Gustavo Arroyo: El coronavirus y la autorreferencia como salida a la crisis sistémica global

Por definición, el hombre inmortal no existe en las coordenadas del tiempo y espacio terrenal, sino que se encuentra en otros estadios de la existencia inmaterial desde un punto de vista doctrinario o teológico. Sin embargo, toda esta perspectiva de vida, está siendo transformada por un agente biológico, del cual solo conocemos el lugar donde se inicio, pero no sabemos dónde terminará su camino

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Gustavo Arroyo González. Abogado

El origen de la peste

El año 2020, será recordado en la historia de la humanidad, como el inicio del mayor proceso de desajuste global del planeta, cuyos efectos son incuantificables, según los analistas internacionales. Es el comienzo de una nueva normalidad social, con repercusiones universales, que tomó por sorpresa a la humanidad, y puso de rodillas al ser humano. No cabe duda que la especie humana deberá replantear su esquema existencial, y redescubrirse a sí misma. Es impensable que la visión del mundo, hoy esté siendo transformada de manera radical, por un CORONAVIRUS, y no por cambios convencionales, como suelen ser los conflictos armados, procesos culturales,  políticos o económicos, sino que la globalización bajo su propia lógica, produce efectos globales de orden multifactorial.

La aparición del COVID-19, es producto de un encadenamiento sistemático de hechos, que derivan, en un resultado catastrófico de profundas dimensiones; hechos que reflejan por un lado, la inestabilidad del entorno económico internacional y por otro, el deseo de dominación y poder, de ciertos grupos de interés, que juegan al ajedrez económico mundial, y apuestan a la sobrevivencia del más apto.

 La autorreferecia para combatir la peste

El CORONAVIRUS, es una especie de peste o enfermedad desconocida, que porta efectos virulentos en su expansión global.  El virus, es el fiel reflejo de la frialdad de una época, que degrada al ser humano y cosifica su nivel de existencia. El impacto de la enfermedad tiene un doble propósito: golpea de manera inmediata la psiquis de la gente y dispara sobre las economías de los Estados, rompiendo de esta forma la cadena de consumo, hiriendo de gravedad, los estados físicos y emocionales de nuestras sociedades

Los procesos de profunda incertidumbre y la parálisis de las economías, así como la aflicción social y el pánico colectivo, son hechos reales que tiende a proyectar el futuro de nuestras sociedades en los próximos años. Con un panorama como el descrito, la autorreferencia, constituye una herramienta eficaz de auto-adaptación, la cual nos permite reflexionar acerca de los procesos internos que tendrán que implementar los Estados nacionales, con el fin de atravesar el umbral de los males heredados en la psiquis del colectivo social; así como la repercusión en la cultura y en las economías de los pueblos, “ya nada será igual que antes”

Dicho esto, la autorreferencia, constituye un factor útil para revisar nuestro yo cognitivo y vivencial. No podemos olvidar, que somos seres sociales por naturaleza, y por tanto, la probabilidad de garantizar nuestra continuidad, se centra principalmente en controlar y dominar el temor y el miedo producto, de una enfermedad desconocida. El éxito de vencer la pandemia, dependerá asimismo, de las decisiones que tomen conjuntamente los ciudadanos y el Estado, en un contexto de crisis sistémica. En el ámbito estatal, no será suficiente la adopción de medidas de orden sanitario, sino que se requiere de un plan de acción estratégico gubernamental, para avanzar con claridad y coherencia en todos los ámbitos de la economía y el desarrollo del país.

El pacto social derivado de la voluntad general (democracia) y legitimado por el Estado a través de la fuerza (derecho), ha permitido la sostenibilidad del Estado de Derecho y la convivencia social por largos años, no obstante, la mala gestión de los gobiernos y los crecientes niveles de desigualdad social, han propiciado el surgimiento de intrincadas realidades en nuestro continente, creando condiciones y desequilibrios en los sistemas democráticos.

No es de extrañar, que el proceso de desintegración y la marcada polarización social que caracteriza a las sociedades modernas, dificulta el trabajo de las autoridades públicas, en el intento de alinear todo el tejido social, bajo métodos prohibitivos o impositivos, para controlar los efectos de una pandemia.

Las medidas que deben adoptar los gobiernos para vencer o contrarrestar los efectos de una pandemia, tendrán que dictarse en el marco de la legalidad, observando estrictamente los principios constitucionales del Estado de Derecho

En situaciones de excepcionalidad o emergencia nacional, el Estado debe considerar medidas urgentes y efectivas, para sobrellevar un problema coyuntural y transitorio, sin embargo, los problemas estructurales de diversa índole, salen a la superficie, haciendo de esta forma que los problemas subyacentes se agraven y se torne compleja la capacidad de respuesta de las instituciones públicas.

En ese sentido, los efectos positivos de una pandemia, pueden enfocarse, en la capacidad de los Estados de adaptarse al fenómeno disruptivo, derivado de una enfermedad mundial, y la resiliencia de los individuos, ante procesos atípicos de cambio y transformación cultural.

El vivir en sociedad nos convierte en seres morales y racionales, comprometidos con la cadena social de efectos múltiples, que podrían tener nuestras actuaciones individuales.

Con esto quiero decir, que en el grupo social, el deber ser y el principio de justicia, son imperativos de acatamiento obligatorio, inherentes al ser humano (Kant), razón por la cual, para afrentar una crisis de salud pública, nuestras conductas deben estar predeterminadas por la obligación de recurrir a principios éticos y morales, para vencer con eficiencia y eficacia la enfermedad, así como la oportuna acción del Estado, en el ámbito de la seguridad, la salud y la política económica.

No podemos olvidar que estamos atados a reglas sociales, éticas y jurídicas, que nos permitirán salir del atolladero existencial en que nos encontramos. La esperanza de poder vencer una pandemia, reside precisamente en el hecho de abandonar el principio anti-ético de la inmortalidad, -propio de la ciencia ficción-, y lidiar con la racionalidad y prudencia de nuestras actuaciones. No quiero ser pesimista, pero las sociedades postmodernas son el caldo de cultivo de todo tipo de amenazas sistémicas, por lo tanto, la solución no está en separarnos del grupo o aislarnos de forma premeditada, por el contrario, la fuerza de la especie humana y de una nación, radica en la conciencia social y colectiva adoptada de manera solidaria.

La inmortalidad de la especie humana y al contexto del coronavirus

Cabe recordar que desde hace un tiempo, el ser humano ha venido asumiendo poses de inmortalidad y egoísmo, olvidando que somos seres pasajeros y transitorios en esta vida. Estas actitudes podrían ser producto de situaciones que se gestan a nivel del consciente o inconsciente: por un lado, la gente está tan distraída en sus tareas cotidianas, que el hecho de pensar en la muerte, no es parte de la agenda personal; o por el contrario, es tan fuerte el apego a las cosas materiales,  que existe una resistencia a pensar en esos hechos inusuales, que de por sí, son fuertes cargas de estrés para el ciudadano común.

Precisamente las amenazas de nuestro entorno personal y social, son derivadas de un pensamiento individualista, materialista y amoral, como variaciones múltiples de una forma de existencia humana, centrada especialmente en el disfrute y goce de las cosas finitas y liquidas, como dice el filósofo Bauman.

En consecuencia, hay que poner en perspectiva y revisar el rumbo que ha venido tomando la humanidad en las últimas décadas, pues con todo este razonamiento equívoco, pareciera que el ser humano ha llegado a creerse un ser inmortal, en una sociedad donde paradójicamente está plagada de una serie de amenazas y riesgos, que ponen en peligro la existencia de la especie humana, como suele ser la contaminación ambiental y el cambio climático.

Sin embargo, viéndolo bien, creo que el ser humano ha perdido el miedo por los peligros y riegos que amenazan diariamente su vida.

Creo que existe una respuesta a esta interrogante. La supremacía de una lógica social auto-impuesta, con carácter autónomo, independiente, y  autorreferenciada a una dimensión particular negativa, ajena de todo saber moral, ético y social, es la respuesta a una lógica de la persistencia existencial.

Esta lógica, reposa en ciertas expresiones y líneas comunicativas, las cuales podría resumir en un razonamiento filosófico- práctico: la vida es corta y hay que aprovecharla en tiempo real y presente, no sabemos si existirá el mañana y todos los días alguna persona muere en algún lugar del planeta, siendo ello parte de una situación normal en las sociedades del presente.

Esta locución la escuche de alguna persona que replicaba ante una prevención hecha por quien escribe, acerca de los cuidados que se deben tener, cuando se está en lugares desconocidos, por los riegos y amenazas que subsisten en el lugar.

Indudablemente, que desde un prisma ético o filosófico, es una forma de ver las cosas, sin embargo, me parece más bien, la extensión de una doctrina de autocomplacencia desmedida, siendo en síntesis, una forma de vida convenida.

El miedo a la muerte se ha perdido, pareciera ser la consigna de la sociedad actual. El vivir el día a día, sin planificar el futuro, es una manera válida de persistir en el tiempo y ello implica a la vez, el rompimiento con la recapitulación de las cosas de antaño.

Vencer el temor a la muerte, en este caso en particular, no es un convencimiento basado en postulados doctrinarios, filosóficos o religiosos; por el contrario, me parece que esta desafiante actitud, obedece a una forma de vida, que es el sustrato filosófico e ideológico, en un modelo de sociedad que descansa en la rapidez de las cosas, pero lógicamente no inspirada en líneas filosóficas griegas, como lo es vencer el dolor físico y emocional y perder el miedo a morir, sino que la filosofía señalada supra, es el extremo de una doctrina, que tiende más al placer momentáneo que a la espiritualidad del alma, que es mi modo de ver, donde reside la felicidad del ser humano.

Así las cosas, la inmortalidad en sentido literal, Cómo nos dice el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia , Antonio Diéguez: “La inmortalidad en sentido literal, es decir, entendida como la imposibilidad de morir estando ya vivo, es una noción que solo vale para la ciencia ficción.”

Es decir, lo anterior me lleva a pensar, que el ser humano ha hecho de su vida una doctrina empírica, siendo el eje central de esta, una especie de inmortalidad, y utiliza la autorreferencia negativa, como herramienta para reafirmar su mundo presente,- olvidando que esta es exclusiva de la ciencia ficción. En consecuencia, no importa si muere en medio de una pandemia, o contagia a otros, puesto que esto es una forma natural de actuar, y si muere es porque iba a ocurrir en algún momento o porque era más relevante el derecho al placer que el derecho a la vida o la afectación a terceros.

Pienso que el ser humano, ha extrapolado la inmortalidad del alma a una inmortalidad física del mundo terrenal, creando mitos y aferramientos sobre las cosas que lo rodean y que predeterminan su existencia, como si estas fueran infinitas en el tiempo. Hay un desdoblamiento de los valores en una escala jerárquica, no hay duda que para algunos, el valor de la vida está en los últimos lugares de dicha estructura piramidal, mientras que el deseo por los placeres materiales, tiraniza su vida y esclaviza su existencia.

Por definición, el hombre inmortal no existe en las coordenadas del tiempo y espacio terrenal, sino que se encuentra en otros estadios de la existencia inmaterial desde un punto de vista doctrinario o teológico. Sin embargo, toda esta perspectiva de vida, está siendo transformada por un agente biológico, del cual solo conocemos el lugar donde se inicio, pero no sabemos dónde terminará su camino. El sentido de la vida y el valor de las cosas tomó un giro copernicano; el derecho a la vida pasó a ocupar un lugar privilegiado en la agenda de las personas; y nos dimos cuenta que quizá es el valor más preciado en la escala de los derechos humanos. Despertamos de la fiesta eterna que nos teníamos, al darnos cuenta que nos somos inmortales y que de nosotros mismos dependerá la continuidad de la vida en el planeta.

La pervivencia de esta civilización afectada por un CORONAVIRUS, dependerá de que tan sólidos sean los cimientes de la estructura social y ética de los pueblos del planeta.

 

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