Hámer Salazar: El olvido en el otoño de la vida

Mi respeto y cariño para los enfermos de Alzheimer, pero más para los familiares que se mantienen firmes brindándoles el mejor medicamento que ellos pueden recibir: su propio amor, cariño, comprensión y ternura.

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Hámer Salazar, Biólogo. info@hamersalazar.com

He conocido amigos con familiares mayores que han caído en el letargo del olvido, en el silencio abrumador del Alzheimer, a veces con desvaríos múltiples y violentos, como si el cerebro tratara de desenrollar el pasado como estrategia para volver al presente. Lo cierto es que, para los familiares y amigos, el tema se convierte en un drama, y no es para menos. Sin embargo, con el único propósito de contribuir a entender un poco ese silencio profundo, en el que no estoy exento de caer es que quiero hacer este comentario, por si me llegara a ocurrir.

El 21 de setiembre es el último día del verano en el hemisferio norte, pero es también el Día Internacional del Alzheimer, ese día es casi como un poema pues cuando se cumplen los 60 años hacemos una metáfora con las estaciones del año para indicar que entramos en el otoño. cuando se entra al otoño de la vida es cuando las posibilidades de contar con el alemán como compañero de viaje – Alzheimer, en recuerdo del médico alemán que descubrió la enfermedad – son más altas.

Es aquí donde quiero hacer una metáfora entre las personas con Alzheimer y lo que observamos en la naturaleza. Si dentro de los caminos de mi vida me llegara a topar con este alemán, y sin que yo lo quiera, se convierta en mi compañero de viaje, quisiera que los demás me vieran, me percibieran y me quisieran como se quiere a un árbol al que le llegó el otoño más crudo despojándolo de sus hojas, y que, luego el invierno más frío, le dejó el cerebro vacío, pero que sobrevivió a ambos gracias a los cuidados y al calor humano de sus familiares y amigos. Solo así puede sobrevivir un árbol que tiene raíces profundas en sus hijos, nietos y amigos, un árbol que ha crecido en suelo firme con el abono del amor y el cariño de la tierra que lo vio crecer y de los retoños que no lo dejan fenecer.

Pero después del invierno viene la primavera. Las etapas más traumáticas de ese primer otoño y ese primer invierno ya se superaron. A los retoños, a los hijos, nietos y otros familiares, les queda la tarea de que aquel árbol que se mantiene en pie permanezca disfrutando de la vida a su manera. Así como cualquier árbol recibe el amanecer con lluvia, con sol, con viento, con niebla; así como recibe la caricia de las aves y los insectos, así será el abuelo. El árbol no tiene cerebro ni tiene corazón, sin embargo, es un ser vivo que, a su manera, disfruta del sol y las estrellas, de la lluvia y las aves. ¡Está vivo! Y es lo importante.

El cerebro es solo una parte del cuerpo, que es la que más energía gasta pero que es, la mayoría de las veces, la menos productiva. Pues siempre se la pasa repasando el pasado para resolver aquello que pudo haber sido y no fue, o se la pasa pensado en el futuro, del cual no tenemos certeza y, entre tanto, se nos olvida el presente. Creemos que pensamos todo el tiempo, sin embargo, la cotidianeidad hace que el cerebro se vuelva vago y que se resista a crear o asimilar nuevas cosas, como aprender un idioma o a tocar un instrumento musical. Para el cerebro lo más importante es hacer lo que sabe hacer, casi que en “piloto automático”. Pero hay algo más que el cerebro en el ser humano. Es lo que llamamos mente, pero pensar que la mente está en el cerebro, es como pensar que los sentimientos están en el corazón. Se sabe que la creatividad y los pensamientos se generan en la corteza prefrontal del cerebro y que los sentimientos tienen lugar en el sistema límbico, ubicado a la altura de los ojos en medio del cerebro, no en el corazón, pero es que, en realidad, la mayoría de los órganos tiene su propio sistema nervioso, incluyendo el corazón y el sistema digestivo, de tal manera que las personas, seguimos siendo de la misma naturaleza, solo que con un trastorno en la corteza prefrontal que le impide la creatividad, la coherencia, los recuerdos, etc. Pero los demás órganos y sistemas siguen funcionando bien.

En una oportunidad, una señora de más de 60 años, me contaba una infidencia. Me decía que su esposo, quien era contador público, era una persona sumamente ocupada, tanto que lo mantenía alejado muchas horas del día de su familia e incluso era parco en el amor y en la cama. Durante su vida matrimonial había pasado largos días de ayuno sexual por las razones que ya he anotado. Para infortunio del hombre, le llegó el día en que comenzó a perder la memoria y con el paso del tiempo hasta las facultades para bañarse y vestirse solo. Un buen día, mientras lo bañaba, se le ocurrió a ella desnudarse para compartir el baño y descubrió al hombre que permanecía en aquel cuerpo sin recuerdos. Desde entonces, la mejor hora del día es la del baño, donde la señora ha recuperado todo aquel tiempo perdido.

A veces creemos que los seres humanos somos solo el estuche que nos lleva, es decir la entidad biológica que somos. Pero somos más que eso. Somos energía que se mueve en un cuerpo físico. Una energía que es parte de la Energía Universal, y nuestra mente forma parte de la Mente Universal, así como nuestra conciencia también forma parte de esa conciencia del Universo, que en resumen podríamos denominar como Dios. El árbol no tiene cerebro ni corazón, pero el Universo no lo deja solo. La fotosíntesis y todas las demás funciones se realizan y en él, sin necesidad de decirlo, están los recuerdos de la flor y los frutos, porque forma parte del todo que es solo uno, el universo.

Con cuanta armonía con el Universo vive un árbol, sin cerebro ni corazón, pero gozando de la energía, la conciencia y la inteligencia que baña que baña a todo y a todos, desde la estrella en el último confín, hasta la célula que está naciendo en mi cuerpo.

Mi respeto y cariño para los enfermos de Alzheimer, pero más para los familiares que se mantienen firmes brindándoles el mejor medicamento que ellos pueden recibir: su propio amor, cariño, comprensión y ternura.

 

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