Hámer Salazar: Los murciélagos son aves

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Hámer Salazar, Biólogo. info@hamersalazar.com

Hace muchos años, en la Grecia Antigua, el viejo Aristóteles, un apasionado por las ciencias naturales y con una gran avidez por el conocimiento, sin importar de cuál área del saber fuera, salía todas las mañanas a dar un paseo con sus discípulos, con el afán de impartir alguna nueva enseñanza, un nuevo conocimiento, una nueva inspiración; con la esperanza de encontrar algo que causara el asombro de los chicos, siempre dispuestos a aprender de aquel hombre bonachón. Porque sin asombro, sin la sensibilidad para asombrarse por el color de una flor, el vuelo de un pájaro o de una mariposa, el brillo de una gota de agua en una telaraña o el titilar de una estrella – decía Aristóteles – no hay preguntas y sin preguntas no hay respuestas, ni explicaciones, ni conclusiones. Cualquier cosa, cualquier persona, cualquier animal, las nubes, el sol y hasta una hoja danzando con el viento eran motivo para una lección del viejo sabio.

Una mañana, mientras caminaban al pie de un acantilado, un par de estudiantes observaron una cueva y eso era un buen motivo de asombro.

  • ¡Mirad! Maestro, una caverna – exclamó uno de ellos.

Todos volvieron la mirada hacia donde apuntaba el dedo índice del chico, que dibujaba en su rostro una gran sonrisa y los ojos muy abiertos.

Ahí estaba el evidente agujero negro en el acantilado blanco de roca calcárea.

  • ¡Sí mirad! – exclamó uno de los muchachos – ¿será como la caverna de las apariencias de Platón de la que ya nos habéis hablado? – Terminó preguntando el chico.

Efectivamente, ya el maestro les había comentado, en varias ocasiones, lo que él llamaba “la caverna de las apariencias” de Platón, que se refería al ejemplo del viejo Platón en aquella oscura caverna, donde había unos prisioneros encadenados que podían ver solo hacia la pared del frente; detrás de ellos siempre había un fuego encendido y entre ellos y el fuego un sendero por el que transitaban personas, algunas de ellas cargando cosas en sus hombros y conversando. Pero los prisioneros, que habían permanecido ahí por años, no lograban ver ni el fuego ni a la gente. Lo único que observaban eran las sombras de las personas que se proyectaban en la pared cuando pasaban delante del fuego, pero detrás de los prisioneros. Las voces también parecían provenir de la pared por donde se movían las sombras debido al efecto del eco.  Los prisioneros conversaban entre sí de la gente de la pared y las diferenciaban por los tamaños, las cargas que acarreaban y hasta por las voces. Pero era gente diferente a ellos, pues los veían planos, de color oscuro, sin detalles y hasta con movimientos extraños. Eran personas diferentes, con vida propia. Pero de algo estaban seguros, no eran sombras porque aquello era real, de acuerdo con su verdad.

Ante la pregunta el maestro asintió con la cabeza, guardó silencio y con un ademán invitó al grupo a acercase a la cueva. Al pie del acantilado descubrieron una escalinata labrada en la misma roca que permitía el acceso a la cueva. Más cerca de la abertura cayeron en la cuenta que por ahí cabía bien cualquier ser humano. Ascendieron unos dos metros y uno a uno comenzaron a ingresar a una especie de vestíbulo claroscuro, donde se arrebujaron mientras el maestro les daba nuevas indicaciones.

Intentaremos entrar – dijo el maestro – pero con mucho cuidado, puede haber serpientes u otros animales peligrosos.

Los chicos guardaban silencio. Su corazón latía fuertemente, tanto por la subida de la escalinata como por la expectativa de entrar en la caverna.

El maestro comenzó a avanzar lentamente. A medida que ingresaban la luz iba disminuyendo. El sabio se detuvo y detrás de él todos lo hicieron al contacto con su compañero de frente, que no se movía. Se escuchó un leve silbido luego muchos más y, seguidamente, el revoloteo de cientos de murciélagos que salían de la cueva huyendo de los humanos.

En medio de la oscuridad el maestro se acuclilló y con voz fuerte les ordenó acuclillarse. Los chicos gritaban de miedo y movían sus brazos de un lado a otro como tratando de quitarse de encima los murciélagos. Después de un momento, el barullo de los animales y los humanos pasó. El maestro ordenó a todos dirigirse con cuidado hacia la luz, hacia la salida. Hasta ahí había llegado la aventura en la cueva. Bajaron tan pronto como pudieron y ya, al pie del acantilado, no dejaban de hablar del susto que se habían llevado.

¿Qué eran esos bichos tan raros, maestro? – preguntó uno de ellos.

  • Murciélagos – contestó el maestro – mientras mantenía sus brazos hacia atrás.
  • ¿Y cómo son? Porque lo que yo sentí fue un revoloteo como de pájaros que pasaban sobre mi cabeza – afirmó otro.

Aristóteles, quien ya conocía bien estos animales, había atrapado uno de ellos con su túnica y lo mantenía oculto de la vista de sus pupilos.

Lentamente, giró uno de sus brazos y con las dos manos, comenzó a quitar la tela que cubría al animalillo. Tomó la punta de un ala con una mano e hizo lo mismo con la otra mano, de tal manera que el murciélago quedó totalmente expuesto.

El asombro no se ocultó del rostro de los estudiantes. Nunca habían visto cosa semejante. Era como un ratón con alas. Las preguntas y comentarios no cesaron entre ellos.

Fue el mismo estudiante curioso que había señalado hacia donde estaba la cueva el que preguntó:

  • Maestro: ¿Es un ave o un mamífero?
  • Vosotros que creéis – increpó el viejo.

Las respuestas estaban divididas. “Es un ave”, “no, que no, es un mamífero, miradlo bien, es como un ratón con alas”. “Que no, cómo os ocurre que un ratón va a volar”. Y así discutían hasta que el maestro les propuso que se llevaran la inquietud para sus casas y lo discutieran con sus familiares y así lo hicieron.

Al día siguiente, en el gimnasio, continuaron con la discusión y no había consenso. Los muchachos que habían encontrado la caverna explicaron a la clase que los murciélagos no podían ser aves porque no tienen plumas y sí pelo como los ratones; que no tiene el pico como un pájaro, sino que tiene boca y dientes como un mamífero. Esto casi los convence, pero vuelan. Después de largas horas de discusión Aristóteles les propuso hacer una votación democrática y separó a un lado los que creían que los murciélagos eran aves y en otro los que creían que eran mamíferos. Solo dos creían que eran mamíferos porque tenían las evidencias más claras.

A pesar de las protestas de la minoría, Aristóteles aceptó el resultado democrático. Así fue como la democracia definió que los murciélagos eran aves. Debieron pasar más de 1500 años, para que Carlos Lineo pusiera orden en el asunto y definiera, con las mismas pruebas de los pupilos de Aristóteles, que los murciélagos son mamíferos. Y es que hay áreas del conocimiento humano que no se pueden ni se deben definir democráticamente. No vaya a ser que terminemos considerando democráticamente que los melones son toronjas, y que las piñas son papayas…

 

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