Halloween, ni tan nuevo, ni tan gringo: está aquí desde la Colonia

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Marjorie Ross.

“Ángeles somos, del cielo venimos, limosna pedimos y si no nos dan, puertas y ventanas nos la pagarán”.

La festividad nació como una cooptación, por parte de la Iglesia Católica, del antiguo festival pagano de los muertos, en sus orígenes celtas y romanos.

Los creyentes de varias religiones ven con malos ojos los atuendos y dulces del 31 de octubre. Los fundamentalistas, incluso consideran que disfrazarse y divertirse a propósito de esa fecha, víspera del Día de Todos los Santos, es diabólico y satánico. Para otros opositores a la celebración, significa abandonar nuestras tradición es para abrazar costumbres y rituales estadounidenses, etiquetados bajo el término inglés “Halloween”, un vocablo que vino para quedarse.

Pero no es cierto que la costumbre nos llegara de los Estados Unidos, ni mucho menos, que se trate de un ritual satánico. Tanto en Europa como en América Latina la fiesta se remonta siglos atrás y es la más reciente versión, secularizada, de una festividad religiosa católica, tendiente a sacar del purgatorio a las ánimas de los difuntos. Por ese lado, lejos de ser “demoníaco”, el ritual más bien estaría del lado de “los buenos” en la acera de en frente. No fueron los estadounidenses, sino más bien los españoles, quienes trajeron la tradición hasta estas tierras.

En la Cartago colonial

Por las ánimas benditas, todos hemos de rogar, que Dios las saque de penas y las lleve a descansar.

En las empedradas calles de Cartago, antigua capital colonial de Costa Rica, se coreaba la última noche de octubre la siguiente estrofa: Ángeles somos, del cielo venimos, limosna pedimos, y si no nos dan, puertas y ventanas nos la pagarán.

Reseñaba el periodista costarricense Francisco María Núñez, que esa noche las oscuras calles de la Vieja Metrópoli y otras ciudades de Costa Rica se llenaban del sonido de una persistente campanilla, cuyo portador iba al frente de un lúgubre desfile. Detrás de él, cada participante portaba su farol grande, colgado de un palo. En cada lado del farol, calaveras y fémures ponían la nota dramática. Si se tenía a mano una estampa del purgatorio, en la que se viera el sobrecogedor sufrimiento de las almas en pena, también se añadía.
Con voces cavernosas, los devotos iban de casa en casa pidiendo “una limosnita para las ánimas del santo purgatorio, por el amor de Dios”.
Por las puertas, apenas entreabiertas, misteriosas manos entregaban golosinas, entre ellas, yemitas de huevo y suspiros (golosinas de azúcar y clara de huevo, llamadas entonces suspiros de las ánimas), sabedoras de que, en caso contrario, del manto de la noche surgiría la amenaza de hacer algún daño, poco menos que inocente contra aquella morada.
Para iluminar el macabro cortejo, al par de los faroles se usaban grandes antorchas. Estas servían para guiar a los muertos y que no se perdieran de camino, ya que se pensaba que esa noche salían a visitar a sus deudos, para renovar las conexiones de familia, amistad y devoción.
Como acompañamiento al sonido de la campanilla, que tenía por objeto alejar a los espíritus malignos, estaba el golpe que producía el choque de los huesos de animales que muchos portaban, tanto para hacer ruido como para causar miedo.
La ocasión se convertía en pretexto para que los jovenzuelos hicieran sus travesuras, amparados detrás de la santa intención de librar de los tormentos a los antepasados propios y ajenos. Si no había respuesta positiva a sus demandas, surgía el versito antes mencionado, equivalente al anglosajón trick or treat (traducido libremente: regalo o venganza), con que se amenazaba a quienes mantenían sus puertas cerradas, imperturbables ante el desfile de farolas y calaveras.
El historiador Luis Ferrero Acosta (Costa Rica 1930-2005) me contó haberlo recitado en su infancia en Orotina, en donde la tradición (al igual que en Sánchez de Curridabat, poblados de Cartago, el valle de Barva y San Ramón, según otros entrevistados), estuvo viva bien entrado el siglo veinte.
Si había buena respuesta, el generoso era recompensado con otra estrofa:
“Esta limosna que has dado con amor y con anhelo, será la primera escala para que subas al cielo”.
Pero si surgía una respuesta negativa, o simplemente se ignoraba a los solicitantes, se oían de nuevo las voces irónicas:
“¿De qué les sirve, señores, tanta pompa y hermosura, si todo lo han de dejar al pie de la sepultura?”.
El acto de disfrazarse estimula la creatividad.
Sobre la presencia de disfraces en la festividad hay varias teorías, no necesariamente excluyentes. Por un lado, se trata de repetir los hábitos luctuosos, sombreros y embozos de color negro, con los que desfilaban para esas fechas en la Edad Media, y que se han ido identificando también con el personaje complejo de la bruja. Los trajes blancos y fantasmales eran reminiscencias del sudario con el que se sepultaba a los muertos.
Las máscaras eran artículos de uso frecuente en aquellas épocas, protección contra los “espíritus del mal”. Basta con mirar los atuendos de penitentes y afligidos en algunas celebraciones de Semana Santa en países católicos, para que se evidencie la relación.
Otros señalan que los celtas se cubrían con pieles de animales, para evitar que los espíritus menos amistositos los visitaran, y que ensuciaban sus moradas para hacérselas poco acogedoras a esos espantos. Los disfraces serían, para ellos, un uso moderno del mismo truco protector.
Una sola mención a la calabaza: no nos resultan extrañas las cucurbitáceas, porque desde tiempos prehispánicos ha habido en nuestro suelo una gran variedad de ellas, que han sido talladas y usadas de maneras diversas. En regiones como San Pedro de Poás, la tradición oral ha transmitido el recuerdo de días anteriores a la llegada de la luz eléctrica, cuando eran los ayotes los portavelas preferidos.
Los tiempos pasan, las tradiciones se transforman y se globalizan. Pero la gama de sentimientos humanos que se desencadena ante la inevitabilidad de la muerte, con Halloween, o Fiesta de las animas o Día de muertos, más la inagotable sed de travesuras de niños y jóvenes, hará que este tipo de actividades resurjan una y otra vez.
Los valores de respeto —y memoria viva— por quienes ya se fueron; de la fiesta y la convivencia; de la tolerancia y la celebración comunitaria, así como el elemento lúdico del disfraz, la sorpresa y el alimento compartido, están allí, para ser recuperados, con base en el respeto a las creencias y valores de cada quien.
En esto, como en todo, es importante volver la mirada hacia nuestras raíces y reencontrar el origen de la fiesta en nuestra propia identidad multicultural.
También lo es el tener un encuentro desenfadado con la muerte, a la que los costarricenses parecemos mirar con tal respeto, que hasta su nombre se nos torna impronunciable. Para terminar con una sonrisa, recuerdo en este sentido la anécdota del socorrista de la Cruz Roja, que después de examinar a un muerto accidentado, al ser interrogado así por un pariente del fallecido: ¿Cómo lo ve, dígame cómo está?, su respuesta fue: Diay, yo lo veo feíllo, pero …quién sabe. Somos demasiadas veces incapaces de ponerle nombre a la muerte, incluso cuando la enfrentamos a diario.

 

La autora es escritora y periodista. Doctora en educación. 

 

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