochet cuatro décadas atrás, le cayó como anillo al dedo a este otro asesino. Fueron 100, 200, 300, 400, 500… y más, los hijos de las familias del tugurio, principalmente, los que se sumaban a los que desaparecían de las barriadas y nunca más se sabría de ellos pues los milicos se cuidaban de no identificar los cadáveres.  Todavía parece escucharse la indecente bota militar que resonara en las calles adoquinadas y las callejuelas de tierra, de los asentamientos paupérrimos que una vez fueron bastiones heroicos de la guerra librada por el ahora usurpado Frente Sandinista de Liberación Nacional pasado a la historia. De ese FSLN que Ortega y su esposa vicepresidente Rosario Murillo usan como fetiche de conveniencia, según sean las circunstancias.

Aunque había quienes soñaban que ese intento de rebelión juvenil presagiaba la caída de la dictadura, otros, desde entonces, diferíamos y lamentábamos muchísimo las muertes que creíamos en vano, de tantos muchachos que levantaban sus puños como «armas» frente a las ametralladoras automáticas y tanquetas del gobierno del Ortega. De ese que tanto usurpa los poderes constitucionales de la República de Nicaragua, como también la memoria de César Augusto Sandino.

Y para que el pueblo nicaragüense que había creído alcanzar la anhelada libertad finalizada la sacrificada lucha contra Somoza, no tuviera duda alguna de la clase de sátrapa en que se convirtió aquel guerrillero que alguna vez les juró sacrificarse por él, se sucedieron otros hechos que reafirman la clase de tipo que les gobierna. Hace tan solo un año (entre junio y julio) sus hordas allanaron domicilios y apresaron a siete aspirantes presidenciales, acusándolos de “atentar contra la sociedad nicaragüense y los derechos del pueblo”.

Muestra inequívoca de que para Ortega y sus socios empresarios-políticos, son mitológicas la paz, la libertad y la democracia. Preceptos que, paradójicamente, constituyen (además del desarrollo que algunos colocan en el más alto pedestal) la base de la integración de Centroamérica promovida por el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA).   Ahora resulta que, ante esa falsa pose de unidad regional, importa más el acuerdo de unos cancilleres para premiar, honrar, homenajear a Daniel Ortega, apoyando a su candidato para ocupar la Presidencia del SICA.

Atrás, ocultos, invisibilizados, quedaron los jovencitos mártires del 2018. Los que no deben ser obstáculos para los objetivos empresariales de Costa Rica y Nicaragua. Importa un pito la sangre derramada y el dolor de cientos de madres y demás familiares, que por levantar su voz en contra de la injusticia y en defensa de los que menos tienen, fueron torturados y asesinados cobardemente. Ese criterio que ahora se impone en nuestras relaciones exteriores, es insostenible, vergonzoso, cruel. A tiempo estamos de corregir ese gravísimo error; la Patria nuestra no debe ser mancillada. La memoria de los asesinados merece respeto.

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