No hay que olvidar que nunca han sido las clases acomodadas las que han enfrentado y derrotado a las tendencias dictatoriales
Hernán Alvarado Ugarte, Sociólogo y economista político.
La democracia costarricense parece una antigua y hermosa casa a la que sus dueños dejaron de darle mantenimiento. En su época de oro, parecía una fortaleza, pero con los años se despintó, las paredes se torcieron y se le corrieron las tejas. Un día apareció un inquilino que prometió arreglarla, pero en vez de eso se dedicó a derruirla más para que el agua hiciera el resto. Esto con el fin de comprarla barata y revenderla a sus financistas y jefes superiores, tomando para sí, desde luego, la correspondiente tajada en fama y efectivo.
Una parte de la familia creyó que era una suerte deshacerse de aquel viejo armatoste que ya no habitaba y a otra le daba igual. Aunque la mayoría se daba cuenta de la estafa, se debatía en dudas, desconcertada y dividida. Hoy la casa se mantiene en pie a duras penas, pese a que el viento del norte la atraviesa por todos sus agujeros. Si bien todavía su suerte no está echada, no resistirá mucho tiempo más si sus dueños no toman cartas en el asunto…
Demócratas de sondeo
Los informes del programa Estado de la Nación han venido alertando, desde hace años, sobre una creciente desconfianza en las instituciones públicas, de cara a problemas tan acuciantes como la inseguridad ciudadana, la salud o la calidad educativa. Sobre todo, en los territorios donde el estado parece más fallido, que son los más lejanos del Valle central. Y aunque alrededor de un 70 % de las personas suelen responder que la democracia es la mejor forma de gobierno, en su mayoría comprende poco en qué consiste y por qué lo es.
No obstante ¿qué se ha hecho concretamente para remediar un fenómeno tan peligroso? ¿Dónde ha tenido el ciudadano de a pie, el mismo que asiste o no a las urnas, la oportunidad de vivenciar la democracia, de sentirla como propia, cotidianamente; de reflexionarla con independencia de criterio? ¿Cuándo se le convoca a ser parte más allá de los discursos que cada cuatro años le convocan a delegar su poder soberano como máxima expresión de su voluntad política, en vez de empoderarle y responsabilizarle? ¿Puede esperarse, en tales circunstancias, que tenga el criterio necesario y suficiente para distinguir una propuesta democrática de una despótica medio disfrazada o incluso declarada? ¿Cabe esperar, por ejemplo, que gente que no tiene dónde ni cómo expresarse defienda la libertad de expresión? ¿Puede quitarles el sueño a esas personas que el país siga en caída libre en ese tema, tanto a nivel nacional como internacional?
La señora Sonja Wolf, investigadora de la Facultad de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana de Ciudad de México, quien ha estudiado en detalle el mal llamado “modelo” Bukele, en su libro Mano Dura, ha concluido que, aunque en los sondeos las personas dicen apoyar la democracia, «La gente, en la práctica, no es tan democrática como se pudiera pensar» (BBC Mundo, 2026). Por eso, quien sabe apretar sus botones emocionales es capaz de provocar una ola antidemocrática de deseo catastrófico, de que todo se vaya al carajo; junto con su respectivo goce del odio, incluso en personas que van a misa y rezan el rosario todas las semanas.
A primera vista, esto puede parecer extraño. Sin embargo, hace mucho tiempo que se ha observado el fenómeno de la “double faith” o “double think” (Gershenson, 1991, p. 4), o de la doble creencia, que en realidad puede ser múltiple. Fenómeno corroborado, en particular, con el politeísmo y la sustitución de deidades, como las que se practicaron masivamente en la conquista de América. O sea, los seres humanos tienen la capacidad de creer en varios asuntos a la vez, sin notar las contradicciones que puede haber entre esas creencias. Así que las personas suelen decidir con base en dobles o triples morales sobre asuntos distintos, como religión y política o ciencia y religión, sin mayor objeción de conciencia.
Harari (2018) también había observado un fenómeno similar: “Los humanos tienen esta notable capacidad de saber y de no saber al mismo tiempo. O mejor dicho, pueden saber algo cuando piensan de verdad en ello, pero la mayor parte del tiempo no piensan en ello, de modo que no lo saben.” (p. 226). “Por tanto, la gente rara vez deposita toda su fe en un único relato. En cambio, mantiene una cartera de varios relatos y diversas identidades, y pasan de uno a otro según sus necesidades. Estas disonancias cognitivas son inherentes a casi todas las sociedades y los movimientos.” (p. 317).
Pero en vez de “disonancias” quizá se trate de “esquizias” o divisiones propias e indispensables del funcionamiento psíquico; como la segunda tópica freudiana que escinde la psiquis en Yo, Superyó y Ello. Así que más bien puede que la esquizofrenia sea “lo universal” (Deleuze; Wattari, 2025, p. 75), o bien, lo primordial. Lo cual no solo haría posible la auto regulación sino también la creación, no solo la representación sino también la producción del deseo. Y si así fuere, no sería tan raro que la misma persona piadosa que ora por el bien del país, desee entregarle el gobierno al primer bandido sin escrúpulos que promete hacerlo. Y mientras no se decida a pensarlo mejor, puede pasar creyéndole bastante tiempo.
Carencia de educación política
El caso es que la cultura democrática ha empeorado conforme la educación pública ha ido perdiendo calidad, en especial cuando se valora en términos de pensamiento crítico. La educación política sería, en correspondencia, su mayor deficiencia.[1] Aunque, como pensaba Paulo Freire (1921-1997), sería iluso esperar que un sistema de dominación de clase no eduque solo para la obediencia. Pero esta calamitosa falla del sistema educativo es también de las organizaciones sociales, como sindicatos, cooperativas, asociaciones comunales, federaciones estudiantiles, partidos políticos. En consecuencia, una mayoría políticamente mal formada y peor informada, solo ha requerido la combustión emocional de las redes sociales, más la realidad virtual de la nueva prensa vasalla, para caer víctima del populismo autoritario y divisionista.[2]
Así que esa moda se está ocupando de agujerear la democracia desde adentro, a partir de triunfos electorales como los acaecidos acá, en El Salvador, Estados Unidos o Colombia, entre otros (Castrillón, 2026). Estos “nuevos” líderes de la extrema derecha emergente reducen la democracia a una mayoría electoral reglamentaria, como si eso les autorizara a profundizar la desigualdad, la discriminación y la represión social, según la ruta que siguen todos los gobiernos autoritarios del signo que sean.
El problema principal es, entonces, que la cultura democrática de muchas personas, incluyendo profesionales, se ha revelado deficitaria o poco resiliente. De modo que es obvio que no basta con ciertas prácticas regulares, como elecciones libres, para forjar una cultura democrática a prueba de asaltos. Sin educación política constante ninguna democracia se sostiene en pie. El resultado lógico de esta deficiencia ha sido la conformación de mayorías electorales que prefieren lo peor, es decir, la debacle de la democracia misma, votando por impostores y farsantes que desgobiernan con decisiones arbitrarias y violatorias de los marcos constitucionales vigentes e incluso adversas para los intereses de sus electores.
No es que antes la democracia tica fuera un dechado de virtudes, es que ahora, bajo la égida populista, parece un dechado de defectos. La moda populista actual ha mostrado que el “gobierno de los peores” puede repetirse con solo conseguir un mediano éxito comunicativo, aprovechando el descontento y la decepción de muchas personas, junto con el divisionismo de la oposición. El desgobierno de la telerrealidad, del simulacro histriónico, por ridículo que parezca a quien quiera verlo, ha demostrado que la democracia es falsable y vulnerable, o sea, más manipulable de lo que parecía; que la mentira reiterada y el engaño noticioso pueden dañarla severamente, aunque solo fuere a corto y mediano plazo. El tico “básico” ha resultado ser, políticamente, un mal educado y, como tal, ha sido presa fácil de un aparato propagandístico en el que los influenciadores ascienden como diputados y a asesores legislativos, cual premio por haberse alineado con presidencia. “¡Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras!”, decía El Quijote.
El deseo de lo peor
Más aún, un grupo creciente de costarricenses ha deseado por años, abierta o solapadamente, una “solución” autoritaria. Ellos han estado esperando a un líder fuerte a quien entregar el futuro del país; que imaginan, cómoda e ilusamente, como una lluvia de soluciones y beneficios que otros defraudaron. A pesar de que ese tipo de líder suele ser un falso ídolo, también puede fascinar a una masa dócil e indiferente que goza de la violencia, comenzando por la simbólica, bajo la ilusión de que las víctimas siempre serán los otros. Pero la violencia es como un incendio que lo arrasa todo, y a todos, conforme se despliega. Por algo, Chaves y Fernández gastan tanto presupuesto en guardaespaldas, mientras minimizan el problema de seguridad que atraviesa el país.
Wilhelm Reich (1897-1957) había dado en el blanco cuando observaba que las masas habían deseado el nazismo en Alemania y era eso lo que reclamaba una explicación. Aquel terror de estado no fue un accidente histórico, ni la creación de una astucia propagandística del régimen; tampoco fue posible por ignorancia de los ciudadanos. Lo más incómodo de admitir es que resultó de un deseo perverso de personas normales que hallaron así una manera de gozar impunemente de lo peor. El miedo a morir bien puede trocarse en deseo y goce de la muerte del otro. Y como suele ser el caso, solo cobraron plena conciencia del hecho cuando ya era demasiado tarde hasta para arrepentirse.
Tampoco hay que olvidar que la “máquina” estatal “despótica” es primigenia, o sea, que el despotismo es “originario” (Deleuze; Guattari, 2024, p. 227). Mientras usufructúa de la angustia de sus gobernados, promete la seguridad que nunca les dará porque eso la haría innecesaria. Así que solo con un trabajo educativo, diligente y constante, una generación tras otra, el “Ur-fascismo”, como lo llamaba Humberto Eco (1932-2016), o el autoritarismo atávico, puede ser más o menos controlado o mantenido, bajo cuatro llaves, en algún sótano del infierno. Y, por eso, no es incoherente que haya sido la educación pública una de las principales víctimas del primer desgobierno chavista.
Hoy la propaganda neofascista presenta, en todas partes, a sus candidatos como outsiders, aunque ninguno estaría ahí sin la venia de la élite dominante. Esto para canalizar el descontento popular contra una clase política que ha defraudado repetidamente a sus representados, dándoles la espalda no más los representantes salen electos. Además de manipular la frustración de esa manera, aprovechan el resto de esperanza que queda. Por eso, cuando esa moda pase, lo que dejará será una devastación moral insólita, como la que ha dejado el fascismo en todas partes. En definitiva, el líder autoritario actual ha nacido de la decadencia de la democracia representativa, anunciada desde hace décadas por personas lúcidas y críticas que, por lo visto, araron en el desierto.
La desidia parlamentaria
El populismo autoritario ha puesto en evidencia que el diseño jurídico republicano no ha previsto las amenazas tecnológicas emergentes y que la desidia de las últimas décadas respecto a la reforma democrática está pasando una onerosa factura. Ni siquiera se ha normado, por ejemplo, la revocatoria de mandato presidencial, sin la cual la rendición de cuentas del constitucional artículo 11 termina siendo un saludo a la bandera; o peor, una tomadura de pelo a todo el país, ahora con diapositivas y videos incluidos. Un gobierno que informa sin tener que rendir cuentas y sin consecuencia alguna, socaba la representatividad convirtiendo el voto en un riesgoso cheque en blanco. Cada cuatro años se elige a quienes deciden por uno, así que no es extraño que a menudo lo hagan contra los intereses del elector; sin posibilidad de revocar el mandato no queda más que aguantarse al elegido, aunque sea un incompetente o un payaso, o simplemente no le dé la gana honrar su juramento constitucional. ¿Será porque se cree que la mayoría nunca se equivoca, a pesar de que el comportamiento en masa suele ser tan irracional, a corto plazo, como en una estampida?
Esa reforma democrática, como otras complementarias, se caía por su propio peso, después de la reforma constitucional del artículo 9 del 2003, que mandó a construir una democracia participativa; la cual brilla por su ausencia pese a que, sin participación popular, sin el cogobierno del pueblo, junto a los “tres poderes independientes”, la democracia representativa es como la casa de paja de los tres cochinitos. “¿Lobo, estás ahí?”. En suma, un parlamentarismo cortoplacista y clientelista ha quedado debiendo mucho a la más importante reforma constitucional aprobada en las últimas décadas. Una que debió haber sido el principio rector de una verdadera reforma del estado que ha seguido postergándose. ¿No es este otro factor de la debacle política desatada por el neofascismo, mientras se instala paso a paso?
Democracia no es tecnocracia
El hecho de que quienes dicen apoyar la democracia reclamen a su vez la falta de soluciones concretas, informa bien sobre lo poco que entienden el problema. Ignoran que la democracia es una forma de tomar decisiones y no debe confundirse con su aparato ejecutivo. Estrictamente, es una forma deliberativa de decidir sobre los asuntos de orden público, aunque puede y debiera extenderse a escala organizativa y grupal de orden privado.
En cambio, la eficacia y eficiencia ejecutiva hay que reclamársela a la “voluntad política”, a las fallidas soluciones tecnocráticas del Poder ejecutivo. En este otro plano impera la jerarquía, la autoridad y la coherencia con decisiones ya tomadas, democráticamente o no. Por eso, culpar a otros poderes de lo que corresponde al Ejecutivo no solo es una excusa mediocre, ni solo una cortina de humo, sino también un “argumento” falaz, malintencionado. Asimismo, carecía de sentido creer que con más diputados el gobierno mejoraría. ¿A quién se le ocurre que las deficiencias del Poder ejecutivo puede resolverlas el Legislativo? ¿Será que los problemas del Legislativo los puede arreglar el Poder judicial, o el Ejecutivo los de este? Entonces ¿por qué tanta gente no ha entendido esta idea fundamental de tres poderes “independientes”? ¿Qué más evidencia de una grieta de cultura cívica?
Conclusión
Lo que ocurre con la democracia costarricense es sorprendente, pero no extraño; es la consecuencia indeseable de una desidia política acumulada, más una creciente anemia y anomia social patológicas. Ese es el terreno fértil que ha encontrado el discurso autoritario para sembrar su semilla de odio. Los frutos amargos de esa siembra provienen de una cosecha de miedo y violencia como no se había visto en años y crecerá hasta que el pueblo erradique la carencia de empatía, o deje de consumir crueldad o, por lo menos, que deje de comer cuentos pueriles que entretienen, pero no educan.
Finalmente, no hay que olvidar que nunca han sido las clases acomodadas las que han enfrentado y derrotado a las tendencias dictatoriales. Así que esperar que la solución provenga de arriba es la manera más segura de que la casa termine cayéndole a uno encima. El hecho es que el neofascismo jaguar continúa afilando sus uñas y dientes, trabaja todos los días en ello y pareciera que solo en eso. ¿Qué puede detenerlo realmente sino la unidad soberana y la movilización del mismo pueblo?
Este deberá sobreponerse, entonces, a un discurso y narrativa que lo han dividido, poniendo al vecino contra el vecino y al familiar contra el familiar; robándole así la paz y hasta su nombre constitucional, mientras se burla de la misma Constitución y el orden jurídico que se deriva de ella; preciso en todo aquello que contraviene las intenciones, los intereses y privilegios de un taxi repleto de imputados, a cuál más cuestionable y digno de sospecha. Aquí se cumple aquello de que el líder es un modelo para sus seguidores, un fuerte atractor para los parecidos. Y de un grupo que considera determinación arrebatarle derechos adquiridos a los demás, inclusive a los que menos tienen, solo puede esperarse lo peor, o sea, un retroceso en las libertades de todos.
Referencia
- Deleuze, G.; Guattari, F. (2025) El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Paidós.
- Garnier, L. (2026). Subversiones. La circular de la censura. La Nación. 16 de julio de 2026.
- Gershenson, D. (1991) Apollo the Wolf-god. Institute for the Study of Man.
- Harari, Y.N. (2018) 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.
- Ministerio de Educación Pública (2026) Circular DM-CIR-0047-2026. “Lineamientos sobre neutralidad político-electoral, prohibición de proselitismo y mediación pedagógica objetiva en centros educativos públicos”.
- [1] El populismo gobernante lo tiene tan claro que el ministro de Educación actual ha distribuido una circular (2026) ambigua, en la que se advierte a los educadores que podrán enfrentar procesos disciplinarios por beligerancia “político-electoral”, si en las aulas se apartan del programa de cívica, o si quebrantan lo que se llama una “mediación pedagógica objetiva”. ¿Pero quién decidirá sobre tal “objetividad”? Parece que las autoridades regionales y, en última instancia, el mismo ministro. Las organizaciones magisteriales han reaccionado en contra y ya la Sala IV ha admitido un recurso promovido por Sergio Ortiz. Al respecto, en su columna Subversiones (2026) el exministro de Educación, Leonardo Garnier, pone el dedo en la llaga al concluir que “No hay mayor censura que la autocensura y, esta circular, queriéndolo o no, promueve la autocensura”.
- [2] Una prensa que no tiene empacho en denigrar la honra de las personas bien puede llamarse “canalla”; pero todavía peor es una prensa que sirve al poder en vez de vigilarlo y cuestionarlo, como es el deber de todo periodista medianamente serio.

