German Retana.

Haga la prueba, concrete un pequeño pero significativo cambio de actitud hacia los miembros de su equipo y notará cambios de parte de ellos hacia usted. ¿Parece simple e inverosímil? Sí, pero funciona un 90% de las veces. Nada cambia hasta que alguien cambia. Hay equipos que se traban y se complican por la acción o inacción de una sola persona: ¡una sola! ¿Le resulta familiar esto?

La falta de autoanálisis impide tomar conciencia del efecto que tiene nuestro lenguaje en los demás. «Cuida tus palabras y ellas cuidarán de ti», asegura Luis Castellanos. El empleo de palabras negativas al retroalimentar, por ejemplo, incrementa exponencialmente la conducta errada y la frustración del equipo, que no ve reflejado en la manera como se corrige un valor que se profesa.

Una persona que suele criticar a sus compañeros y los expone desnudando públicamente sus errores dejará de ser escuchada por ellos. Otra sería la situación si, en lugar de eso, les preguntara cómo los puede ayudar, pues, incluso si al inicio se mostraran recelosos, le recibirían los aportes.

Si alguien con «poder» desiste de presumir que siempre tiene la razón, puede, cuando menos, considerar a fondo los argumentos de sus colegas o colaboradores. En tal caso, a lo mejor ocurriría el «milagro» y reconocería que tenía «una» razón, pero no toda la razón. Escuchar es ˈverˈ al otro.

«Cuando se encuentre en un agujero, deje de cavar», reza el refrán. No se engañe. Lo hechos hablan: indican que es su conducta, y no la alguien más, la que debe corregir. ¿Puede por lo menos pensar en esa posibilidad? Sus colegas apoyarán su esfuerzo por cambiar, ¿lo puede intentar?

«Si no dejo atrás el rencor, no habré salido de la cárcel», reflexionaba Mandela. El rencor deteriora las relaciones laborales y personales. Los injustos existen, pero los inteligentes también. Son quienes caminan al lado del ofensor, trascienden lo vivido, perdonan y continúan avanzando. «Con el puño cerrado, no se puede intercambiar un apretón de manos», recalcaba Indira Gandhi.

Pero la tolerancia no es ilimitada. Cuando un jefe no corrige la conducta de un colaborador, que por inadecuada y recurrente afecta a todos, envía un mensaje claro: «se vale transgredir la regla». Quienes ya veían con decepción que el actuar nocivo de su compañero no cambiaría, ahora, además, comprueban que el del jefe tampoco. ¡Se hallan ˈa una decisiónˈ de cambiar el rumbo!

Debemos tomar conciencia de que cada palabra —pronunciada o escrita— suma o resta, sea quien fuere nuestro interlocutor. Si las guía el respeto, se construye con ellas el lenguaje de la sabiduría. El respeto acerca y une; el ego aleja y separa. Lo inconcebible es que unos pocos infractores afecten a la mayoría, y lo es aún más que alguno sea parte del equipo gerencial líder.

Si la persona trabaja en la gestión de sí misma, si consigue ajustar tan solo un par de actitudes, influirá positivamente en su entorno, ni gestará batallas de egos ni librará luchas sin sentido. El fuego no se apaga con fuego. La buena noticia: nadie es 100% rígido. Todos podemos mejorar, aunque sea un «poquito». Así que, pregúntese qué puede usted cambiar para que otros cambien.

German Retana

Por German Retana

El autor es Consultor del programas de gerencia con liderazgo, desarrollo organizacional hacia el alto desempeño, coaching a equipos de alta gerencia del INCAE Business School, institución académica de la cual es Profesor Emérito.