¿Cuántos ladrillos tiene su casa? Preguntó impávido el inspector tributario. ¿Cuántos ladrillos tiene mi casa? Debo haber contestado, con voz incrédula, antes de que el inspector, siempre impávido, me advirtiera que, de no presentar en el plazo de tres días hábiles el informe exacto y fidedigno sobre el número de ladrillos que conformaban mi casa, la Dirección Tributaria procedería a tasar mi propiedad con el número máximo de ladrillos permitido en mi zona, y que ¡Usted se atiene a las consecuencias!

¿Y cómo se supone que yo sepa cuántos ladrillos tiene mi casa? ¿Y a quién le importa? …pensé mientras cruzaba la puerta simétrica del cúbico edificio que – lo noté entonces – estaba colocado con precisión milimétrica en el centro del costado derecho del terreno que ocupaba. ¿Número de ladrillos? Era el colmo. Ya sabía yo que nada bueno podía resultar de aquel aviso que había recibido el lunes por la mañana. “Preséntese en las próximas veinticuatro horas a las oficinas registrales de la Dirección Tributaria de la zona 3-B”. Pensé que tal vez me había atrasado en mis cuotas, pero no. Todo parecía en orden. O tal vez habían cambiado las tasas con que calculaban los impuestos. Pero no, por más que pregunté me aseguraron que las tasas eran las mismas que habían sido establecidas, de acuerdo con las más estrictas normas técnicas – ISO nosécuantos – hacía siete años, cuando empezó la reforma. Entonces ¿a qué venía lo de los ladrillos? No pude explicármelo, ni le dediqué mucho tiempo al asunto, la verdad sólo tenía tres días hábiles para descubrir el número exacto de ladrillos…

Me molestó que el Ingeniero González, quien había diseñado mi casa, tomara a burla mi pregunta. ¿Que cuántos ladrillos…? ¿Está loco? Ya no se puede confiar en los profesionales jóvenes, no se toman su trabajo en serio, detalle a detalle. Claro, total a él no tiene por qué preocuparle si mi casa, diez o veinte años después de construida, tiene problemas por falta de ladrillos, o por exceso… ¿a él qué le importa? Y tampoco tiene por qué importarle si me tasan con la cuota máxima. Don Carlos, el viejo maestro de obra, fue más sensato, pero su sentido común tampoco resolvió mi problema. ¿Ladrillos? ¡Un cachimbal! ¿No se acuerda que se nos acabó el primer pedido cuando hubo que extender la pared que daba a la terraza? Y claro, ya me veía yo explicándole al inspector cuántos ladrillos, más o menos, eran un cachimbal. No, nadie parecía poder ayudarme.

El viernes a las nueve y cuarenta y cinco, más o menos, me presenté nuevamente a las oficinas registrales de mi zona, apenas una hora antes de que venciera el estreñido plazo que se me había dado. Me senté en un banco cojo, esperando mi turno. ¡El veinticuatro! Pasé, y lo encontré sentado tras su escritorio burocrático. Me pareció que el inspector estaba de mejor humor que cuando lo vi por primera vez. Al menos ahora me saludó con cierta amabilidad, tal vez con simpatía ante la víctima impotente, o tal vez por ser viernes. ¿Y bien? -dijo. Tranquilo, aunque un poco cansado, metí mis manos lastimadas en el maletín, extraje el cuaderno de resortes en el que traía mis cálculos, lo abrí como para mostrarle la seriedad de mi trabajo, y finalmente me detuve en la última página escrita, donde grandes números en pilot rojo indicaban, seguros de sí mismos, que en mi casa llegaron a vivir, entrelazados, envarillados y encementados, dieciocho mil setecientos cuarenta y tres ladrillos, unos treinta más o treinta menos.

Revisó mis números y, con cuidado, con tinta negra y con la parsimonia de un cura de pueblo, anotó los números en la casilla correspondiente del formulario: LADRILLOS: 18.743. Levantó ligeramente los ojos, apenas como para que se separaran un poco del papel y se elevaran por sobre sus lentes angostos de cuarentón, y dijo ¿Sabe? Todos en la Dirección me aseguraron que esto era un absurdo, que no era posible, que al primer ciudadano que le saliéramos con lo de los ladrillos se nos armaría una bronca, que nos mandaría al carajo, que las quejas llegarían hasta el Ministro, hasta el Presidente mismo, que la Defensoría de los Habitantes lo convertiría en su caballo de batalla, que la prensa nos comería vivos, en fin, que esto y que aquello. Y ya ve, al primer ciudadano que le pedimos la información de los ladrillos… y nos cumple cabal en el plazo exacto. Yo sabía que la idea era buena. Tenía mis dudas, claro, siempre podía haber problemas con los plazos, y hasta algún bochinche podía armarse. Pero no, usted confirmó a la primera que yo tenía razón. Gracias, muchas gracias. Gracias a usted, la reforma sigue adelante.

De regreso, el dolor en las manos comenzó a hacerse insoportable. Me di cuenta de que estaban mucho más lastimadas de lo que, con el apuro de completar los cálculos, había notado esa mañana. Pero me sentí bien: la reforma seguía adelante, gracias a mí. Y entonces pensé ¡Mierda, con las manos así me va a resultar mucho más difícil volver a colocar en su lugar los dieciocho mil setecientos cuarenta y tres ladrillos!

Leonardo Garnier
Cuento que da título al libro publicado por Editorial Farben-Norma: “Gracias a Usted”
Publicado desde el blog personal y con la autorización de su autor.

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Por Leonardo Garnier

Doctor en Economía especializado en Economía Política y Desarrollo Económico. Ha sido Ministro de Planificación Nacional y Ministro de Educación. Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica. Docente en la Universidad Nacional y Profesor invitado en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas. Consultor en organismos internacionales.