German Retana.

Quizá sea la afirmación más escuchada en el ámbito organizacional. Pero ¿qué tan acertada será? Comunicación es una palabra que tiene su origen en communicatio y communicāre, del latín, que se traducen como compartir, poner en común, participado entre varios, causa mutua. Eso nos da una pista: ¿será que el «problema» de fondo estriba en cómo compartimos? ¿Es posible mejorar?

Concretamente, lo que los miembros de un equipo hacen es compartir ideas, intenciones, planes, propuestas y otros. O sea, los impulsa la intención de construir y compartir un mejor nivel de desempeño. Ahora bien, si esta finalidad es ética y positiva, ¿por qué se desdibuja en el camino?

«Compartimos» bien si para todas las partes es diáfano y correcto el propósito de influenciar (del francés influencer) voluntades para así conseguir resultados reales. Las cosas se complican cuando ese propósito no significa lo mismo para todos, cuando tropiezan las agendas ocultas.

De ahí que el primer cimiento de una excelente communicatio es que el propósito superior sea más que los objetivos individuales. Aquí nace el enfoque, la visión global de lo esperado, la pasión por ser parte activa de la construcción de un resultado. Hasta en las interacciones más cotidianas —consciente o inconscientemente— es común hallar la pretensión de lograr algo junto con otros.

La manipulación, las triquiñuelas por debajo de la mesa, los conflictos y el engaño germinan en intenciones contrapuestas, en fines cuyo disfraz tarde o temprano se cae.

Realidad alejada de un equipo sólido, que ve en la aspiración de un resultado ético la ruta para resolver sus diferencias.

El segundo pilar es la conexión. Una profunda compenetración que se nutre de la integridad, los valores y la confianza. La comunicación efectiva aflora en una mirada apreciativa de las otras personas: más allá de sus roles, cuentan sus vivencias, intereses y perspectivas. Sentirse comprendido por los colegas y jefes aviva la voluntad de entenderlos también, de caminar juntos.

Esa conexión implica la «autoobservación» de la noción que se tiene de los otros, por si eso metiera ruido en la relación. Tomar conciencia de factores mutuos y del entorno que influyen en nuestro modo de «compartir». La palabra es un elemento básico de la comunicación, pero, para autorregularnos en la interacción, hay que atender todo lo que viaje por nuestros cinco sentidos.

Al enfoque en la claridad del resultado deseado, a la conexión o compenetración para avanzar, a la autoobservación y toma de conciencia del contexto usando todos los sentidos debemos agregar otro pilar, característico de los grandes comunicadores: la flexibilidad. Si communicatio o communicāre invitan a «compartir», la imposición no cabe en un equipo o vínculo personal.

¿Ha notado que una persona con poder e influencia natural discrimina en qué momento convenir, flexibilizar y adaptar sus intereses? Se enfoca en el resultado que desea, se percata de la postura de su contraparte y responde con sabiduría. Sabe que, al final, todo eso juega un rol decisivo en el logro del propósito común. ¿Qué tal si nos esforzamos en mejorar la forma en que compartimos, en lugar de atribuirle todo a los mal llamados «problemas de comunicación»?