Héctor Blanco González: Elección nacional, responsabilidad ciudadana

“Hace mucho tiempo aprendí a no creer en santos que orinan, en dioses con pies de barro, o en iluminados-incorruptos salvadores de la patria.”

Héctor Blanco González, Abogado.

Pienso que a nadie le interesa por quién voy a votar en las próximas elecciones nacionales. Ergo, a nadie voy a influenciar con las razones de mi decisión, en todo caso ese no es mi objetivo. Sin embargo, me parece importante, en ejercicio de mis libertades –pensamiento y expresión-, decir públicamente esas razones, que perfectamente me las pude haber guardado en el baúl profundo de mi conciencia.

Desde luego que soy consciente que decir las cosas de manera pública puede traer como consecuencia que mis “amigos” y quienes no lo son tanto, así como quienes tengan una decisión distinta, que respeto profundamente, puedan atacarme –incluso recurriendo a las ofensas o insultos como generalmente sucede cuando no se tienen ideas o razones-. Reitero: a quienes tienen posiciones y difieran de la mía, mi mayor respeto y consideración.

Si bien en el pasado, hace muchos años ya, quizá más de los que quisiera, participé activamente en la política partidaria –la política en el alto sentido de servicio y de herramienta para la justicia social y el bien común, siempre me ha atraído: la influencia para ello vino de mis padres, personas humildes y trabajadoras: mi madre era de armas tomar, ello pese a las limitaciones impuesta a las mujeres de su época; sin embargo, mi padre era más reflexivo: pensaba muy bien las cosas antes de actuar o de hablar y siempre estaba pendiente de lo que pasaba en la Asamblea Legislativa y en la comunidad; entre ellos comentaban los acontecimientos-. Primero, por desencanto partidario ante lo que me pareció el desvío de aquellos ideales y, luego, por razones laborales y profesionales, dejé esa participación y me dediqué a mis actividades en el servicio público de justicia al que, además, podía aportar mucho por mi formación académica y experiencia.

Finalmente, aunque estoy en libertad de estar activo en la política electoral, he permanecido alejado, no la he buscado ni ella a mí: la observo y también a quienes la ejercen –como quien presta atención a un animal matrero-, lo que me ha permitido ejercer la crítica sin interés alguno y en plena libertad, con independencia de quién o quiénes se trate (personas o partidos).

Pues bien, nos acercamos al próximo domingo, 6 de febrero, fecha clave en nuestro calendario electoral: estamos convocados, como ciudadanos y ciudadanas, a ejercer nuestro derecho al sufragio: debemos elegir quién será Presidente (a) de la República durante los próximos cuatro años, con ello jefe del Poder Ejecutivo, y quienes integrarán, como diputados (as), la Asamblea Legislativa. Realmente es una gran responsabilidad: no es nada fácil la decisión al tener una oferta tan grande (quizá ello fundamente al menos en parte la existencia de tantos indecisos): 25 personas dicen ser los mejores para la presidencia y una cantidad aún mayor de partidos quieren que votemos por su “plantilla” de diputados.

Todo ello obliga, a quienes nos cuestionamos el tema, a que busquemos alguna forma de escoger por quien votar: la primera regla que me he impuesto es la de “no creer en santos que orinan, en dioses con pies de barro, o en iluminados-incorruptos salvadores de la patria”, es decir, la persona por sí y su propia sobrevaloración, generalmente aún más exagerada en su propaganda o publicidad electoral, no debe ser la guía en la decisión. Eso me permite descartar un buen grupo de aspirantes, pero obliga a sumar a algunos elementos subjetivos de quien aspira, otros elementos o variables con algún grado de objetividad, aunque no infalibles.

Precisamente pensando en el momento crucial que vive el país y en la creencia de buscar lo mejor para el futuro nacional, creo que lo que se debe hacer es escrutar en los planes y programas de gobierno de las distintas fuerzas políticas, las mejores propuestas y si es posible, la viabilidad de su puesta en práctica en el menor tiempo posible, sobre todo en las materias más sensibles. Sé que me van a decir que ese trabajo es imposible o que los partidos y/o candidatos ofrecen el oro y el moro pero cuando llegan al poder se olvidan de todo. Respecto a lo primero, debo indicar que ya hay organismos públicos –más objetivos-, que han estado trabajando en ello, entre los que están universidades, el Programa Estado de la Nación y también grupos particulares de profesionales que han ordenado las distintas propuestas por temas, su existencia o inexistencia; esto puede ayudar. En cuanto a lo segundo, todavía no se ha inventado la vacuna para que no ocurra el incumplimiento de los programas por lo que siempre es un riesgo; lo que puedo agregar es que el peligro para el país sería aún mayor si solo nos atenemos a la figura de quien se postula.

Precisamente es la valoración de estos aspectos que me han llevado a inclinarme por la propuesta del Partido Liberación Nacional: el Programa Estado de la Nación –https://votemoscr.com/propuestas-de-gobierno/– le asigna 32 “propuestas robustas”, el que más tiene de los seis partidos que encabezan distintas encuestas, lo que determinó partiendo del contenido, la existencia de una meta definida como indicador de su impacto y la forma o política para cumplirla. Quince de esas propuestas abordan el tema de la pobreza y la desigualdad (vivienda, nuevos empleos, ataque a la pobreza, riesgo y vulnerabilidad social, red de cuido, derechos humanos, educación y salud); nueve relativas a economía y empleo (agro y ganadería, conectividad de internet, brecha digital, exportaciones, banca para el desarrollo); dos de gestión política (fortalecer el 911 y establecer constitucionalmente la vía rápida legislativa y darle iniciativa al Poder Ejecutivo, constitucionalizar el silencio positivo en vía administrativa); tres en medio ambiente (aumentar áreas marinas protegidas, reducción de gases efecto invernadero, prohibición y control de vehículos de combustión y uso de combustibles alternativos); otros: derecho de cuidado de la persona lo que relaciona con más empleo, electrificación rural; etc.

Desde luego que, aunque he dicho que no debe tomarse en cuenta de manera exclusiva y menos excluyente la figura del candidato, el programa de gobierno que se propone debe ser visto, además de con una buena dosis de duda, con la atención debida de otros aspectos: el liderazgo, experiencia y capacidad del postulante, la experiencia de gobierno del partido y del aspirante, la posibilidad real de que tenga la capacidad y vocación de formar equipos para atender las propuestas hechas y las duras tareas de gobierno, las relaciones internacionales con organismos públicos, privados o mixtos que puedan contribuir a salir del atolladero en que nos encontramos, y la decisión y habilidad de buscar el apoyo de todas las fuerzas políticas del país (sobre todo en la Asamblea Legislativa) y sectores sociales para sacar adelante al país.

Esas anteriores valoraciones, como ya indiqué, me llevan a decantarme por la propuesta del Partido Liberación Nacional y su candidato José María Figueres para la Presidencia de la República. Por otra parte, aunque me parece que si bien la Asamblea Legislativa es fundamental para el avance de muchas de la políticas propuestas, por lo que se palpa en la realidad, todo lleva a presumir que quedará integrada por muchas fuerzas partidarias –las encuestas así lo hacen ver-, no solo con algunos de los que llevan doble postulación (lo que bien podría ayudar en el manejo de las relaciones políticas entre el Ejecutivo y el Legislativo), sino con los (as) aspirantes que logren vencer el obstáculo que constituye el sistema de plantillas o nóminas partidarias  ya altamente cuestionado por los electores, pues se ha forjado como un valladar que impide la valoración individual de quien aspira a la legislatura, obligando a votar por personas que, al estar en los primeros lugares de la nómina, se aseguran su diputación, en muchos casos, salvo honrosas excepciones, sin mérito propio alguno o sin la preparación mínima adecuada. En ese aspecto creo que los y las costarricenses tenemos derecho a escudriñar esas papeletas, conocer quiénes las componen y tomar nuestra decisión.

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