Gato por liebre

Un sistema debe ser eminentemente participativo, para que sea auténticamente democrático

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

No cabe duda que, para algunos, la política sigue siendo el arte de impedirle al ciudadano que participe en los asuntos que más le conciernen, es decir, en la política que es lo que rige todo. Para ellos, la democracia no consiste en que el pueblo sea auténticamente representado, sino en que los políticos escojan al pueblo. Pero a veces aplican tanta imaginación y tanto empeño tratando de convencernos, que hasta se imaginan que nos han convencido. Decía Burke que «todo lo que los malos necesitan para triunfar, es que los buenos no se entremetas».

Tengo para mí que los hombres, de acuerdo a su escala de valores, tratan de alcanzar ciertos fines, utilizando diversos medios. Esa afinidad de metas los induce a aunar fuerzas y a asociarse organizadamente en partidos políticos. Estos, por lo tanto, deben ser el reflejo de la opinión pública y la caja de resonancia de las diversas fuerzas sociales, de acuerdo a los principios de participación y representatividad democrática.

El número de partidos que participan en la palestra depende, a su vez, de la concomitancia de diversos factores -económicos, sociales, tecnológicos, demográficos, étnicos, históricos e ideológicos – que le confieren una fisonomía distinta a cada país, a cada régimen, y que se modifica simultáneamente con el proceso dinámico de transformación.

La multiplicidad de partidos políticos está condicionada, por lo tanto, por la naturaleza de los conflictos sociales, por la pugna de intereses sectoriales, por el grado de desarrollo tecnológico, por el nivel de bienestar, por el estilo de vida, por el desarrollo cultural, por la repartición de la población activa, por la constitución étnica, así como por el legado histórico, las representaciones colectivas y los postulados ideológicos que proliferan como manifestación de aspiraciones.

Existe, además, un elemento adicional que fue destacado por el profesor Maurice Duverger y cuya incidencia es importante: el sistema de escrutinio electoral. El pudo demostrar que el escrutinio con una sola votación favorece un régimen de dos partidos, pues obliga al electorado a polarizarse, ya que tiende a eliminar brutalmente a los movimientos políticos más débiles. A su vez, un sistema mayoritario con segundas elecciones, provoca la proliferación de agrupaciones en la primera votación, pero obliga a coligarse en la segunda consulta, por lo que conduce a un bipartidismo de coalición al final del proceso. Un régimen de representación proporcional, por su parte, facilita la multiplicidad de partidos y es la más democrática, pues le asegura a cada movimiento una representación parlamentaria proporcional a su caudal electoral y no impide el desarrollo de partidos nuevos. Existe, además el sistema de partido único que prevalece en los regímenes totalitarios y dictatoriales, lo que demuestra, por otra parte, que la disminución del número de partidos no constituye, precisamente, una garantía de democracia.

Además, una distinción simplista entre ‘bipartidismo’ y ‘multipartidismo’ resulta superficial y desorientadora. Un sistema de bipartidismo flexible, como el que opera en los Estados Unidos, en el que cada agrupación no es más que la yuxtaposición de tendencias ideológicas y regionales dispares y en el que cada legislador vota de acuerdo a su conciencia, se acerca más al sistema multipartidista que al régimen rígido de dos partidos, como el de Gran Bretaña, en el cual rige, no sólo la coherencia doctrinaria, sino una disciplina férrea en el recinto parlamentario.

Un sistema debe ser eminentemente participativo, para que sea auténticamente democrático. No sólo debe permitir, sino también brindar, la oportunidad y facilitar la cristalización y organización de partidos políticos para que sea verdaderamente participativa.

Pretender que un sistema bipartidista, aunque sea incoherente e indisciplinario, representa el ‘summum’ democrático, imponiéndole una alternativa hamletiana, sin mayor opción que un ser o no ser, equivale a colocar a la ciudadanía en un lecho de Procusto, quien amputaba o estiraba las extremidades a sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño del mismo.

Resulta suicida, además de indecoroso, tratar de petrificar un sistema político fosilizándolo con dos partidos que se anquilosan y que se perpetúan mutuamente, mediante concesiones recíprocas que les permita sobrevivir y la aplicación de abortivos institucionales, que impidan el nacimiento libre y espontáneo de otros movimientos que sean reflejo auténtico de la voluntad popular, porque la democracia se desnaturaliza y se convierte en un simulacro grotesco y en un proceso estrictamente ritual.

Cuando se legisla para conferirse mutua y alternativamente alguna patente de corso, cuando el organismo electoral está al servicio y en función de perpetuar un bipartidismo fosilizado a base de mecanismos como el pago adelantado de la deuda política, cuando el fraude es legitimado por el sumo pontífice de la institución que debe velar por la pureza del sufragio, cuando las campañas se financian con fondos de muy tenebrosa procedencia, el régimen republicano se convierte, como ciertas obras operáticas, en una democracia bufa.

La apología de un régimen que tiende a convertirse en un ritual democrático puede conducir a la gloria literaria, con un poco menos de cursilería y un poco más de imaginación. Después de todo, también en Macondo la diferencia entre los liberales y los conservadores – nos afirma su autor – es que unos van a la misa a las cuatro y los otros a las seis.

 

 

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