Gustavo Román Jacobo.
Hasta que leí los trabajos del biólogo evolutivo Robert Trivers sobre el autoengaño, pensaba que este era solamente una forma de consolarnos o protegernos de una verdad que nos resultaba dolorosa. Algo tipo «Miénteme como siempre, por favor miénteme, necesito creerte, convénceme» de Luis Miguel, o «La primera mentira» de Silvio Rodríguez.
La tesis de Trivers es peor: nos autoengañamos para engañar mejor. Nos autoengañamos para que las señales que involuntariamente refleja nuestro cuerpo cuando mentimos con plena conciencia no alerten a nuestras víctimas de que las estamos engañando.
Pues bien, es difícil imaginar un ámbito más propicio para ello que el de la religiosidad, por lo insondable que es la experiencia religiosa como dimensión de la subjetividad humana y por lo mucho que su dimensión social se presta para la manipulación.
La propia Biblia abunda en advertencias sobre lo aparente que puede ser la piedad y la devoción, tanto en su faceta íntima como en la pública:
«Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer. 17:9).
«Así dice el Señor Todopoderoso: No hagan caso de lo que dicen los profetas, pues alientan en ustedes falsas esperanzas; cuentan visiones que se han imaginado y que no proceden de la boca del Señor» (Jer. 23:16).
«Tales individuos son falsos apóstoles, obreros estafadores, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz» (2 Cor. 11:13-14).
Tremendo, ¿verdad?
El sentirse especialmente amado por Dios podría obedecer a un ego delirante que se imagina centro del universo.
La oración podría acabar siendo un monólogo superyoico.
Lo que se cree virtud podría ser simple rechazo a lo diferente.
La devoción podría deberse más al miedo al castigo que a la admiración por la magnificencia.
Lo que se imagina amor a la ley de Dios podría ser, en el fondo, un blanqueamiento del odio al prójimo.
Y lo que uno llama fe podría ser solo una negación de la realidad.

