Gustavo Román Jacobo.
Veinte años de intoxicación cognitiva y social con plataformas digitales fueron necesarias para que, el pasado 25 de marzo, por primera vez, un tribunal estadounidense condenara a Meta y a Google por el diseño adictivo de sus «apps».
Lo que desde hace más de 15 años personas como N. Carr, S. Turkle y E. Morozov venían advirtiendo, fue por fin acreditado en estrados.
El paralelismo con la estrategia de desinformación de los asesinos (sí, asesinos) de la industria tabacalera es notable.
Por décadas hicieron de la «duda» y la «prudencia científica» su ardid estrella para posponer la regulación del veneno con el que lucraban.
Empeño en el que contaron con «investigadores científicos» a sueldo y charlatanes que se encargaban de su blanqueamiento ideológico; algo así como lo que hoy hacen A. Baricco, M. Andreessen y similares en favor de Silicon Valley, descalificando como apocalípticos, tecnófobos o luditas a todos los que advierten las amenazas de esas tecnologías.
Quede claro: la condena no es por efectos no deseados de las apps. Es por su diseño, esto es, por la construcción intencional con la que esos maleantes (a los que muchos siguen admirando como genios) provocaron terribles daños psíquicos (a las personas) y sociopolíticos (a los países) con tal de enriquecerse.

