Emilio Gerardo Obando Cairol, Genealogista

La Historia se forja con la elaboración que de ella han hecho y hacen historiadores por profesión o vocación, que se interesan en abordar temas, situaciones, épocas, y tratarlos, con enfoques objetivos y criterios subjetivos, de tal manera que algunos de sus personajes serán conocidos por el lector según el interés que tengan en ellos sus autores, y otros quedarán omitidos o bien citados marginalmente.

Los genealogistas, distinto al historiador, tenemos arraigada la pasión por enfatizar la presencia de las personas y ubicarlas en su contexto histórico y social, rescatarla de su olvido o por qué no, resucitarlas, para que de ellos se conozca, con más profundidad que aún su propia familia lo sabe, el rol significativo que pudo haber tenido en el desarrollo de eventos políticos, sociales o gremiales que se produjeron en diferentes momentos de la historia nacional, regional o local.

Hasta el último tercio del siglo XX, el campo de la Historia en nuestro país estuvo, mayormente delineado, por el análisis de acontecimientos enmarcados en los períodos de gestión de nuestros gobernantes.  La historia social, en lo que concierne al análisis de las luchas reivindicativas del sector obrero-urbano, apenas dio sus primeros pasos cuando Vladimir De la Cruz aportó su obra pionera “las luchas sociales en Costa Rica” (1980), seguida por “Artesanos y obreros costarricenses, 1880-1914” (1985), de Mario Oliva. Carlos Luis Fallas, Carlos Luis Sáenz y Carmen Lyra (María Isabel Carvajal) son más más reconocidos por su obra literaria, que por su participación en actividades obreras y políticas.

Este libro es un grato esfuerzo por recuperar del olvido un personaje excepcional, un hombre polifacético, testigo de dos siglos, que nació y se formó, principalmente, de manera autodidacta, hasta llegar a catalogársele como un obrero intelectual.

Gerardo Matamoros Acosta, con apenas 23 años, inició sus andares políticos con los sucesos políticos del año 1889, año en que también se dio a conocer como escritor en los periódicos de la época. Pero también, año en que principió su rol protagónico en la formación de la clase obrero-urbana de Costa Rica, con la creación de sociedades obreras primigenias como la Sociedad de Artesanos de San José, la Sociedad de Artes y Oficios y la Liga de Obreros de Costa Rica, ésta última la primera entidad obrera que traspasó los umbrales del Valle Central, para estimular a los obreros a que fundarán filiales en los cantones y distritos de la Costa Rica rural.

Pero Matamoros también fue un “Homus politicus”, evidentemente entendido como un ser consciente que valora y participa moralmente de las decisiones de su ser y las de su comunidad. Estuvo cerca de algunos gobiernos, pero sin manchar sus manos ni someter su personalidad digna. De una sola pasta: vertical siempre. Activista político desde 1889, llegó a ser diputado en 1920, para luchar por la defensa de la clase obrera. Porque, en sus palabras, “yo nací rebelde y sigo siéndolo, bajo la arraigada convicción de que llegaré al fondo de la tumba sin que una sola claudicación se haya engarzado en la trayectoria de mi vida.”

Sus afanes obreros y políticos se complementaron con la impecable dirección de la Imprenta Nacional durante casi nueve años, en que favoreció el apoyo de esa entidad para la impresión gratuita de publicaciones tan relevantes como Páginas Ilustradas, y la creación y evolución de la Escuela de Tipografía para mujeres, además de tener espacio para ser socio del Ateneo de Costa Rica, una de las primeras asociaciones culturales de nuestro país. Se distinguió también como cofundador de la Prensa Libre, director de El Demócrata y del El Noticiero, calificándosele, por ello, como un destacado periodista de otros tiempos, al que enaltecieron acrisoladas virtudes. En todo momento, sobresalió su entereza y honestidad, y su omnipresente deseo de hacer siempre las cosas bien.

Costa Rica y la clase obrera le deben a Matamoros un espacio relevante en su historia acerca de los movimientos y luchas sociales. Somos ciudadanos de un país admirable en sus logros políticos y sociales, pero con una memoria débil e injusta para reconocer los roles significativos que asumieron algunos de nuestros próceres, y aunque esta palabra se aplica mayormente a quienes destacaron en la conducción política del país, Matamoros, para este autor, fue un prócer, una persona de alta calidad o dignidad. Cincuenta años de bregar en su activismo político y social así lo atestiguan.

El autor es Administrados de Negocios.