Gabriel González-Vega: “El capital”, de Costa Gavras -el rostro de la codicia-

Costa Gavras probablemente sea el realizador cinematográfico más brillante directamente comprometido con la justicia y la verdad

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Gabriel González-Vega, Académico y cineasta.

“La gente cree que el dinero es una herramienta, pero se equivocan, el dinero es el amo. Cuanto mejor le sirvas, mejor te tratará.
“El capital”

 Casi nonagenario, fiel a sus convicciones, este Quijote del cine, tan laureado (Cannes, Berlín, Hollywood) como denostado, sigue abriendo las fosas donde los cómplices de la hidra del poder entierran las mayores atrocidades de la historia reciente.

Ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, esta producción francesa de 2 015 expone las maniobras y las sinrazones de los actuales amos del mundo, esclavos y dueños del dinero al que se le rinde culto en el planeta globalizado y estropeado. Enfermo, desde antes del Covid-19, de autofagia, con nuestra especie destruyéndolo en este devastadorAntropoceno, y de inequidad, un cáncer incontenible.

Ducho en la producción, capaz de siempre sumar a sus proyectos intérpretes de primera, Costa Gavras probablemente sea el realizador cinematográfico más brillante directamente comprometido con la justicia y la verdad. Tan incisivo como valeroso, tan independiente como eficaz. Su amplia y diversa obra, elaborada con gran destreza técnica y estética, ha revelado los acontecimeintos más significativos y bochornosos de la última centuria con enorme agudeza y de manera implacable. Una tras otra le ha arrancado la máscara a los rostros de la injusticia y el abuso, desafiando los mayores poderes de la historia. Aún no he visto su último filme, “Adults In The Room” (2 019), sobre la desgastante lucha de Grecia con la Troika (Comisión Europea, BCE y FMI), que es muy cercano en su argumento a éste que recomiendo y el primero que filma en su país de origen, ya que “Z” la produjeron en Argelia y a nombre de este país fue la ganadora del Óscar al Mejor filme en lengua no inglesa.

Con el título del legendario y enjundioso analisis de Marx del capitalismo, revela, de manera muy didáctica, cómo opera el capital financiero, que ha desplazado al industrial del pináculo del poder, y como crece la desigualdad en la triple explotación del ciudadano: empleado, cliente y consumidor; ahora subrayada por la pandemia. Bien fundamentado, el libreto colectivo se guía por la ambición ilimitada de un joven arribista ebrio de poder pero que, a diferencia del Lobo de Wall Street (de Scorsese), guarda las apariencias. Su soledad, su cinismo matizado por arrebatos ficticios de decencia, y su creciente pobreza espiritual, iluminan el camino al despeñadero de un mundo vacío de sentido, en el que la máxima producción y consumo devora todo y la riqueza se concentra con obscenidad demencial. Un mundo donde homo homini lupus (Plauto/Hobbes), como en su filme “La corporación”/”Arcadia”  (“Le couperet¨, 2 004), genial retrato de un ejecutivo al que el desempleo torna asesino, como si fuera un oscuro personaje de Fassbinder. Un filme que rima bien con el asesinato de la familia Dupont, presumibemente, cometido por el padre, Xavier, en Nantes en el 2 011, por motivos similares (caso que Netflix incluye en su serie de seis “Misterios sin resolver”).

Con toques de Ozon y Chabrol, dicen los expertos, es ejemplar cómo el proceso de sometimiento al poder del dinero del impávido protagonista (Gad Elmaleh) se revela tanto en su trabajo como ejecutivo del capital financiero, como en su matrimonio con una bella profesional atrapada en ese entorno. Que hace inevitable el adulterio del macho y la prostitución de la exitosa modelo que también depende del patriarcado dominante. La mujer es vista como objeto y símbolo de status en ese mundo de mercancías donde lo que impera es el valor de cambio (Smith). Tan improductivo él, en términos reales, en uno como en el otro. Ni trabaja -solo trasiega- ni ama -solo (ab)usa. Enfocado el financista en un constante juego de apariencias, un laberinto de mentiras, donde para él lo único inmoral es no ganar. Ganar no para gozar, ganar por ganar, como enajenación (Marx) de su ser en tener (Fromm). Una loca carrera a ninguna parte como la de la primera escena de la punzante “Somewhere” de Sofia Coppola. Sus excesos aparentan no serlo, el frío, despiadado pero elegante ejecutivo es figura opuesta a la escandalosa de Jordan Belfort (peronaje real interpretado por Leonardo di Caprio) en la sátira de Scorsese. Más cercano, y más cínico quizá que el ficticio Gordon Gecko (interpretado por Michael Douglas en “Wall Street” (I y II) de Oliver Stone. Mas su ciega ambición, su vaciamiento espiritual y su obsesión por el éxito a cualquier precio y sin ningún escrúpulo, son los mismos. En el camino quedan las innumerables víctimas -las que sí trabajan en el sentido marxista del término- de una disposicón que Fromm llamaría necrófila. Pese a su papel central y poderío, ambos son peones ilusos de un sistema intrínsecamente corrupto. Un mecanismo depredador que la especie viene armando colectivamente a partir de nuestros instintos y razón (nature and nurture), pero que como en la filosa “El cubo” (de Vincenzo Natali), no tiene un mando central. Esa crítica, que desnuda la futilidad de los mandamases y demuestra el daño que hacen a los demás, de forma muy evidente -alguien dice que manida- el filme se complementa ahora con la pandemia, esta primera del siglo, resultado de arrasar con la naturaleza para una máxima producción y consumo que devienen demenciales, y una concentración de riqueza tan obscena como inútil. A los virus los sacamos los humanos de su hábitat, el que cegados por el afán de lucro destruimos, como en “Epidemia” (de Petersen), y de hecho los lanzamos a las urbes hacinadas como un flagelo suicida. La explosión de pandemias apenas comienza.

Obras como esta amarga lección de Costa Gavras nos ayudan, en una época no solo de “sobreinformación infrainformativa”, como decía mordazmente Buñuel, sino de fake news desatadas, a discernir y comprender el mundo, requisito indispensable para poder actuar; para cambiar de rumbo, para respetar la naturaleza y a nosotros mismos, aunque ya podría ser muy tarde; quizá “La última hora” (de Di Caprio) sea irreversible. La educación es lo que queda en el fondo de la Caja de Pandora.

Durante décadas el testimonio del cine ha sido mi canal preferido para indagar en la condición humana y sus circunstancias. Miles de ventanas cuyos formatos cambian constantemente gracias a la tecnología. Ya no dependemos de las salas, tristemente cerradas –aunque la pantalla de plata siga siendo mi favorita-, ni hay que hurgar en las bodegas de las distribuidoras para rescatar joyas como hacíamos aquí en los 70, 80 y 90 con el Cine Club Diálogo. Ahora basta con acceder a la red para disfrutar y aprender con el 7º arte. No desaprovechemos esta posibilidad.

Por eso el crítico de cine puede recomendar no solo el elusivo estreno en cartelera -donde a veces privaba el absurdo de ofrecer el entretenimiento “Los Vengadores” en 53 salas y la formidable “Leviatán” (del ruso Zviagintsev) en solo 1-, sino en Internet. Recomendación necesaria para ayudar a descubrir la flor oculta en el barrial.

Compatriota de mis admirados existencialistas Camus (también argelino) y Sartre, Constantino Gavras, hombre sereno, agradable y tenaz, lúcido como pocos, que escuché cautivado en Versalles (durante la Cumbre cultural mundial) y en Viña del Mar (donde fui jurado de cortos y coproductor en competencia con “Password/Una mirada en la oscuridad”), significa mucho para mí y para muchos otros que también lo admiran y se inspiran en su trayectoria. Su lapidaria Z (en griego clásico, Él vive) nos despertó, muy jóvenes, en 1968, una conciencia política irrenunciable con un vibrante thriller que acusa a la dictadura militar griega, obra necesaria para entender las crisis recientes de esa cuna civilizatoria que tanto aprecio. Como en Colombia (Gaitán) y Méjico (Colosio), un magnicidio (Lambrakis), cambió el curso de la historia. Con La confesión, Costa Gavras iluminó el horror estalinista que exponen los aterradores museos dedicados al dominio soviético en Praga, Budapest y Varsovia, y supimos, aún adolescentes, que era un artista sin ataduras; uno de los nuestros, pensamos; de los pocos sin dueño, de los fieles a sus valores; un verdadero humanista. Su Estado de sitio emplazó las dictaduras de seguridad nacional latinoamercanas, con el imperialismo estadounidense en su apogeo. ¿Cómo la verá ahora, por cierto, el admirable Pepe Mujica, protagonista de esas luchas? Y la demencia autoritaria, con soldados acribillando un caballo desbocado en las alamedas de Santiago que Allende soñó para el hombre nuevo, reveló el paroxismo necrófilo de la dictadura de Pinochet en su “Desaparecido”, que estrenamos en el Cine Magaly en un cine foro con don Beto Cañas (el sagaz columnista de cine OM), filme que recorrió el mundo como un fantasma shakesperiano, reclamando el crimen del golpe de estado y su horrenda carnicería posterior.

El colaboracionismo francés (“Sección especial) y húngaro (“La caja de música”); el confllcto judío palestino (Hanna K); el profundo racismo estadounidense de sus vastas zonas rurales -tan lacerante hoy- (“El sendero de la traición”); el oportunismo de la prensa -cada vez peor- (“Mad City); la simpatía nazi del Vaticano de Pío XII (Amén”); la migración del sur como la suya propia, exilado político en París (“Edén al oeste)… Costa Gavras no cesa de pensar y denunciar, con un modesto optimismo que reivindica al individuo que no se rinde en este asfixiante (Un) mundo feliz (Huxley), en esta inicua Granja animal (Orwell). Ahora que en Costa Rica el tema de la usura mostró el verdadero rostro del Dorian Gray bancario, cuando el gobierno -cercado por el empresariado más rapaz- se niega sistemáticamente a gravar al capital financiero, que con la ley que tímidamente regula el agiotismo ya sacó las uñas, y siguen el Ejecutivo y el Legislativo asfixiando a la clase media, conviene apreciar su discurso crítico. Los invito a recorrer su obra, realizada entre 1 965 y 2019, y a lo mejor, como con el californiano Clint Estwood, otro anciano extraordinario, aún falta más.

 

 


Gabriel González-Vega
Estudió derecho, fue Director del Centro de Cine del Ministerio de Cultura, ha sido Académico y cineasta y escribe para diversos medios.

 

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