Eli Feinzaig.

Quiero rendirle homenaje a un grande. Grande por su calidad humana. Grande por su esencia. Grande por su trato y su decencia. Un caballero a carta cabal.

A don Edgar Ayales lo conocí no hace mucho tiempo, unos pocos años a lo sumo, en estos trajines de la política donde ambos nos hemos desenvuelto en los últimos tiempos. Pero desde que nos saludamos por primera vez en algún foro, no fue simplemente otro colega más de otro partido. Su sonrisa, su calidez, su trato amable fueron una invitación a mantener un diálogo franco que desembocó -quisiera pensar que también él la vio así- en una bonita amistad.

La vida nos hizo colegas por partida doble. El 4 de julio del año pasado empezó mi historia con el linfoma. El 8 de julio don Edgar empezó su tratamiento contra la leucemia. Dos enfermedades que, para simplificar, son primas hermanas.

Es curioso lo que una enfermedad puede hacer. No me refiero a los efectos físicos de la enfermedad, sino al sentimiento de hermandad que une a los pacientes y sobrevivientes. En mi caso, me ha permitido reactivar amistades de antaño y acercarme más a personas que antes eran, tal vez, solo conocidos. Conversar y compartir con gente que ha superado o está pasando lo mismo que uno, contribuye a la tan ansiada paz espiritual.

En los últimos meses, los meses de campaña, conversé varias veces con don Edgar. Siempre amable, eterno optimista, fue inmensamente feliz recorriendo el país, conociendo realidades que, como comentamos, los libros de economía y las bases de datos no cuentan. Aunque yo tomé una decisión distinta y desistí de hacer campaña, había recorrido el país el año anterior construyendo el Partido Liberal Progresista y pudimos comparar notas.

Nunca se quejó don Edgar del tratamiento, del trajín ni del cansancio. Nunca perdió la esperanza de alcanzar una completa recuperación, y celebré como propia la noticia que me dio primero María Elena, su esposa, a principios de diciembre, de que había terminado la quimioterapia y había salido limpio de cáncer en los exámenes.

Volví a conversar con don Edgar después de la primera ronda, comentamos los resultados y las perspectivas (en ese entonces todavía no le había ofrecido su apoyo a ningún candidato), y lo noté de muy buen ánimo a pesar del resultado electoral adverso.

Me reiteró la alegría que sentía por la oportunidad de haber recorrido el país y haber podido palpar las diferentes realidades locales, adquiriendo un conocimiento mucho más profundo del país. Estaba en ese momento en su casa en Liberia, descansando y planeando el futuro, y se sentía muy bien. Por eso me sorprendió tanto enterarme la semana pasada que había sufrido una recaída y estaba delicado en el hospital.

Descanse en paz, don Edgar. Mi solidaridad y mis más sentidas condolencias a María Elena, sus hijos y toda su familia. Costa Rica ha perdido a un hombre bueno, y como tal hay que llorarlo. No se trata de atestados, que los tenía de sobra, de trayectoria, que la tenía y bien impresionante, ni de los puestos que ocupó, que a él nunca se le subieron a la cabeza. Don Edgar fue un hombre bueno, y lo demás carece de importancia.

 

Por La Revista CR

Medio de comunicación digital.

3 comentarios en «Homenaje a un grande»
  1. Un caballero ha partido a alguna de las moradas celestiales reservada para los de corazón puro. Animo a su familia en el nombre del que tiene todos los nombres!

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