Honrar a la familia

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Carlos Araya Guillén, Filósofo (Dr.).

Tiempo atrás, me encontré en mi biblioteca personal un pequeño opúsculo publicado en el año 1992  (primera edición/ISB 978-1-5997-0133-2) y escrito por Ronald Hubbard.

La pequeña obra titulada “El Camino a la Felicidad: Una guía basada en el sentido común para vivir mejor” busca ayudar a las familias a vivir la paz, la tranquilidad, la alegría y la felicidad como importantes valores de la sobrevivencia en una sociedad caótica.

El texto consta de 21 apartados y un epílogo. Ninguna de sus consideraciones pretende adherirse a una doctrina religiosa, por el contrario, sustenta sus “consejos” en reconocidos y aceptados principios éticos de naturaleza secular: dar un buen ejemplo, ser digno de confianza, buscar la verdad, amar a los niños, proteger y mejorar el medio ambiente, no robar, respetar a los demás, cumplir con los deberes del bien, ser trabajador, no al alcohol, a las drogas y a la perversidad, etc.

Los preceptos de conducta moral que da el autor, sin duda alguna, son sustantivos en el camino de la felicidad y las buenas costumbres. Encontrar “otras rutas” ajenas a la honestidad y la transparencia, y llevar una vida cotidiana en las sombras de las apariencias, especialmente, en la posesión de bienestar material y riqueza es un atajo que tarde o temprano desemboca en el fracaso y la destrucción individual y familiar.

Por lo anterior, queremos rescatar del escrito el capítulo 11, titulado “No dañes a una persona de buena voluntad”. Cierto es que no siempre es sencillo llevarse bien con los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo y  hasta con la parentela, pero tenemos que intentar las relaciones de fraternidad por encima del “vidrio molido en la sopa”.

Sin embargo, desde los días de la creación hay hombres buenos y malos. A nuestro alrededor convivimos con semejantes nobles y con semejantes injustos. Con seres humanos llenos de las bondades del espíritu  (amor, concordia, benignidad, justicia, bondad) y seres humanos llenos de envidia y maldad en su corazón.

El perverso hace daño a la familia y a sus prójimos. Anidado en su miseria humana sufre con los éxitos de sus familiares más cercanos y se goza de ver a aquellos que no logran entrar al camino de la superación en penurias económicas y necesidades de sobrevivencia.

En el mar turbulento de su execrable envidia, buscan dañar la felicidad de su propia familia. Fingen su evidia con animadas poses religiosas. Van a misa, hacen posadas, colocan cruces en la casa durante la semana santa y asisten de rodillas a las procesiones de fe. Pero su corazón está lejos de cumplir con la obediencia celestial y el ágape bíblico.

El Señor tenga misericordia de ellos. Porque como dice el libro de Mateo 7:22-23: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Imperativo es honrar la familia, hoy y siempre, en el camino de la felicidad y la verdad.

En La Prensa Libre 27/07/2015

 

Carlos Araya Guillén
Educador, político y filósofo costarricense, dirigente del Partido Unidad Social Cristiana, ha sido Diputado y Embajador.

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