Gloria Bejarano Almada.

Mamá Grande, como mi abuela quería la llamara, ¡nunca abuela!  Ese nombre le parecía ajeno frio, ser mamá era lo suyo y “Mamá Chachi”, nos protegía, nos sentaba horas a escuchar las historias de nuestros antepasados y como mi abuelo el General Almada había luchado en la Revolución Mexicana.  Se enorgullecía de su valor, de su entrega y amor por México… Su casa, allá en Avenida Chapultepec 494, era nuestra casa, donde en medio de travesuras, relatos y enseñanzas crecimos mis hermanos y yo… y Rafael Angel quien desde siempre estuvo en mi vida.

La casa, construida allá por los años 1930, contaba con espacios que para una niña eran mágicos, diferentes a los de las casas de mis amigas como una biblioteca enorme en la que mi abuelo había logrado integrar sus libros, con sus memorias, reconocimientos, su mesa de pool y una enorme colección de armas que por supuesto teníamos prohibido tocar.  Las había de todo tipo, desde unas pequeñas de tres tiros, revólveres, escuadras, ametralladoras, sables, rifles de todo tipo, pero el más interesante era aquel fabricado con un tubo, un pedazo de madera, un clavo que detonaba la bala cuando el resorte era liberado. Esta arma me contaba él, eran fabricadas por los revolucionarios y por supuesto eran sumamente peligrosas.

Ahí no se nos permitía entrar solos, tenía que estar un adulto, podíamos jugar billar y por supuesto leer…aún recuerdo un maravilloso libro de las costumbres del universo en las que pude observar por primera vez, a través de fotos en blanco y negro, los rostros marcados de los africanos, las tiendas de los beduinos, la gran muralla china… vestidos, comidas, construcciones todo estaba ahí.

Pero había dos espacios donde “las niñas de la casa no podían entrar” la cocina y el cuanto de planchado… eran demasiado peligrosos para nosotras de acuerdo con “Chachi”, quien estaba convencida que una travesura nos podía producir una quemadura… si podíamos tocar las armas … pero no hervir agua…  ¡extraño!   El punto es que solo cuando ella hacía el pavo navideño, el postre de gelatina o alguna otra delicia, podíamos acompañarla…así pasaron los años y por supuesto nunca aprendí hacer nada,

Un día tomé la decisión más importante de mi vida y me comprometí con Rafael Angel, a quien mis padres y mi familia querían como un hijo mas en la casa… en menos de 6 meses yo estaría viviendo en Costa Rica, país al que solo conocía por todo aquello que había escuchado en la casa de los Calderón y lo que había podido rebuscar en los libros… ¡no había internet!

Lo primero que hizo mi abuela fue abrazarme, besarme y paso seguido me preguntó ¿Cómo te vas a casar si no sabes cocinar? ¿Cómo te vas a ir tan lejos si no conoces cómo llevar una casa?    Tenía toda la razón… era una niña chineada, por ella y por mis padres, a quien no le habían dado la oportunidad de aprender las labores básicas de supervivencia…. Tenía 19 años y solo acaté a decirle que tendría que aprender rápidamente.

De inmediato mi mamá se puso en contacto con su mejora amiga, mi madrina, para que me diera clases de cocina. Mi tía Alicia era una excelente chef que se había formado en París, ¿quién mejor que ella para enseñarme a cocinar? A partir de ese momento comencé a hacer deliciosos platillos propios para una elegante cena… todo bien, solo hubo una falla, para preparar las crepas de pollo y ganar tiempo en la clase… yo llevaba de casa el pollo ya cocinado por las muchachas, el arroz iba listo y solo lo sofreía con las almendras, las carnes llegaban ya condimentadas… en realidad aprendí a armar platos muy sofisticados pero creo que mi tía nunca imaginó mi grado de ignorancia en la preparación de la comida básica de un hogar.

Al llegar a Costa Rica, me esperaba una magnifica muchacha que me siguió chineando por muchos años y con su ayuda me aventuré a entrar a la cocina, pero la verdad es que no puse mayor atención: freír huevos, hacer panqueques los domingos, servir cereal, hacer papillas para el bebe y quesadillas para cenar era todo lo que necesitaba, Rafael Angel por lo general salía a giras y los domingos almorzábamos donde doña Rosarito….para cualquier imprevisto siempre se podía recurrir al “festival de sobros”.

Habrían pasado unos dos años de mi llegada y hasta ese momento no había tenido ningún problema, sabía donde estaba la cocina porque pasaba por ahí para salir y Margarita siempre estaba presta a ayudarme hasta que un día pidió varios días para ir a visitar a su familia…  muy amable me dejó arroz y frijoles en la nevera y le dije que no se preocupara hacer ensalada y cocinar carne, no era nada del otro mundo… lo que yo no contaba era con que Rafael Angel se enfermara y pidiera… ¡sopita de pollo!     ¿! ¿¡A quién se le ocurre pedir sopita de pollo!?

Pensé ir al Auto que me quedaba cerquita a comprar una lata Cambells, pero ya ahí me dije: “no puede ser tan difícil” así que compré un pollo, por dicha ya estaba desplumado si no, no sé que hubiera hecho, lo lavé muy bien quitándoles todos esos horribles pellejos, cosa que nunca había hecho, puse una olla suficientemente grande para que cupiera, la llené de agua y eché el pollo enterito. Así de sencillo.   Esperé unos 45 minutos para que estuviera bien cocido y lo desmenucé, para sorprender a mi marido cuando llegara de la oficina.

Llegó puntual a medio día, yo ya tenía la mesa puesta y de inmediato fui a la cocina tomé un plato sopero calenté el caldo con el pollo y se lo serví con mucho orgullo.   ¡Pobre hombre!!!! Cuando lo probó, por más caballeroso y considerado que ha sido siempre, su cara lo dijo todo, aquello estaba asqueroso… se levantó prudentemente de la mesa hacia el baño y cuando regresó preguntó qué le había puesto al caldo… ¡la respuesta era, simple no le había puesto nada, ni sal, menos perejil, apio, ajo o cebolla!!!!!

Con toda amabilidad me sugirió que le preguntara a la cocinera de mi suegra cómo se hacía un caldo para una próxima vez.   Ese día aprendí varías lecciones.

Primero, consentir a los hijos tiene un límite, uno no puede sobreprotegerlos, los peligros estarán siempre ahí, hay que enseñarles a enfrentarlos y a desarrollar habilidades básicas para la vida diaria, desde tender una cama, lavar su ropa, freír un huevo, cocinar lo más básico.

Segundo, la vida te da oportunidades para aprender, de ti depende aprovecharlas

Tercero, si uno no sabe cómo hacerlo, con humildad hay que preguntar a quien sabe y seguir instrucciones.

Cuarto, valorar el trabajo de los demás por sencillo y simple que este parezca, hay una tendencia a subvalorar las tareas del hogar y dar por sentado que cualquiera las puede realizar.

Ese mismo día, busqué quien me diera clases de cocina, mi suegra me puso en contacto con doña Rosarito Araya, quien fue mi maestra, una linda persona que cocinaba como los ángeles, ella me enseñó a disfrutar de la cocina, aprendí sus secretos, a cocinar platos salados y postres.  Me enseñó a descubrir los productos típicos de Costa Rica y compré los libros de cocina de doña Olga Trejos, el de la tía Florita y otros que me llevaron ha apreciar el arte de cocinar, a disfrutar la gastronomía de cada pueblo y más importante aún hacer una buena sopa de pollo para la familia.

¡Lección aprendida!

 

Por Gloria Bejarano

Ha sido Primera Dama de Costa Rica durante el gobierno del presidente Rafael Calderón Fournier y diputada de la Asamblea Legislativa por el Partido Unidad Social Cristiana para el período 2010-2014.