German Retana: ¡Feliz…coherencia!

Para Gandhi, la felicidad consiste en poner de acuerdo los pensamientos, las palabras y los hechos. La empresa que desee ver en sus miembros ese estado del espíritu que explica la alta productividad debería tomar acción real para eliminar distancias entre esos tres pilares de la coherencia.

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German Retana.

¿De qué manera inspiran la mística, el compromiso y el alto orgullo de pertenencia las organizaciones más exitosas? La respuesta a esta pregunta es de amplio espectro. Sus miembros se percatan, diariamente, de la coherencia interna entre el discurso “filosófico” y la práctica, entre las palabras y la calidad de las decisiones y, especialmente, entre los valores que se pregonan y cómo los aplican los líderes en la interacción con los demás. ¡Autenticidad!

Se promueve el trabajo en equipo, todos los miembros son escuchados con amplitud antes de descartar sus ideas. El debate es abierto e intenso, no hay perdedores a la hora de tomar decisiones; consecuentemente, hay genuino interés en aportar o complementar sugerencias y en compartir una visión que desate la pasión colectiva por un propósito de significado más profundo.

Se aspira al aumento de la productividad, por tanto, los sistemas de medición y de incentivos son consistentes. Los esfuerzos colegiados son premiados en igual forma, con equidad, sin que alguien en particular acumule para sí los frutos del empeño de los demás. Equidad no es igualdad, eso todos lo entienden, la primera engloba la justicia, la lógica y la proporcionalidad.

La honestidad cobra especial énfasis: los colaboradores perciben transparencia en la aplicación de políticas de oportunidades y de beneficios laborales, también en la ejecución de los reglamentos, sin preferencias subjetivas ni de amistad. La medición objetiva crea confianza y los tomadores de decisiones se adhieren a ella. Los líderes honran las reglas y ejemplifican su cumplimiento.

“Si quieres miel, no des puntapiés a la colmena”, advierte Carnegie. En organizaciones coherentes se valoran el talento y las contribuciones pasadas y presentes de sus miembros, pues lo que hoy algunos disfrutan para ensalzar su prestigio costó −y cuesta− sudor y privaciones a predecesores y a contemporáneos. El respeto de hoy enseña a todos como serán tratados en el futuro…

Las declaraciones de servicio al cliente, a la comunidad y al país son respaldadas con entusiasmo porque coinciden con las convicciones éticas de los miembros. Ellos conocen los secretos internos y la veracidad de las intenciones publicitadas y defienden su consistencia. Pueden hablar si notan contradicciones o agendas ocultas. La gente siente amor por su organización si cree en ella.

Un factor que induce a que los colaboradores acrecienten ese sentimiento de afecto hacia la empresa es la gestión imparcial de los gerentes: sin círculos de privilegiados, sin favorecimientos ni compadrazgos. Así se da la sana y leal competencia, se fija la credibilidad en la evaluación, se acepta que la superación y los resultados son el camino para progresar en la empresa.

“Aquí dicen que todos somos iguales, pero hay unos más “iguales” que otros”, afirma alguien con deseos de ver coherencia en los aspectos señalados anteriormente. Algunas organizaciones tendrían problemas si les aplicaran leyes como las de Islandia, serían penadas por no ofrecer las mismas condiciones salariales a mujeres y a hombres que realizan el mismo trabajo.

Para Gandhi, la felicidad consiste en poner de acuerdo los pensamientos, las palabras y los hechos. La empresa que desee ver en sus miembros ese estado del espíritu que explica la alta productividad debería tomar acción real para eliminar distancias entre esos tres pilares de la coherencia.


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