Harold James: ¿Qué hay detrás de la crisis de la democracia?

In democracies around the world, voters increasingly feel as though most of the major choices affecting their lives have already been decided through existing legal and international frameworks. But while rules-based technocracy – and corporatism before it – may have been well-suited to monolithic forms of identity, it no longer suffices.

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by Harold James

PRINCETON – Ya es innegable que la democracia está en riesgo en todo el mundo. Muchas personas dudan de que esté funcionando para ellas (o de que esté funcionando en cualquier sentido). Las elecciones no parecen generar resultados reales, fuera de profundizar fisuras políticas y sociales preexistentes. La crisis de la democracia es en gran medida una crisis de representación o, para ser más precisos, una ausencia de representación.
Las últimas elecciones en España e Israel, por ejemplo, han sido inconcluyentes y frustrantes. Y Estados Unidos, viejo bastión de la democracia en todo el mundo, atraviesa una crisis constitucional en torno de un presidente que fue elegido por una minoría de votantes y que desde entonces se ha burlado de las normas democráticas y del Estado de Derecho.
En tanto, en el Reino Unido (donde el 12 de diciembre hay elección general) los dos partidos principales y sus respectivos líderes despiertan cada vez menos interés, pero la única alternativa (los liberaldemócratas) no ha conseguido llenar el vacío. Sólo los partidos regionales (el Partido Nacional Escocés, Plaid Cymru en Gales y el Partido Unionista Democrático en Irlanda del Norte) conservan alguna credibilidad. En Alemania, en tanto, una “gran coalición” aparentemente agotada es fuente de creciente desilusión.
Para muchos analistas, la fatiga democrática actual es inquietantemente similar a la del período de entreguerras. Pero hay una diferencia obvia: aquella crisis anterior de la democracia estuvo inextricablemente ligada a los padecimientos económicos de la Gran Depresión, mientras que la crisis actual llega en un tiempo de niveles de empleo históricamente altos. Pese a la sensación de inseguridad económica que hoy afecta a mucha gente, la respuesta a la crisis actual no puede ser una mera repetición de lo que ya hubo.
Durante el período de entreguerras, la gobernanza democrática fue objeto de frecuentes reformas para incluir en ella otras formas de representación. La más atractiva en aquel momento era el corporativismo, que suponía que grupos de interés formalmente organizados negociaran con el gobierno en nombre de un sector ocupacional o económico particular. Se esperaba que esos colectivos de obreros fabriles, agricultores y también empleadores fueran más capaces de llegar a decisiones que las asambleas representativas surgidas de elecciones, a las que se veía como imprácticas y atravesadas por divisiones políticas irresolubles.
El modelo corporativista de entreguerras hoy provoca rechazo, en particular porque quedó asociado con el dictador fascista italiano Benito Mussolini. Pero por algún tiempo, la idea de Mussolini fue atractiva para políticos de otros países, incluidos algunos que no se consideraban situados en un extremo político. Por ejemplo, el plan original del New Deal del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt contenía muchos elementos corporativistas, incluidos controles de precios, sujetos a negociaciones entre los sindicatos y las organizaciones industriales. Si hemos olvidado estos esquemas corporativistas es porque no sobrevivieron un fallo emitido en 1935 por la Corte Suprema de los Estados Unidos que determinó la inconstitucionalidad del capítulo primero de la Ley de Recuperación Industrial Nacional de 1933.
Pero es verdad que durante este período también aparecieron dictaduras surgidas de elecciones y pseudoelecciones, no sólo en Europa sino también en Asia y Sudamérica. Y estos fracasos catastróficos llevaron en la posguerra a una forma de democracia circunscrita por nuevos límites legales y constitucionales en el nivel nacional y por compromisos internacionales.
En el caso de Europa continental y Japón, la democracia fue en gran medida una imposición resultante de la derrota militar, con reglas fijadas desde afuera y exentas de cualquier cuestionamiento formal. Después de eso, la integración europea (en la forma de la Comunidad Económica Europea primero y la Unión Europea después) se manifestó como un sistema de resolución de disputas y aplicación de reglas al servicio de normas establecidas. Y en un plano más general, los acuerdos internacionales se convirtieron en una presunción implícita de que ciertas reglas eran inviolables, o sencillamente inevitables; que ya no estaban abiertas a cuestionamientos por ninguna vía, democrática o no.
A estas nuevas restricciones jurídicas se les añadieron consideraciones militares. Se presentó a las alianzas internacionales como un medio para mantener la seguridad nacional. El objetivo de la OTAN, según las famosas palabras de su primer secretario general, Hastings Ismay, era “mantener a los rusos afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”.
Este mecanismo excepcionalmente exitoso para garantizar la estabilidad en la posguerra ya se estaba desintegrando incluso antes de la repentina pérdida de legitimidad de Estados Unidos tras la Guerra de Irak (2003) y la crisis financiera global de 2007‑2008. Hace poco el presidente francés Emmanuel Macron usó palabras muy duras cuando dijo que la UE está “al borde de un precipicio” y que la OTAN tiene muerte cerebral, pero su descripción fue totalmente exacta. Bajo el presidente Donald Trump, Estados Unidos (y por ende, la OTAN) ya no tiene capacidad para el pensamiento estratégico ni voluntad de proteger los intereses transatlánticos.
Una crítica frecuente al orden de la posguerra es que no permitía ninguna opción democrática auténtica entre alternativas; de allí que los politólogos occidentales comenzaran a hablar de una amplia desmovilización. Y mucho antes de que apareciera una nueva derecha radical en Alemania, destacados intelectuales alemanes llegaron a la conclusión de que votar no cambiaba nada, que la modernidad es una cuestión de moderados sujetos a limitaciones autoimpuestas que gobiernan en nombre de los desmovilizados: una “letargocracia”.
De modo que el desafío actual es lograr una mayor inclusividad democrática. El corporativismo a la vieja usanza no puede ser la respuesta, porque la mayoría de las personas ya no se definen exclusivamente (ni siquiera principalmente) por la pertenencia a una sola ocupación. Por lo mismo, el argumento en favor de una tecnocracia internacional basada en reglas ahora parece agotado y simplista (aunque todavía se necesitan instituciones internacionales, como la UE e incluso la OTAN, para la provisión de bienes públicos).
Hoy la identidad personal depende de una compleja serie de factores. La mayoría de los individuos se ven como consumidores, productores, amantes, padres, ciudadanos, personas que respiran un mismo aire, según el contexto. Se necesitan opciones más frecuentes entre alternativas claramente definidas para convertir las complejidades de la identidad en expresión política.
Felizmente, las tecnologías modernas pueden ayudar. El ejercicio digital de la ciudadanía (a través de la realización electrónica de votaciones, encuestas y peticiones) es una solución obvia al problema de la pérdida de participación. Por supuesto, es importante pensar a conciencia qué decisiones se someterán a nuevos métodos más directos de deliberación y votación. Esos mecanismos no deberían usarse para decisiones trascendentales que son inherentemente controversiales y divisivas; pero pueden ayudar en lo referido a cuestiones más cotidianas y prácticas, como la ubicación de una red ferroviaria o vial o los detalles de las políticas de control de emisiones y de precios de la energía.
Esta visión de renovación democrática funcionará mucho mejor en países pequeños, como Estonia, que es un pionero de la ciudadanía digital y la residencia electrónica. Ciudades individuales podrían hacer lo mismo y de tal modo ofrecer enseñanzas a organismos políticos más grandes. Una respuesta local al problema de la representación puede ser el primer paso para la solución global de la crisis de la democracia.
Traducción: Esteban Flamini

 


Harold James

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University and a senior fellow at the Center for International Governance Innovation. A specialist on German economic history and on globalization, he is a co-author of the new book The Euro and The Battle of Ideas, and the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization CycleKrupp: A History of the Legendary German Firm, and Making the European Monetary Union.

 

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

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