Guillermo Villalobos Solé, Politólogo / Consultor

En las últimas semanas mucho se habla de los efectos del COVID 19 y la vuelta a una nueva normalidad. Para unos, erróneamente, es regresar al mismo momento y a las mismas condiciones que se tenían antes del inicio de la Pandemia, para otros, es caminar por un sendero lleno de incertidumbres con un final que depende de conseguir pronto una vacuna y un tratamiento que nos asegure reducir el miedo que nos embarga, y no faltan quienes han comenzado a repensar el país a partir de las lecciones aprendidas que nos deja esta amenaza, que ha afectado como nunca, en un corto tiempo, el desarrollo económico y social de todos los países.

Entre amenazas, oportunidades, falencias, lecciones aprendidas, temores e incertidumbres surge la posibilidad de mirar el futuro desde la opción de construir una sociedad resiliente.  Algunos se preguntarán, ¿y eso qué significa?. Diana Coutu en su artículo “Cómo funciona la resiliencia” comienza sus reflexiones reconociendo que este concepto es uno de los grandes misterios de la naturaleza humana. Es un tema de actualidad en el mundo de los negocios y de la psicología, a pesar de que tiene alrededor de cuatro décadas de haberse planteado.

La Real Academia de la Lengua Española la define por su parte, como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Esta definición vista de una manera rígida nos podría conducir a la idea, que con la resiliencia, en el fondo, podemos mantener la misma forma o estado previo a esa “situación adversa”, algo que no es del todo correcto, ya que en realidad, después de esta pandemia, el mundo sí tendra cambios estructurales importantes que distarán por mucho del orden anterior, empezando en primer lugar por la era digital y la inteligencia artificial que transformará aún más y de manera radical el mundo del trabajo, de la mano de las nuevas ciudades inteligentes cuyas caracterísitcas serán completamente nuevas en cuanto a producción, movilidad y la búsqueda de una más responsable gestión ambiental.

Esta es la discusión que desarrolla el investigador del Real Instituto El Cano, Andrés Ortega en su texto: Coronavirus: tendencias y paisajes para el día después. Ante esta acertada observación, nos propone acercarnos también al concepto de la histéresis, que es la capacidad de conservar la esencia de lo que se es en ausencia de lo que nos precedió y creó, refiriéndose específicamente al mundo previo al covid 19, lo que ofrece un espacio para repensar lo público y su gestión, así como la posibilidad de construirlo a partir de lo local. Así nos acercamos más asertivamente a la búsqueda de una reinvención de la sociedad y la democracia misma, utilizando y adaptando el desarrollo tecnológico a las nuevas necesidades y para combatir desigualdades en un mundo con más incertidumbres y retos propios de una desglobalización pasiva.

Son muchas las teorías que hoy se refieren a la naturaleza de la resiliencia, unas están relacionados con la salud mental e incluso la genética, otras con los negocios, los niños y el éxito y fracaso con que se puedan enfrentar y superar las dificultades que nos ofrece la vida.  Sin embargo, en todas ellas, hay un factor transversal que comparten y que se refiere al famoso “sentido común”.  Algo que parece han perdido algunos, en especial en estos tiempos de cambios y nuevos desafíos.

Si pudiéramos destacar tres características que reúnen las personas e incluso las organizaciones resilientes tendríamos que decir que son: por una parte, la aceptación de la realidad, seguida de la convicción de que la vida tiene sentido y finalmente, por una habilidad para la improvisación.

Complementariamente, Daniel Goleman nos recuerda que hay dos formas de ser más resilientes: una es hablándote a ti mismo y la otra es reeducando a tu cerebro. Es decir, tenemos la gran oportunidad de mirar el futuro convenciéndonos a nosotros mismos de que es posible hacer las cosas distintas y mejores en medio del dolor de haber perdido miles de vidas y de haber visto resquebrajarse el modelo de desarrollo hegemónico seguido hasta ahora.

Se abre la posibilidad de aprovechar esta crisis para convocar a representantes de organizaciones y de territorios para diseñar una sociedad con la mirada puesta en valores y principios de justicia social y solidaridad. Un país que comprende que es posible corregir rumbos y establecer nuevos derroteros a partir de los fracasos.  Que la sociedad presente y futura requiere un nuevo espíritu una mentalidad positiva y comprometida que se vuelve contagiosa porque ofrece ilusión y esperanza.

En días recientes un grupo de académicos procedentes de diferentes universidades holandesas han presentado propuestas concretas que permitan transformar la economía sobre la base de una vida más austera, que en el fondo se acerca a la idea de construir una sociedad resiliente.  Específicamente, se refieren a remplazar el modelo de crecimiento indiscriminado del PIB por otro que distinga entre los sectores que pueden crecer y necesitan inversiones y que el COVID19 ha puesto en evidencia como es el caso de los servicios y aquellos que deben más bien reducirse por ser insostenibles y atentar contra el equilibrio de la naturaleza, como es el caso del consumo excesivo de energías fósiles.

El planteamiento va más allá y agrega unas ideas orientadas a desarrollar una política de redistribución del ingreso que propone una renta básica universal como parte de una política social sólida que se hace acompañar de un progresivo impuesto a la renta y la acumulación.  Sugiere el tránsito hacia una agricultura circular que protege la biodiversidad y asegura el alimento, reduce el consumo superfluo incluyendo viajes y reduce la deuda de empleados, trabajadores independientes y de micro empresarios en países del tercer mundo.

En general, es una visión de desarrollo basada en una mentalidad resiliente que implica para nuestros líderes y dirigentes políticos, económicos, sociales y culturales, comprender que hay nuevos caminos para la gobernabilidad, nuevos enfoques para el desarrollo, nuevas oportunidades para crecer y distribuir, nuevas formas de comunicación y una trasparencia que no acepta dudas ni excusas.  Requiere de todos, pero en un nuevo camino que no discrimina ni siquiera, aquellos que debemos cargar en nuestras espaldas porque se han dejado vencer por el pesimismo, por su negatividad y por su actitud mezquina.

Estamos frente a una crisis compleja e impactante en la vida de muchos, particularmente, de aquellos que menos tienen, de los que hoy han visto perder sus empleos y poner en peligro la estabilidad de sus familias, de los que se han sumado a las frías estadísticas de la pobreza, sin embargo y a pesar de todo, hay esperanza, hay fe y confianza en el sentido de superación del ser humano; existe la oportunidad de ser resilientes.