Guillermo Villalobos Solé: Inspirados en el Pacto de Ochomogo

Estos últimos años, el país ha optado por la postergación, las excusas de tipo electoral o aquellas propias de la coyuntura e inconveniencias de cualquier naturaleza, con tal de no asumir la responsabilidad de enfrentar seriamente los problemas del país.

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Guillermo Villalobos Solé, Politólogo / Consultor

A pesar de las divergencias que persisten sobre los objetivos, alcances y desavenencias posteriores al acuerdo conocido como el Pacto de Ochomogo, nadie podrá negar que los ilustres costarricenses José Figueres Ferrer, líder del Ejército de Liberación Nacional y Manuel Mora Valverde, Secretario General del Partido Vanguardia Popular alcanzaran el fin de la guerra civil de 1948, gracias a sus conversaciones que supieron anteponer sus intereses personales e ideológicos y partidarios, a los más altos principios y valores de nuestra sociedad.

Ciertamente, a mediados de abril de 1948, estos dos ciudadanos, Beneméritos de la Patria, fueron reunidos en Ochomogo gracias a la mediación del Sacerdote y Capellán de la Revolución, Benjamín Núñez y teniendo como testigo oculto entre matorrales, al escritor Carlos Luis Fallas (Calufa), para alcanzar un acuerdo a lo costarricense y cuyos resultados innegables, fueron el final del conflicto, el respeto a las garantías sociales de inicios de la década de los cuarenta y su ejecución y profundización posterior a través del plan de gobierno propuesto por la Junta Fundadora de la Segunda República.

El espíritu del Pacto de Ochomogo sirvió en mucho para que el gobierno transitorio de Figueres sentara las bases del Estado de Derecho de la segunda mitad del siglo XX; pusiera a prueba la vocación de diálogo y convivencia pacífica de nuestra cultura al abolir el ejército; volcara su mirada hacia los trabajadores del campo y decidiera adelantarse a los tiempos, promoviendo un modelo de desarrollo democrático, incluyente, inspirado en la justicia social y las oportunidades para todos a partir de la participación activa del Estado en la vida económica, política, social y cultural del país.

Setenta años después de esos acontecimientos, Costa Rica vive una de sus peores, sino la peor crisis de su historia, como resultado de la acumulación de problemas estructurales, malas decisiones de nuestros gobernantes, contradicciones socio económicas no resueltas y un efecto negativo de factores externos producidos por la globalización, entre otras causas y que la Pandemia provocada por el COVID19 parece haberlas evidenciado aún más,  poniendo de rodillas al imbatible mundo moderno sentado sobre una obsesiva acumulación material en detrimento del humanismo y la convivencia equilibrada con la naturaleza.  Un enemigo diminuto pero mortal, ha sido capaz de poner sobre la mesa, lo que por tantos años hemos venido omitiendo o negando.

Un aparato estatal atrofiado, lleno de leyes, reglamentos y procedimientos que en vez de favorecer la buena gestión pública nos tiene atrapados como una suerte de paciente con camisa de fuerza; una desarticulación social y económica que se ha fragmentado al punto de impedir los más elementales acuerdos nacionales, que se asemeja más a una lucha por ver quien se queda con una parte del mantel, olvidando que esa tela (el país) se desgaja cada vez más; una sociedad que se ha debilitado en su concepción solidaria porque algunos gremios, empresarios y organizaciones de trabajadores están pensando más en la defensa de beneficios desproporcionales, mezquinos y odiosos, tanto sectoriales como personales, que en el equilibrio justo del desarrollo, en la distribución equitativa de las cargas y los beneficios, en las oportunidades para todos y en la vida en paz.

Tenemos hoy una clase política que se ha venido devaluando, perdiendo confianza y credibilidad entre los ciudadanos y que ha dejado de ser un medio para la solución a los grandes desafíos; un modelo de sociedad permisiva con el “juega vivo”, el evasor y el contrabandista, mismos que se pasean por el país ostentando bienes mal habidos en detrimento de importantes conglomerados de ciudadanos que trabajan con honestidad y dedicación. La de hoy, es una sociedad que ha permitido la incultura, el irrespeto, la vulgaridad y la chabacanería, imponiéndose inescrupulosamente ante las tradiciones que siempre nos distinguieron dentro y fuera del país; una sociedad que se ha dejado penetrar por la corrupción, el narcotráfico, el dinero fácil y la indolencia ante una pasiva y cómplice actitud de algunas de nuestras autoridades.

Estos últimos años, el país ha optado por la postergación, las excusas de tipo electoral o aquellas propias de la coyuntura e inconveniencias de cualquier naturaleza, con tal de no asumir la responsabilidad de enfrentar seriamente los problemas del país.  Hoy el COVID-19 parece decirnos basta, si, basta ya de tanta mediocridad y de tanta pusilanimidad; basta de excusas espurias y de tanto cálculo político partidario; basta ya de seguir señalando al otro cuando todos somos parte del problema ya sea por acción o por omisión; basta de quejas y descalificaciones, es hora de recoger la bandera y con patriotismo, volver a demostrarle al mundo que somos capaces de sobreponernos y levantarnos de las cenizas.

Señor Presidente, en estos días usted compartió unas reflexiones en las que hacía un llamado a todos los costarricenses para superar la realidad que enfrentamos y no dudo de la honestidad de sus palabras, por eso lo invito a dar el paso que le corresponde como primer ciudadano del país, lo invito a convocar a una comisión integrada por los Expresidentes de la República, por figuras destacadas de la ciencia y la tecnología (El CONICIT, El Centro Nacional de Alta Tecnología, Franklin Chang, Sandra Cauffman), de la cultura y el arte (Jorge Jiménez de Deredia, Alfonso Chase, así como artistas y escritores muy valiosas), de las universidades (El Consejo Nacional de Rectores, la EARTH), de los jóvenes (Asociaciones de Estudiantes Universitarios) y organizaciones como el Estado de la Nación (Jorge Vargas Cullell) y el IICA, con figuras destacadas del derecho costarricense como el Dr. Rubén Hernández Valle y el Dr. Rolando Vega Robert, el Instituto Centroamericano de Administración Pública ( Dr. Alexander López),entre otras. Figuras de estatura moral, intelectual y académica, costarricenses comprometidos con nuestros principios y valores más profundos para que, junto a un ente facilitador como las Naciones Unidas, preparen una propuesta de consulta nacional con expresión sectorial y territorial, que siente las bases de un nuevo acuerdo nacional.

Inspirados en el Pacto de Ochomogo hagamos honor a nuestros próceres y demostremos que es posible ponerse de acuerdo en paz y en armonía, al tiempo que el gobierno atiende de manera conjunta y comprometida con los distintos sectores socio económicos y políticos del país, las tareas del día a día que ayuden a detener el contagio y las muertes provocadas por este flagelo, a recuperar la dinámica económica, los empleos que se han perdido, la racionalidad del gasto público, recuperando un desarrollo en claro cumplimiento con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la agenda 2030,  el sacrificio de todos en la justa proporción que corresponde a cada quien y con el espíritu unitario que nos llama nuestro himno nacional: “Vivan siempre el trabajo y la paz”.

Es un esfuerzo en dos vías simultáneas, una que corresponde a la inmediatez, a las consecuencias que han agravado la situación socio económica de miles de costarricenses y que han profundizado los problemas estructurales del país, y otra que prepara una hoja de ruta, una metodología de consulta y participación que desemboca en un gran acuerdo nacional que sienta las pistas del desarrollo que debemos transitar en el mediano y el largo plazo.

Es hora de decir presente, sin más dilación y con un compromiso altruista, unámonos todos bajo un solo ideal, bajo nuestra bandera e inspirados en el Pacto de Ochomogo.

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