Hámer Salazar: Los caminos de la calle y el dormitorio municipal

Hámer Salazar, Biólogo. info@hamersalazar.com

Mientras sostengo la mano de mi tío, quien se encuentra prostrado en cama en el sexto piso del Hospital México, observo a un hombre grueso y peludo que se mueve en su silla de ruedas por el pasillo principal hacia el centro del edifico. Minutos después, unos asistentes de enfermería entran a la habitación y anuncian que todos los acompañantes de los pacientes deben salir y dirigirse a la sala de televisión. Había llegado la hora del cambio de pañales a quienes lo necesitaban. Mi futuro se asoma a esa circunstancia a la que no quisiera tener que llegar a vivir. Aquella llamada a salir era solo para mí, pues no había más acompañantes.

Me dirijo a la sala de televisión y ahí está el hombre grueso y desgreñado viendo el Festival de la Luz en la televisión. Una sonrisa se asoma en su cara, como añorando estar allí.

—¿Y qué lo trae por aquí, amigo? —Le pregunté.

—¡Ay, papá! una bacteria que por poco y hace que me corten la pierna.

El tipo luce de unos cincuenta años y por su contextura le pregunto:

—¿Por diabetis?

—No, hermano. Pero vivo en la calle y casi siempre iba a pasar las noches al Dormitorio de la Municipalidad de San José, pero ahí no vuelvo.

—¿Y por qué?

El hombre cruza su pierna derecha y la coloca sobre el muslo de la pierna izquierda, la que tiene dañada y, dando una mirada al pie, también le sigo la mirada y observo que el pie es muy pequeño.

—He sido ciudadano de la calle casi toda la vida. No sé cómo es que he llegado hasta aquí. Me dio polio desde que tenía dos meses de haber nacido. Mi vida no ha sido fácil. Pero a ese lugar no vuelvo.

—¿Qué pasa con ese lugar?

Vuelve a ver de nuevo la televisión y me dice:

—Ahí estuviera yo vendido cositas a la gente. Ve como la gente está contenta viendo el festival de la luz, es que en pandemia sí fue difícil.

Hace una pausa y clava su mirada en el suelo, como observando el piso del Dormitorio Municipal, y continua.

—Mira, hermano, es que ese lugar es inhumano, los servicios sanitarios están malos, los orines y excrementos están por todos lados, y ahí fue donde, casi estoy seguro, agarre esta maldita bacteria. Yo sé que el lugar no es un hotel, pero es que como somos habitantes de calle los de la Muni creen que podemos vivir y dormir en las peores condiciones. Es como si recibiéramos el doble castigo de no tener un hogar y el calor de una familia y, además, tener que dormir en esas condiciones.

—¿Le puedo tomar una foto y me permite publicarla?

—Claro que sí, solo que no olvide poner mi nombre: Rodolfo García Picado.

El rostro y la greña de don Rodolfo muestran la rudeza y la amargura de la calle, pero también la esperanza de que alguna institución le tienda la mano, para llevar una vida mejor, pero sobre todo que las autoridades municipales también inviertan un poco en dignidad, en decoro, en solidaridad, en empatía, en fin, en algo de humanidad para estas personas, que sean cuales sean las razones o las circunstancias que han mediado para empujarlos a ser ciudadanos de la calle, pero ciudadanos al fin y al cabo, personas de carne, sangre y huesos; de angustias, de penas y dramas como las de cualquier otra persona, pero más visibles porque ahí están desafiando la intemperie y la soledad, pero resistiéndose a morir y con la esperanza de que algún día pueda cambiar su condición.

En estos momentos de cambios en los cuadros políticos municipales, es importante que quienes pretendan acceder a estos espacios de poder, vuelvan la mirada también a esta parte oscura de muchas de nuestras ciudades y, nosotros, los ciudadanos no volvamos la cara para mirar hacia otro lado y continuar invisibilizando esta realidad.

 

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