Hámer Salazar, Biólogo. info@hamersalazar.com

Es una casa típica del mediterráneo: alta, de dos plantas, con arcos que forman pórticos que dan a un amplio corredor con vista al este. En la segunda planta tiene una espaciosa terraza desde donde se observan las ruinas del ingenio azucarero y grandes extensiones de cañaverales; hacia el sur un pequeño balcón y una habitación en voladizo, con ventanas pequeñas adornadas con columnas trenzadas. Las paredes blancas de ladrillo son muy gruesas. El piso es rojo de mosaicos pequeños. Alrededor de todas las paredes, cerca del techo superior, tiene ventilas por donde ahora se cuelan los murciélagos.

En esta casa, vivían don Bernat, su esposa Remei y Dolores, la criada. Sus cinco hijos se habían casado y todos decidieron volver a Cataluña, España, su tierra natal.  Lola, como le decían, se crio con ellos. Desde muy pequeña, era quien cuidaba el ajuar de la mansión y se encargaba de los oficios domésticos. Era también con quien Bernat, de manera furtiva, aliviaba su virilidad y ella lo complacía sin más quejas que las mismas que generaban el mismo placer del encuentro de dos cuerpos. Ya con su esposa había perdido toda pasión, pues ella, conocedora de aquella cruel realidad, se sumió en el alcohol para aliviar su pena.

Era la Lola quien sabía en qué lugar de la casa se encontraba cada cosa, hasta las más secretas. Ella, mejor que nadie, lo sabía. Sabía dónde Bernat ocultaba una gran tinaja de barro, repleta de monedas nuevas. Ella lo observaba cuando por la tardes habría la portezuela y bajaba las escaleras al oscuro sótano y, allá, en un rinconcillo, debajo de unas tablas sueltas del piso, había un hoyo que abrazaba la gordita tinaja roja de barro embarazada de monedas.

El sótano, frecuentado en otros tiempos por todos los habitantes de la casa, pues era aquí donde estaba la cava, terminó en el olvido cuando Bernat decidió deshacerse de todos los vinos y licores para tratar de detener el alcoholismo de Remei. La señora, desesperada por la falta de licor, gritaba y arañaba las paredes. De vez en cuando, alguno de los trabajadores de la finca, de manera clandestina, le traía una botella de chirrite de la saca de guaro que tenían en el bajo del río Rosales, cerca del trapiche.  La abstinencia obligatoria le permitía a Remei tener algunos días de sobriedad que aprovechaba para alegar hasta con las piedras del camino.

Una madrugada de octubre la muerte llamó a la puerta de Bernat.

Llovían lágrimas de dolor en Dolores y retumbaban relámpagos de traición en su corazón. Bernat no logró ver la luz del sol.  Él la conocía como nadie y supo que Lola también conocía su secreto. Era la única que lo sabía. En su corazón Bernat creía que Dolores repartiría el dinero entre la familia cuando él faltara.  Era un secreto que ambos compartían solapadamente y hacían como si ninguno lo supiera.

Sin embargo, pocos días antes que le diera el infarto, Bernat adivinó que Dolores se quedaría con el dinero.  Ese pensamiento lo llevó hasta su muerte y en la víspera del último suspiro, también su último pensamiento se fue a refugiar al oscuro y frío sótano, junto a la vasija de barro.  El viejo exhaló su último aliento de vida y allí, en la embriagada cripta, quedó su pensamiento, huérfano, sin tiempo para volver a su origen, sin mente alguna que lo albergara y buscó refugio en la vasija, como si de la calavera de Bernat se tratara.

Todos los vecinos llegaron a despedir al viejo catalán y encomendarlo a la virgen de Montserrat. Durante el día se repartió café y pan casero que con mucho entusiasmo preparó Dolores, a pesar que sentía su corazón desgarrado. Ella sufría de tristeza por Bernat quien había sido como su padre, pero también su amante.

El cortejo fúnebre inició cerca de las seis de la tarde. Un carruaje halado por dos hermosos corceles azabaches cargaba el féretro y detrás un puñado de mujeres vestidas de negro, con pañoletas que cubrían sus rostros; los hombres descalzos y con la cruceta al cinto, caminaban en silencio a modo de guardaespaldas.

La noche era oscura, fría y húmeda como el sótano, pero no llovía. Los cuyeos silbaban delante del séquito de dolientes y levantaban vuelo como fantasmas en medio de la noche. En el camino solo algunos sollozos se escuchaban, el lamento de las ruedas del carruaje que daban con las piedras y el cascoteo de las bestias en el camino de la vieja calle que conducía hasta el cementerio.

En la casa se había quedado la viuda, arrebujada de tristeza y soledad en un rincón del cuarto voladizo del segundo piso, desde donde vio partir el féretro.  Cuando la gente desapareció en la oscuridad del camino, Remei daba gritos de desesperación y soledad pegada a la ventana. También estaba Dolores quien trataba de poner todo en su lugar apresuradamente, como si tuviera urgencia de irse y que todo quedara en orden. Movió muebles, lavó trastos, reacomodó los dormitorios, subió al segundo piso a darle un vaso de guaro a la viuda para que se calmara, pero como recompensa recibió una sarta de improperios y la viuda salió corriendo dando voces por toda la casa, reclamándole por su concubinato.

Dolores bajó rápidamente las escaleras, no para seguir a Remei, sino para llegar hasta el sótano. Fue a la cocina y tomó una vela para bajar las escaleras de la cripta. En este recóndito lugar, chorreó esperma de la candela en la mesa y ahí mismo la sembró. Levantó una de las tablas sueltas del piso y al instante, de la boca de la tinaja, brotó un enorme chorro de luz de color naranja intenso que golpeó la vista de Dolores. Nadie vio el espectáculo de luz que destellaba por las ventanas de la casa. La vista de Dolores quedó en blanco y no supo más de sí porque su corazón dejó de latir.

No hubo gritos ni lamentos. La vela se consumió en su propia luz y la mujer subió a darle consuelo a la viuda, pero esta vez no necesitó las escaleras ni la luz de la vela. Remei, al ver a Dolores convertida en un espectro, salió corriendo y dando voces, a la vez que tiraba platos, vasos y cuanto se encontraba en su camino. Dolores tomó la escoba para recoger todo aquel desorden.  La escoba se movía, pero el desorden permanecía. El sótano volvió a quedar oscuro y frío y toda la casa en absoluto silencio.

Sin Bernat ni Dolores, el sótano quedó en el olvido. Nadie volvió a entrar en él. Allí quedó la botija, la luz abrazadora del último pensamiento de Bernat, convertido ahora en el cancerbero de aquel tesoro, y el esqueleto de Dolores. Nadie volvió a saber nada de ella. Todos creyeron que se fue de la casa. La viuda ya no quiso vivir más allí. Desde entonces nadie ha podido vivir en la misteriosa casa blanca y quienes lo han intentado aseguran escuchar platos y vasos caer o las escobas moverse de lugar.

Desde la calle, hay quienes aseguran haber visto la silueta de una mujer con los ojos en blanco que se asoma por las ventanas y destellos de luz que vienen de dentro de la casa…

 

Por Hamer Salazar

Es biólogo y profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica, no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá de su profesión y cargo académico citados.