Gustavo Arroyo: La transparencia y la opacidad del poder, aproximaciones conceptuales

0
Gustavo Arroyo González. Abogado

Lord Acton le expresó en la carta remitida al obispo católico Mendell Creighton en 1887 lo siguiente: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente».

Esta es quizá una de las máximas, que retrata de pieza cabeza, la voz cantante del tirano y aquellos que se enlistan en sus filas, para aspirar a ser apóstoles o alumnos predilectos del poder.

Esta frase también condensa en su núcleo duro, una estocada directa a la democracia, y al Estado de Derecho, y prepara a la vez la fórmula de la alquimia vigorizante del tirano, que cristaliza en la estéril ambición de aferrarse al poder ferozmente, para llenar los vacíos existenciales que solo se logran con el poder que se arraiga y se endurece en el trono. Dícese de quienes aspiran a ser los tutores de regímenes dictatoriales y otros de extrapolar poses criollas o caudillistas de experiencias importadas, adoctrinados por ideologías populistas y dogmas fundamentalistas que llaman al engaño.

Después de una honda reflexión de los grandes pensadores de la historia, siempre me he preguntado lo siguiente:

¿Qué es el Poder y el Poder Político?

Muchos autores, han elaborado una abundante narrativa sobre, la evolución, y la forma en que se ejerce el poder a lo largo de la historia. En consecuencia, salta la pregunta de rigor, ¿Es el poder político una acción racional intrínseca a la existencia humana, estando presente desde la formación de las organizaciones sociales primitivas o de las primeras etapas de la formación del Estado moderno, donde el elemento convivencial-de integración, es la exaltación del principio de autoridad, expresado en la comuna primitiva, como el clan, las hordas, las tribus, como mecanismo de cohesión e integración social; o más bien, este se explica desde la perspectiva del derecho natural, de la metafísica de la relaciones interpersonales o del alineamiento del cosmos, que escoge a los gobernantes para dirigir los destinos de una nación, o es producto de la herencia propia de las organizaciones medievales o de las monarquías hereditarias, a través de la sucesión cognática o la sucesión electiva, siendo el poder derivado de los Dioses como parte de la tradición politeísta, como Rómulo en Roma o Lucio Tarquinio el Soberbio, (534 a.C. al 509 a,C,), que al ostentar el poder de la divinidad, se habían convertido en tiranos al asumir el trono, sin reunir comicios, o el sufragio del pueblo, o la ratificación del Senado, solo mediante la imposición y la fuerza del ejército.

Un sector de la filosofía racionalista, describe e interpreta este fenómeno, como originario del tejido jurídico e institucional del Estado, al afirmar que cohabita con las formas preestablecidas de autoridad legítima y la cadena de mando, mediante la requerida preexistencia de la normatividad institucional y burocrática. A mi juicio, es el poder legítimo emanado de la base del derecho, es decir, del seno de la ley y del orden constitucional, siendo conforme con la Constitución Política como norma suprema que garantiza la permanencia del Estado. Para Max Weber, el poder es “la probabilidad que tiene un hombre o una agrupación de imponer su propia voluntad en una acción comunitaria, incluso contra la oposición de los demás”. Esta es una de las muchas definiciones que reflejan la relación de subordinación y sometimiento entre diferentes sujetos en una relación humana y social, donde alguien obedece y otro impone las órdenes o voluntad, ya sea que esté amparado en el sistema legal o por medio del derecho o mediante el uso de la fuerza, o la aplicación de ambas. Pero el caso que nos ocupa, sugiere un análisis distinto porque el poder político requiere además del derecho para su persistencia y aceptabilidad, la confianza en las instituciones públicas preexistentes y en el ejercicio efectivo de la cuestión pública, desde una perspectiva de la aprobación de la gestión de Gobierno.

Por consiguiente, el poder que se decanta por acaparar todo, como una especie de nodo concéntrico, serán los peores enemigos de este poder vertical, las democracias horizontales, participativas, pluralista y abierta, así como la institucionalización de mecanismos como la revocación del mandado y la alternabilidad del poder. Estos mecanismos de control hacen la diferencia, con la tiranía y sin ellos, el despotismo reinaría por doquier, sin límites y menoscabando la libertad de la gente de forma constante.

Legitimidad del poder en el marco del Estado de Derecho

Usualmente el poder que es ejercido en el marco de un Estado de Derecho, es legítimo desde sus orígenes, pero puede suceder que en su intento de expansión y ejercicio, sufra transformaciones y se configure en poder ilegítimo, ya sea por actos arbitrarios y abusivos y/o desviaciones experimentadas en el tiempo, propiciadas por los sujetos responsables de potenciar esta energía o relación de mando.

De igual manera, los cambios pueden ocurrir por las circunstancias del entorno, o las coyunturas forzadas por los actores sociales, y por alimentar círculos de poder que nacen desde lo interno, o por el estilo perverso y obcecado del gobernante que se jacta de quebrantar el orden jurídico, al considerarse superior a la Constitución y al derecho, amparándose en el eufemismo de que es hijo legítimo del pueblo, que lo respaldó en las urnas y lo sostiene en las estructuras de mando de Estado.

Vamos a entender por legitimidad, según Seymour Lipset: “la capacidad del sistema para engendrar y mantener la creencia de que las instituciones políticas existentes son las más apropiadas para la sociedad”.

Sin embargo, con  la creencia de las instituciones del Estado y otras del conglomerado social, no son garantía de que todo poder legítimo dará certeza de aprobación social, aunque éste descanse en  instituciones democráticas y políticas que constituyen o integran los valores de una sociedad estable; más bien, a contrario sensu, un poder legítimo, está expuesto a cierto proceso de deterioro o ilegitimidad, pero todo poder que se garantiza su aceptación amplia y permanente dentro de las coordenadas del tiempo y el espacio, y no sufre de tropiezos o interrupciones profundas, aunque haya nacido ilegítimo, se podría legitimar con el tiempo y ser aceptado por las mayorías populares.  Sin embargo, a la luz de las reglas del constitucionalismo democrático, el poder para que sea válido y tenga efectos facticos-jurídicos favorables, deberá provenir de la voluntad del soberano y no de procedimientos contrarios al derecho de la Constitución y de la juridicidad.

Pero esa legitimación debe estar respaldada en actos o reglas de convivencia de carácter moral, jurídica y éticamente aceptables por el grupo social, basadas en el respeto de los derechos de las personas, así como en la identificación social y efectividad de la acción política en la concreción de fines comunes, conforme al ejercicio transparente y horizontal del poder y la capacidad del Estado para articular al grupo y gestionar los problemas diversos de la sociedad, siendo este último, el punto  troncal del ejercicio del poder.

Me queda por agregar, que aun desde el manejo vertical en la democracia por razones del orden jerárquico, el poder tendrá que descender a la base en la búsqueda de la aceptación del conjunto social, para darle vitalidad, credibilidad, balance, identificación, refrescamiento, permanencia y legitimación en el tiempo, de lo contrario, si el poder se queda reposado en la cúspide de la organización  o estructura administrativa, no deja de ser un poder con matices autoritarios, y/o de poses oligárquicas, el cual sólo se vale del soberano y de las líneas legales, para expandir su fortaleza y dominio, y en consecuencia, es un poder ilegítimo en su praxis política. La autoridad del gobernante deviene de la ley, pero la legitimidad del gobernante le viene impuesta por el pueblo, desde que es electo por el pueblo y depositario de los destinos de la Nación.

La opacidad y el poder

El poder que se ejerce desde la opacidad y se oculta a los ojos del administrado, también es un poder ilegítimo a mi modo de ver, porque a pesar de la legitimidad y credibilidad derivado de los cauces de la legalidad, es un poder que no quiere ser visto o fiscalizado, pues su finalidad es evadir la responsabilidad de la conducta de la administración e institución; se oculta con el objeto de escapar al control ciudadano y al sometimiento a la legalidad y por consiguiente, la deshonestidad será su principio orientador de actuación regular, por temor a la desaprobación del grupo social o de los sujetos que integran la organización. La legitimidad no puede reposar únicamente en el desarrollo operacional de las instituciones preexistentes, sino que debe ampliar su espectro a nuevos institutos del derecho como parte de la continuidad eficiente del sistema, por ello el derecho a la transparencia y a la información pública figuran como elementos esenciales de la progresividad de los derechos humanos, pues mediante estos institutos jurídicos, se fiscaliza el ejercicio de los actos de los poderes públicos, y se realiza un escrutinio de la calidad de los servicios, que brinda la administración pública, así como el buen manejo de los recursos públicos..

Recordemos que el poder, antes del surgimiento del Estado de Derecho, siempre se ocultó y fraguó tras las paredes de los palacios y casas presidenciales, o de los castillos sombríos y siniestros, recordemos  las épocas del Oscurantismo, en ese momento el poder de la Monarquía Absoluta y de las instituciones autorizadas para impartirlo, se valieron de las prerrogativas del derecho divino, que provenían de la voluntad trascendental o de la autoridad divina, y  sirvió como instrumento ‘para aplastar y intimidar al pueblo, rehuyendo a todo intento ser sometido al escrutinio y al conocimiento de la muchedumbre.

Siempre la regla fue ocultar y concentrar la información en pocas manos, y aplicar el uso de la fuerza en las decisiones de Estado,  así como  imponer un orden de cosas bajo una lógica de conveniencia aplastante por parte de quien lo detenta, de esta forma acompañó de manera inseparable a los reyes, monarcas, príncipes, ministros religiosos, aristócratas, verdugos, déspotas, oligarcas, conquistadores, magos, condotieros, soldados, militares, caudillos, dictadores, generales, presidentes y altos funcionarios de Estado, cuyo fin consistió siempre en imponer al resto de la sociedad, un conjunto de ideas, un tipo de ideología, o la aceptación obligatoria del dogma de la época, o básicamente el diseño de una manera de pensar o de vivir para una determinada sociedad, así como un método de hacer las cosas a través de un procedimiento, vertical o desde arriba y de manera inconsulta, contra la voluntad del resto de los miembros del grupo social desplazando de alguna forma la voluntad colectiva y reduciéndola a la voluntad individual, siempre concentrando o acaparando la fuerza, la voluntad, la energía, el mando. Lo anterior me lleva a pensar, que el planteamiento teórico del sociólogo Robert Michels formulado desde 1911, la cual se condensa en una lógica funcionalista, atribuida a que las organizaciones deben ser conducidas por élites, porque las mayorías no están preparadas en sobrellevar la toma de decisiones, a falta de una cultura electiva decisional y por tanto, las democracias y las autocracias, siempre serán gobernadas por una élite.

No obstante, los tiempos han cambiado, la tendencia, es la búsqueda de la transparencia entre la administración pública y el administrado mediante una relación horizontal, a través de canales de participación activa del ciudadano y una cultura de transparencia de los funcionarios que ejercen esa facultad a través de los órganos y entes de la administración pública, de esta forma se genera un cambio cultural  y se abren las puertas al ojo avizor del pueblo, que siempre estuvo deseoso de estar cerca de los procesos de toma de decisiones de las autoridades de gobierno, y coparticipar en la búsqueda de las soluciones a los problemas socio-económicos por intermedio de políticas públicas coherentes realistas y viables para un Estado.

A lo que teme el poder absoluto y concentrado

Es una verdad absoluta, que la cosa terrenal, más temible del déspota, es la democracia, así como le viene difícil también, el saber que será sustituido por otro autócrata, ya sea aquel que con más dureza en sus posturas, superando el estilo inquisidor, y aún más diestro en el manejo de los asuntos o menesteres de Estado, borrándolo de repente de los registros de la historia. Otras de las causas que abruman al político y gobernante que se ejercita con eficiencia en el auto-elogio del poder, es el temor latente de que las la opinión pública no le favorezca,  y que las voces del pueblo pidan su dimisión y repudien la débil actuación en el ejercicio de la función r pública, sin embargo, siempre hay seguidores y correligionarios que apoyan su continuidad en el manejo o administración del Estado, máxime cuando no existen mecanismos o procedimientos para controlar el cargo y obligar a su salida de forma legal.

Otra de las amenazas o temores del político, es el estar consciente que el poder es temporal,  y será por ello que en virtud de esta situación particular de transitoriedad del poder,  el acceso al trono le garantiza el goce de una lista de placeres, lujos abundantes, gustos multiformes, la avidez de la adoración ante el altar del poder y de la admiración de todos, la servidumbre y el peor servilismo, los halagos y pleitesía extrema, la prerrogativa única en su especie, de decidir sobre la muerte o la vida durante las monarquías absolutas, el  sentirse tan alto, que las nubes rocen tus pies, usurpando  el trono de Dios, que es el poder absoluto y concentrado, estando por encima de cualquier objeto espacial o especie terrenal,  bloqueando todo intento de usurpación terrenal, o de aquellos que llegan a creerse semidioses (teocracia), y que pasan a ser auténticos usurpadores del poder divino, siendo simple mortales, o seres ínfimos, venidos a menos, abusivamente pretensiosos, como parte de una línea terrenal finita y acabada, que creen por lo menos en el plano de su inconsciente, en la inmortalidad de la existencia humana, pero con animosidades y carencia de ayuda al prójimo, enhebrados en un mundo quimérico.

El gobernante, cuando es consciente de la vastedad o dimensión del poder que le proporciona el aparato estatal y las facultades constitucionales conferidas, estoy convencido, que en su interior, se despiertan voces, que crean dicotomías, entre la legalidad/ilegalidad, transparencia/opacidad; corrección/abuso; vanidad personal/ayuda al pueblo; y todo dependerá lo que dicte su conciencia, así como el desarrollo cultural, el nivel de escolaridad y la formación superior, sin omitir los valores, principios, ideología, juicios de valor, y el sistema legal. Así las cosas, la responsabilidad profunda que ello implica para el Gobernante en la conducción y administración de la nación, y la capacidad de integrar pacíficamente a todos los sectores y clases sociales en un pacto voluntario, en ello reside la majestuosidad de la más alta magistratura de un Estado, de ahí que el poder se convierte en el instrumento eficaz para garantizar el bienestar y el futuro de los pueblos, por ello el arte de gobernar es otra de las habilidades que el gobernante deberá contemplar para la adecuada gestión de la administración de la cosa pública, con el apoyo de los mecanismos reguladores, que le permiten actuar dentro de las reglas jurídicas de convivencia, para evitar que el sistema desborde y se cree un caos social generalizado.

La ambición del poder desmedido y descontrolado, la fanfarria y la borrachera abusiva de la que no despierta el tirano, es la peor de las batallas y pestes que pueden soportar los pueblos, en su agonía y lucha incansable, seducida por la esperanza de restablecer el orden y vivir en democracia, y lograr un realineamiento del tejido social o recuperar el pacto social perdido, para la pervivencia del proyecto societario.

El pueblo impotente, es aquel que no puede destronar al tirano, ni aplicando los procedimientos democráticos a través de elecciones libres o alternas, porque el gobernante de manera astuta, rediseño el aparato institucional a su capricho, se anticipó y garantizó la perpetuidad de su imperio y la tiranía disfrazada de dotes legítimos de actuación, legítima siendo un pueblo frustrado y aferrado a la desesperanza, pues la democracia fue suplantada subrepticiamente por una tiranía, y peor aún, electa y confirmada por la legitimidad democrática, aunque parezca a todas luces paradójico, se erige como una democracia herida en el corazón de sus instituciones.

El ostentador fanático del Poder

El ostentador fanático del poder, es el sujeto abnegado que porta el estandarte del poder absoluto y extremo, es un ser frenético y corroído por la ambición, escoge la frialdad y la falsa proyección o imagen, como su receta preferida, exige de inmediato aprobación, requiere de constante adulación, se irrita porque sus órdenes no son acatadas, no desea nunca pasar de largo, ejerce el don de mando con un estilo imponente, se hace sentir de alguna u otra forma en medio del público, alza la voz, infunde soberbia y altanería, se auto-fascina buscando la admiración de todos, es la persona que con o sin investidura lo ejerce, puede o no estar legitimado por los cauces legales, se siente confortable dando órdenes y se realiza aún más con su concreción, detesta la discrepancia negando el derecho del interlocutor y la asume como amenaza abierta y categórica y añora las entrevistas y el acaparamiento de los medios de comunicación, sobre todo, aquellos parcializados a su favor, es el epicentro de todos los acontecimientos cotidianos, y alimenta su ego  a través del uso de la fuerza o de la hipnosis verbal o discursiva, por ratos se acuerda que existe la legalidad y como si fuera poco, le fascina la servidumbre, sin tildarlo de clasista o aristócrata.

El ostentador, sufre de una patología grave, porque hace de la realidad una irrealidad, se alimenta del hedonismo como ética de vida y experimenta episodios de paranoia constante, construye situaciones surrealistas, las cuales proyecta en sus ideas futuras y termina practicando una especie de auto-reverencia ilusoria, para al final perderse en las coordenadas del tiempo y el espacio del mundo absorbente de la política, que lo convierte en un político que vive de la política y no de un político que vive para la política. (Weber)

Aunque muchos gobernantes y autoridades no pueden ir más allá de lo que estipula el orden constitucional y legal, sin embargo, la audacia y valentía del príncipe, abre puertas insospechadas a la institucionalidad. Estoy seguro que muchos en el fondo desean perpetuarse ad infinitum, sin embargo, la perpetuidad en el poder es el plato fuerte del gobernante y lo demuestran con poses de soberbia, vanidad, mando, autoridad, exclamación y comunicación unilateral. Es usual escuchar la expresión de que el “poder debe ejercerlo quien lo ostenta”, en efecto, pero ejercerlo en función de la colectividad o del bien común, no para el capricho personal del príncipe, o para alimentar egos o vanidades ostensibles, recordemos que el mismo le fue conferido de forma temporal al portador o depositario, y para que el político, funcionario o gobernante, lo emplee en función del bien general.

No hay duda, que la democracia requiere de una voluntad mayoritaria y se respalda en procedimientos jurídicos y constitucionales, que crean condiciones de igualdad jurídica, (Norberto Bobbio), pero las democracias se inventaron para que la elite gobernante, se aproveche de esta y secuestre desde adentro con sus operaciones internas, la pureza de la democracia para deformarla, bajo el pretexto o lógica convenida, que las masas no piensan.

Lo lógicamente sorprendente, es que el poder no importa de dónde provenga, ya sea de la izquierda o la derecha, de arriba o de abajo, de la luz o de la oscuridad, siempre será el mismo, el político es quien lo matiza y marca la diferencia, como el artesano que le da forma a un trozo de madera, a groso modo siempre es el mismo, nadie va a cuestionar que en los aposentos oscuros del poder político,  existirán prerrogativas o privilegios, para la clase gobernante o el que detenta el poder, lo mismo es que se ejerza de aquí o de allá, porque la elite en el poder siempre gozará de las inmunidades y placeres terrenales independientemente de la ideología que controle al portador. Lo cierto es que toda organización o instancia, sea privada o pública, tiene la concentrar el poder, tal y como lo dijo Robert Miches en la obra “Los Partidos Políticos, donde creó la denominada Ley de Hierro de las Oligarquías: Ningún partido u organización es democrática porque “la organización implica la tendencia a la oligarquía. Ley de hierro de la oligarquía”: “La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía”.

El poder es la fuerza, la conducción, el empuje, la voluntad interna y externa, que se logra con la razón y se legitima con la coacción, pero muchas veces sucede a la inversa, se logra con la fuerza ilegítima y no discute la razón. Los gobernantes de turno en medio de una pandemia, ejercen el poder sobre el pueblo, mediante la aplicación de la obediencia y la sumisión. Eso está bien, pero lo que no está bien, son los abusos, las arbitrariedades y el quebranto al orden jurídico de la clase política. El estado de excepcionalidad no logra su propósito si adquiere contornos autoritarios y se quebranta el Estado de Derecho, con acciones que lesionan otros derechos fundamentales, de ahí que el gobernante debe ponderar de manera proporcional y racional el derecho que debe tutelarse en un orden jerárquico equitativo, sin hacer sacrificios intensos, en perjuicio de un segmento o porción de la población afectada.

A mi juicio, debemos reprender estas situaciones atípicas y extremas donde los ciudadanos de los tiempos modernos son arrasados por la locura de un agente desconocido que rompe con el orden moral, social y jurídico preexistente, nos acostumbramos a este tipo de guerras biológicas que también constituyen una especie de relación de poder, en la medida en que doblega y se encripta en la mente y en el plano personal de las personas.

Por muchos años siempre el poder se acompañó de la mano con los abusos, la arbitrariedad, la imposición sobre el administrado o gobernado, desde la comodidad de algún tipo de doctrina y es por ello que a lo largo de la historia de la humanidad, se especula quienes deberían ser los llamados a gobernar, desde Platón, Sócrates y Aristóteles. Por ejemplo, el jurista Eduardo García de Enterría en su gran obra “La lucha contra las inmunidades del Poder” y en otros escritos, aunque señala que la ley otorga y a la vez limita,  pero yo agregaría, que la ley atropella y desfigura el derecho aunque sea válida y posea eficacia jurídica,  por consiguiente nace la controversia entre la ley que es injusta e inmoral, pero es válida y se ajusta a la letra de la Constitución, pero lo cierto es que esta no escapa a construir  favoritismos y  prerrogativas, en beneficio de grupos de interés.: Y lo excesivamente paradójico, es que toda esta narrativa se construye en nombre de la representación del pueblo a través del parlamento y del Estado de Derecho.

Sin embargo, queda aún la esperanza de que los actos legislativos, de Gobierno y las conductas de la administración, no son inmunes a la revisión jurisdiccional y al sometimiento de la jurisdicción contenciosa plena y universal o así como al control de constitucionalidad, como última ratio. La lógica supone que el aparato de justicia deberá tutelar en alguna de sus vías jurisdiccionales, los derechos fundamentales conculcados, a efectos de reestablecer, anular o recuperar el daño, lesión o perjuicio ocasionado, de esta forma se podrá enderezar la acción del legislador, y se emancipe el derecho del poder fáctico, dirigido por las alianzas políticas convenidas en el plano legislativo. (las mayorías se imponen a las minorías, y se deslegitima la democracia como forma de solucionar los problemas e una sociedad en los diferentes niveles decisionales de los poderes del Estado).

Con la duda persistente aún y la idea inconclusa del significado del poder, lo cierto es que el pueblo tiene también poder, y se patentiza ´con la democracia, (“demos Kratos- poder del pueblo) pero lo entrega en las urnas sigue siendo una paradoja de las más inimaginables e incomprensibles. A pesar de que el pueblo es el soberano y la encarnación viva de la democracia y la pureza de la legitimidad del poder,  Pero lo cierto es que  cada cuatro años, el ciudadano común rompe con esa sumisión y se niega a votar por el político fraudulento, traicionero y fascinador, no obstante, la truculenta manipulación de las empresas encuestadoras y la barbarie de la mercadotecnia y ahora con la participación de las redes sociales, hacen que su espíritu se haga dócil, pero a la vez se enerve por los partidos o candidatos de su preferencia y sus pasiones se alteren,  y  renegando contra la parafernalia y escandalosa fiesta electoral de los partidos políticos, termina eligiendo a sus gobernantes.

Sin embargo, el elector queda atrapado en la disyuntiva, orquestada por los medios oficiales y la algarabía de los aparatos de control y dominación, declina momentáneamente ante el ofrecimiento de las promesas de campaña, oponiendo una férrea resistencia, a abstenerse al sufragio o a ser parte de la cultura cívica y política, y finalmente cae en las redes de la persuasión y del convencimiento del político de turno, aquel que no pasa de ser un experto hablador, adulador y demagogo.

Finalmente, el ciudadano se ahoga en el juego electoral y se autoanula, siendo víctima de los cantos de sirena electorales, confirmando de este modo, la grandeza y legitimidad del sistema democrático y electoral, como un acto irónico y heroico propio de un patriota y demócrata.

Perspectiva del poder empírico y acientífico

Desde una perspectiva acientífica, podría pensar que es un conjuro o embrujo, que eclipsa al ser humano y se fragua en las oscuras maquinaciones de los círculos cerrados de la política, con ingredientes acientíficos, plagados de ocultismo puro, que culminan en la traición tosca o la jugarreta certera, o quizás se atribuye a una energía que desciende lentamente del altar sagrado de la divina providencia, privilegio heredado a ciertos mortales, escogidos por la predestinación, siendo este grupo los elegidos para la fortuna y privilegiados de los designios ocultos de Dios, o será quizás un influjo energético que se activa con ciertas cábalas.

Muchos hacen gala del opúsculo del poder, para otros se trata del ingenio de un diestro codificador de las jugadas maestras, o quizá de un calculador o abnegado adulador, que con pericia teje la más fina estratagema del ajedrez político, pues ambiciona el triunfo a cualquier precio, y termina mofándose del juego sucio y enfermizo del poder, y culmina con una apoteosis del triunfo, que registra en su haber histórico, sumando más enemigos que lo detestan y falsos amigos que lo alaban.

Desde una visión sociológica, podríamos pensar que el poder es una condición social construida por el ser humano a través de la acción comunicativa (Habermas), que se origina en las diferentes capas del tejido social como parte de los valores de una cultura determinada, o podría también ser el proyecto de una élite dominante, tratando de controlar el dominio sobre las masas, en todo el mundo, a través de la cultura dominante, arraigada en el campo del saber tecnológico, científico y/o económico, so pretexto del sistema democrático recogido en soberanía del pueblo; para otros es una línea de mando formal que ejerce  el agente público, emanada de la propia legalidad y de la estructura legítima del Estado, a través de actos o actuaciones, formales o materiales de capacidad intelectiva de la administración pública.

En ese sentido, existen una serie de explicaciones que desbordan nuestros sentidos, sin embargo, hay líneas convergentes, que coinciden en una serie de aspectos en común, como puede ser; que el poder se explica mediante el binomio como: intangible/real, posesivo/liberador, enviciador/depurador, omnisciente/específico, y por otra parte, está siempre sujeto a una respuesta, o a un fin falible, recordemos que a partir de la propia actividad humana genera oposición dialéctica, se desborda, desconcierta y hace irremediablemente una punto de quiebre; su destructividad o constructividad,  reside en la forma que el operador ostenta el poder y el fin que le da al mismo, su acierto ético se deriva del manejo correcto o incorrecto de esta facultad, que opera en la cotidianidad del ciudadano de a pie, y se trata con un hecho innegable, de un fluir paralelo..

Por otro lado, el poder tiene implícito un efecto adictivo, desde su formación en su etapa embrionaria hasta los niveles superiores de interiorización, como suele suceder en los órganos y entes públicos, cuando llega a alcanzar la fase superior jerárquica en la estructura del Estado, es decir entre más alto sea el puesto, se incrementan los niveles de ambición, exigencia, imposición nepotismo, y pocas veces ocurre lo contrario,

El poder contiene un ingrediente o sustancia perniciosa y alucinógena, que genera un efecto cegador y constituye un vicio envolvente, acelera e interviene en todos los niveles del sistema fisiológico: por un lado, desde el momento que se activa en el ser humano, y se filtra como una dosis letal de una sustancia dañina, para decirlo de forma imaginaria o metafórica, al entrar en el torrente sanguíneo, acelera la producción de químicos cerebrales como la adrenalina, dopamina, endorfina, serotonia, y todos los demás bioquimicos, se enturbia la razón, sufre de intensos y alterados estados emocionales, que se asocian con ambiciones excesivas, incipientes deseos materiales, desordenes de vida inmanejables, placeres desmedidos, ideas turbias y recurrentes sobre la vida, excesos mundanos, vanidades extremas,  abuso de poder y actos de frecuente corrupción.

Lo cierto es que nadie permanece inmune a su efecto pernicioso y adictivo, manifestándose a través del comportamiento conocido y denominado: sed de poder.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...