German Retana: Organizaciones con propósito… auténtico

La tarea diaria de lograr que en un ideal converjan pensamientos, energías y voluntades es de todos los miembros, pero son los dirigentes quienes deben revestirlo de autenticidad. Y para que su discurso cale hondo deben ser consecuentes, también, propiciar el desarrollo integral de su personal; así, alineados por esfuerzos supremos, vencerán crisis y concretarán ideales.

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German Retana.

Es posible que el factor de motivación laboral más potente sea la convicción que se tenga respecto a la validez y trascendencia de los propósitos de la empresa para la que se labora. Uno de índole superior le da significado al esfuerzo individual de sus miembros, la persona percibe que genera una acción de alto impacto en su comunidad y, por consiguiente, ni los desafíos ni los reveses cotidianos la detienen. ¿Sabe usted cuál es, realmente, el propósito de su organización?

Los escritores Robert E. Quinn y Anjan V. Thakor opinan que uno auténtico ha de ser aspiracional y forjador de un quehacer colectivo con sentido. Además, inspira a que la dedicación, la creatividad y las millas extras de trabajo sostenido se conviertan en los pilares de quienes lo ejecutan. Saber que su aporte mejora la vida de una comunidad o de un país conduce a que quienes comparten una aspiración vean incrementado el espíritu y el vínculo que los une.

En contraposición con lo expuesto, la autenticidad se diluye cuando lo que se dice no es lo que se siente ni lo que se actúa. Los cimientos son, poco a poco, carcomidos por la hipocresía y por el cinismo. Ante ello, una profunda decepción causa que algunos callen, abandonen el barco o busquen otros medios de mantener izada su altruista bandera. Y si bien “afuera” los intereses reales y el abuso de la buena fe de los clientes son disimulados mediante un arsenal de publicidad, “adentro” no habrá discurso que disfrace ni maquille la realidad percibida.

Si una empresa pierde de vista su finalidad superior, perderá también la cohesión interna y la voluntad de ir por mejores resultados. Sus líderes se convierten en meros jefes, gestionan metas personales o de grupo y premian la sumisión. Los demás cuidan su trabajo: nace la cultura del miedo… Ya no es posible innovar, aprender, asumir riesgos ni realizar aportaciones excepcionales

Para Quinn y Thakor, una aspiración trascendental y auténticamente perseguida le da significado y dirección a la estrategia. Al mismo tiempo, orienta las decisiones y cataliza la cooperación, el aprendizaje y los resultados. La pertenencia es un orgullo en empresas que han desarrollado una cultura del propósito, en estas los clientes se sienten inspirados y alineados con sus valores.

Cuanto más pregone una organización sus bondades, más deberá regirse por la coherencia; no alimentarse con autoaplausos, sino con sana autocrítica. Sobre todo, porque los desvíos de rumbo suelen ser sutiles, solapados y crecientes, máxime si sus jefes han acallado las voces de los que advierten que algo ya no tiene sentido y que el rumbo inicial ha cambiado.

La tarea diaria de lograr que en un ideal converjan pensamientos, energías y voluntades es de todos los miembros, pero son los dirigentes quienes deben revestirlo de autenticidad. Y para que su discurso cale hondo deben ser consecuentes, también, propiciar el desarrollo integral de su personal; así, alineados por esfuerzos supremos, vencerán crisis y concretarán ideales.

Cuando el propósito superior pierde valor o vigencia, la empresa se resquebraja. Sus áreas crean uno propio y las relaciones entre ellas son forzadas, superficiales y defensivas, advertencia inequívoca de que ha llegado el momento de replantear, con autenticidad, su razón de existir.

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El autor es Consultor desarrollo gerencial Profesor Emérito INCAE Business School.

 

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