Gobernar

A la luz de estas consideraciones, cabe preguntar: ¿cuántos auténticos gobernantes ha tenido Costa Rica desde que fuera declarada independiente y soberana? La pregunta es difícil, y nos obliga con ojos críticos y espíritu virgen de prejuicio a revisar la compleja historia patria.

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Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Gobernar es enseñar. Como bien lo dice Platón en su República, el gobernante debe ser, en primer lugar, un solicito pedagogo. Un profesor que enseña no solo a través del discurso, sino ofreciéndose a sí mismo como modelo de excelencia ética ante su pueblo.

Es liderar, esto es, tener la capacidad de crear, por medio del diálogo y de la argumentación inteligente, consensos en tomo a ciertas causas concretas.

Es ejercer el máximo de conciencia y lucidez en un momento histórico dado. Tener ante sí el mapa completo de la realidad política de un país -la partitura del director de orquesta, donde figuran las voces de todos los instrumentos- y empuñar la batuta con autoridad pero sin autoritarismo.

Es tener plena comprensión de las macroestructuras de una cultura pero también de la carpintería y de sus andamiajes ejecutivos. Lo primero sin lo segundo nos da por resultado un soñador o en el mejor de los casos, un ideólogo; lo segundo sin lo primero desemboca en ejecutividad acéfala, en bandazos de buque desprovisto de brújula y sextante.

El sacrificio, entrega, espíritu de servicio, acto supremo de amor. La voluntad de poder de que hablaba Nietzsche debe aqui transformarse en dación, en irradiación pura.

Es aceptar y celebrar la diferencia -cultural, étnica, religiosa- y crear un marco político donde estas vertientes confluyan y se fecunden recíprocamente.

Es unir y concertar: suturar las heridas del pasado y lanzar con mano certera la jabalina hacia los espacios del porvenir.

Es un arte tanto como una ciencia. Convoca toda la intuición, la imaginación y la inteligencia interpersonal del artista con la honestidad y el rigor epistemológico de un científico.

Es delegar funciones, pero nunca delegar responsabilidad. El capitán del barco es responsable hasta de la más insignificante trapacería cometida por el último de sus grumetes.

Es extirpar, firme la mano en el escalpelo, las cancerígenas metástasis de la corrupción, propagándose a través de las instituciones del Estado. Estas no son corruptas per se: las pobres no hacen sino padecer la infección encamada por sus funcionarios. En el mundo no hay más que una criatura capaz de corrupción o de virtud: el ser humano.

A la luz de estas consideraciones, cabe preguntar: ¿cuántos auténticos gobernantes ha tenido Costa Rica desde que fuera declarada independiente y soberana? La pregunta es difícil, y nos obliga con ojos críticos y espíritu virgen de prejuicio a revisar la compleja historia patria. Ahí la dejo de tarea para ustedes.

En La Nación «Tinta Fresca”, noviembre de 2005-

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