Guardianes de la nostalgia del cine

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José Ricardo Carballo, Periodista y escritor.

Me alegré mucho de volverla a ver. Remozada, alegre, iluminada. Con olor a palomitas y nostalgia. La icónica imagen de la bella dama que da nombre al lugar me da la bienvenida.

De la emoción casi paso directo a la sala sin pagar antes. Pido una botella de agua. “¿Y la entrada verdad?”, me pregunta, intrigada la señorita. “Sí, qué detalle”, le respondo entre risas, tratando de disimular mi despiste. Hace tanto tiempo que no iba que olvidaba que en estos sitios la confitería funciona de boletería, taquilla y, en ocasiones, hasta de oficina administrativa.

Tomo mi lugar en las filas traseras, en una cómoda butaca nada comparable con los despachadores asientos de madera de antaño, desde donde vi, hace varios años, una película rusa de cuyo nombre no puedo acordarme.

Otra cara

Me acomodo y echo un vistazo alrededor. Literalmente, evalúo el escenario, con sus impecables cortinas y sus cálidas luces. ¡Qué diferencia! Salta a la vista el amor y dinero invertidos en la remodelación del sitio. Bien cuidado, limpio, agradable, acogedor en todos sus rincones, incluyendo los baños.

Se nota que los visitantes a La Sala Garbo son como las películas que ahí se proyectan: no tradicionales. Destaca un público reducido y selecto, pero variado. Desde adultos mayores y jóvenes universitarios, hasta parejas de amigos y otros “fiebres” que no necesitan de compañía ni de un día libre para disfrutar de una buena cinta.

Lo curioso es que, salvo mi persona y un par de amigas –una de ellas, española- todos los demás se conocían entre sí. Se trata de un grupo, denominado Cinearte Garbo, que se reúne cada lunes a ver y hablar sobre películas de culto que no son del conocimiento ni agrado de las mayorías.

Con razón la “fiesta” que se tenían cuando entré a la sala. Yo me esperaba la típica escena de cine de mall. La gente, en silencio sepulcral, matando el tiempo en sus brillantes pantallas de celular o conversando en voz baja alguna trivialidad con su acompañante, a la espera del inicio de la función.

Nada que ver. Aquello era como una noche de tragos entre compas, pero con palomitas en lugar de tragos. Todos en amena tertulia con los demás cinéfilos o con el anfitrión del evento, el crítico de cine, William Venegas, quien, entre broma y broma, instruía sobre la “peli” de turno.

Solo las amigas y yo éramos como los chiquitos nuevos del aula. Pero, la verdad, no nos importó. Teníamos claros que todos los ahí congregados padecíamos de lo mismo, nos conociéramos o no: un mal crónico de cinefilia que estábamos a punto de calmar con una buena dosis de suspenso, cortesía del maestro, Alfred Hitchcock.

Esa noche de lunes correspondía Para atrapar al ladrón, de 1955, protagonizada por Cary Grant y una deslumbrante Grace Kelly, indiscutibles genios de la actuación. Me encantaría hablarles un poco más de la película, pero no quiero hacerles spoiler ni tampoco es el objeto de este artículo. Me limitaré únicamente a recomendárselas, junto a las demás de Hitchcock –no se pierdan Psycho, mi favorita.

Espacios culturales

Como buen aficionado al sétimo arte, no saben cuánto me alegra la resurrección de La Garbo. Es, junto al cine Magaly, uno de los pocos sobrevivientes de la era de las grandes cadenas de cine comercial. Símbolo inequívoco del encomiable esfuerzo público y privado por preservar y difundir el arte de calidad en San José.

Desde que iba al Teatro Variedades –los lunes también, por cierto-a ver obras maestras como El Ciudadano Kane o especiales de los tres grandes del cine mudo – Charles Chaplin, Harold Lloyd y Buster Keaton- no me sentía tan feliz de visitar un cine y eso que voy con frecuencia. Me complace saber que aún existen sitios dedicados a promover el cine de culto en la sociedad.

Siempre he dicho que una buena película es como un buen libro; permanece en la memoria y nos deja valiosas enseñanzas. Ambos son capaces de cambiar vidas y forman parte del acervo cultural que debemos preservar, fortalecer y divulgar a las nuevas generaciones.

Ya el icónico edificio del Variedades está cerrado, junto muchas otras salas capitalinas que los más veteranos recordarán mejor que yo. En buena hora que La Garbo, en lugar de resignarse al olvido y su inminente desaparición, resurgiera con nuevos bríos de la mano de una joven y prometedora administración con grandes planes a futuro, que involucran otras manifestaciones artísticas como la música y la comedia.

Lo mejor es que no están solos. Recientemente me enteré de la existencia del Eco Teatro, cerca de la casa de Matute Gómez, donde están proyectando un ciclo de películas de Chaplin. También destacan La Alianza Francesa, el Centro de Cine, entre otras instancias que hacen lo propio por honrar el legado de las producciones clásico-independientes.

Aunque pocos y no muy conocidos, opciones sí hay. ¿Habrá público suficiente para garantizar su supervivencia? No dudo que cada vez más costarricenses podamos tomar conciencia del valioso aporte artístico, intelectual y cultural que se esconde tras la gran pantalla. ¡Nos vemos en el cine!

 

 

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