Hey, machillo, ¿le cuido el carro?

Todo esto lo que hace es reforzar la idea de que macho tenía relación con los caballo o las mulas, lo que sustentaría más esta última hipótesis

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Macho o macha, se usa en Costa Rica para designar a las personas rubias, especialmente si son muy blancas y de ojos azules o verdes. En El Salvador, Honduras y Nicaragua se les conoce como cheles (palabra que en Costa Rica se reserva para las personas excesivamente blancas como la leche o chele). En México se les llama güeras (que en Costa Rica y Guatemala significa podrido, y en este último país, homosexual); en Venezuela, catires o catiras; en Guatemala, canches; en Ecuador, sucas; en Chile, rucias; en Panamá, fulas; en Bolivia, chocas; en Perú, gringas; y, en Colombia, monas.

De este término se han derivado otros como machillo o machilla, que significa tanto una persona joven o adolescente (sin necesariamente ser rubio o rubia) como aquella que tiene el pelo ligeramente claro, pero sin llegar a ser definidamente rubio. A veces es simplemente un adjetivo cariñoso o adulador, como en el caso del título de este ensayo.

Modernamente, el agua oxigenada, que antes usaban las mujeres para aclarar el color de su pelo, fue sustituida por los tintes industriales, lo cual hace que abunden las machas (y uno que otro macho). Los pachucos, para ridiculizar a las personas que quieren ser rubias artificiales, las llaman “farmachas”, que quiere decir “macha de farmacia”.

Se ha llegado al extremo en la lasitud etimológica de que en las familias en donde todos son de piel morena, si nace un hijo, de piel ligeramente mas clara, lo llaman el macho (o la macha). Hay una anécdota de una empleada nicaragüense, de piel muy oscura, que trabajaba en la Dry Cleaning familiar. Su compañero, era un señor de piel mucho más oscura que la de ella. Tenían como 8 hijos, todos negritos azabache. En su último embarazo, Berta, que así se llamaba, tuvo un hijo, menos negro que los demás, por lo cual lo apodaron el macho. Aquello fue una sensación familiar, hasta el punto que su compañero, Tino, estuvo a punto de separarse, al presumir que de seguro Berta le había dado vuelta. Cuando mis hermanos y yo fuimos a conocer al susodicho crío, no pudimos aguantar las carcajadas, pues en el cajoncito que le servía de cuna, lo que vimos fue un negrito, casi como un carbón, y solo viéndolo con detenimiento se podía percibir que, tal vez, era una centésima parte menos oscuro que los demás. Desde aquel entonces, cuando a alguien le decían macho pero era de pelo negro o tez morena, de manera burlona, le decíamos: “¡sí, tan macho como el macho de Berta!”.

En realidad el origen de esta palabra tan costarricense, no es bien conocido. Carlos Gagini la incluyó en la primera edición de su Diccionario de costarriqueñismos, de 1892. Pero como bien lo señala Miguel Ángel Quesada Pacheco (Diccionario histórico del español de Costa Rica), al menos existe desde antes de 1883, pues en un artículo publicado en el diario La Exhalación, se mencionaba: “Esos malditos machos de Europa ganas nos vienen de degollarlos a todos”.

Parece que el término ha evolucionado, pues según Gagini, se usaba para designar a los extranjeros, excluyendo los españoles, los hispanoamericanos, los negros y los chinos, con lo que únicamente era aplicable a los norteamericanos y europeos no españoles. Ya en su segunda edición de 1919, aclara que también se le aplica “a los naturales del país cuando tienen los ojos azules y el color encendido.”

La hipótesis que esbozó Gagini en la primera edición de su diccionario, pero no en la segunda, era que el apodo se le daba a los sajones, y el ser estos por regla general corpulentos y macizos, podía relacionarse con el adjetivo castizo de macho, que significa fuerte, vigoroso, robusto.”

El hecho de que el término se empleara, al menos desde el último cuarto del Siglo XIX, echa por tierra una hipótesis (que me fue comentada gentilmente por el Sr. Luis Naranjo), según la cual el término podría haber sido acuñado por la escritora costarricense Carmen Lyra (María Isabel Carvajal), quien en su cuento “La negra y la rubia”  cuenta que:

“Había una vez un hombre rico que se ocupaba en el comercio. Quedó viudo con una hija y esta hija era una niña muy linda: parecía una machita por lo rubia y lo blanca que la había hecho Nuestro Señor. Además, tenía unos ojos que era como ver dos rodajitas que se le hubieran sacado al cielo. Y sobre todo, sangrita ligera y buena que daba gusto.”

En apariencia, en este cuento Carmen Lyra relaciona a la niña rubia y blanca, con una macha, el cual es un molusco muy popular en Chile, que efectivamente tiene una carne muy blanca con bordes amarillos y castaños. Y es que ella vivió en Santiago de Chile (precisamente en la esquina de las calles Carmen y Lyra, de donde acuñó su seudónimo).

Otra versión que, al menos históricamente podría tener algún asidero, me fue enviada, en parte, por Eduardo Guevara Chavarría (la ubicación histórica no es de él). Cuenta, en esencia que, cuando se iniciaron las obras del ferrocarril al Atlántico, en la segunda administración de don Tomás Guardia, en 1879, vinieron al país algunos ingenieros norteamericanos e ingleses, algunos de los cuales trajeron a sus familias. Las rubias gringas, esposas de algunos de ellos, practicaban atletismo, lo cual era excesivamente extraño en aquella época, y desde luego que sorprendió sobremanera a los trabajadores contratados para las obras. Despectivamente, empezaron a llamar machas, es decir mujeres con actitudes de machos o marimachas, a esas mujeres. De allí se generalizó que a todas las mujeres rubias se les consideraba “machas” y luego el término se aplicó también a los varones gringos o europeos. Si esta historia fuese correcta, calzaría con la mención de Quesada Pacheco de 1883, aunque los tiempos parecen muy ajustados.

Juan Humberto Montoya tiene una versión diferente. Según esta, el término macho se utilizaba, en el pasado, para designar a las mulas ( cruce de caballo con burra o burro con yegua), las cuales son estériles. La gente consideraba que esta esterilidad era un castigo de Dios, por cruzar especies diferentes. Era algo parecido a un demonio . Además consideraban que, las mulas, eran tercas y desobedientes, a diferencia de sus progenitores. Cuando los europeos y, en especial los norteamericanos, empezaron a venir a Costa Rica en Misiones de Evangelización con los nombres de Misión Latinoamericana, Misión Centroamericana, Misión Bautista, etc., cada una de las cuales dio origen a diferentes iglesias protestantes y trajeron consigo las prácticas del protestantismo: sin imágenes en las iglesias, sin crucifijos, las mujeres sin velo en la cabeza, sin persignarse al pasar frente a un templo, sin procesiones, etc., las personas católicas que les observaban decían que eran como los machos (es decir, como las mulas), pues no tenían el mínimo respeto por las cosas de Dios ni  asistían a misa.  Como la mayoría de los misioneros norteamericanos, por no decir todos, eran rubios y rubias, se empezó a asociar el termino macho ( mula)  con rubio. Por supuesto que en ese entonces, este término tenía un sentido peyorativo. Esta última versión parece bastante fundamentada, y en ciertos matices parece coincidir con la anterior. Podría ser que estas misiones llegaran al país en los tiempos de Tomás Guardia, cuando se firmó el contrato del ferrocarril, después de 1870.

Además, hay otro hecho que menciona Ligia Calvo, y es que en su familia,  cuando iban de vacaciones a San Carlos, donde la familia de su mamá, como favoritismo, los  primos les daban los caballos machos que eran muy fuertes, altos y tercos. Cuando se les ocurría parar, nadie los movía de su sitio (como las mulas). A raíz de eso su papá tenía un dicho para cuando las cosas no tenían remedio o solución “hasta ahí llegó el macho”. Y esto me hizo recordar que mi mamá tenía un dicho similar para cuando alguien se ponía terco o no quería hacer algo: “se le paró el macho”. Y otro dicho que siempre tenía era el “se le tragó el macho la esterilla”, propicio para cuando la costura del pantalón se le metía a uno entre las nalgas. Todo esto lo que hace es reforzar la idea de que macho tenía relación con los caballo o las mulas, lo que sustentaría más esta última hipótesis.

De todas maneras, la hipótesis de Gagini, no parece tener sustento, pues él mismo la desechó en su segunda edición del diccionario. Así es que, podríamos suponer que el término que originalmente nació como despectivo, llegó a convertirse en un término no solo normal, sino hasta cariñoso.

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