Hugo Chávez: odiado con encono; amado con frenesí

Hugo Chávez partió hace 5 años, pero de él se habla a diario en las calles de Caracas. Su figura genera tantos odios como rencores, tantos amores como rechazos, tantas lágrimas como sonrisas, tantos apegos como resentimientos, tantas maldiciones como eternos agradecimientos

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José Pablo Ramírez Méndez, Periodista.

5 años después de la muerte del presidente venezolano, visitamos Caracas para palpar de cerca el sentir de sus ciudadanos

Visitar Venezuela y no hablar de Hugo Chávez es imposible. Chávez se convirtió en la figura más mediática de los últimos 20 años en este país sudamericano, luego de que lograra la presidencia en el año 1998. Su estilo franco, directo, sin amagues ni medias tintas, irrespetuoso de los rígidos protocolos y de los estándares diplomáticos, le valieron tantos rechazos y animadversiones como apoyos y admiraciones entre su población.

Desde los primeros minutos que llegamos al aeropuerto Internacional Simón Bolívar, ya reconocemos ese nombre. Sobre las ventanillas de las oficinas migratorias se puede leer un “hanstang” que indica #aquinosehablamaldechavez. Oficiales de la Guardia Nacional Bolivariana se pasean constantemente por los pasillos del amplio local. Cada traje militar nos recuerda al comandante Chávez en diferentes facetas y momentos de su gobierno.

Nos desplazamos desde el Estado Vargas hasta Caracas; unos 15 kilómetros hasta nuestro destino final. La ciudad está empapelada de su figura, tanto en edificios del Estado, como en paredes y muros. Un Chávez sonriente y guiñando su ojo, a veces abrazando a Nicolas Maduro, su presidente “encargado”, es el recuerdo de un genio y figura, hasta la sepultura.

Caracas está resguardada por los cerros del Ávila y las estribaciones andinas sudamericanas. Es una de las 24 entidades federales de la nación venezolana y cuenta a su haber con 22 parroquias y varios municipios como el Hatillo, Chacao, Baruta, o Sucre. Se encuentra atravesada por el río Guaire, que en ocasiones funciona como “mina líquida” para algunos jóvenes que rebuscan en sus profundidades algún valor material que puedan vender.

El venezolano habla de política un día sí, y el otro también: en el metro, en la esquina, en la arepera, en el autobús, en el museo, en el cuartel, en la plazoleta, en la heladería, en el supermercado, en el boulevard, en la cafetería, en su casa. En Venezuela la política se lleva dentro del bolso, junto a la tarjeta necesaria para adquirir los alimentos.

José Luis Sánchez es un ingeniero Civil de 54 años. Delgado, un tanto desgarbado y con una mirada penetrante que arroja por encima de sus lentes, se declara opositor a ultranza de Chávez. Siempre porta una carpeta con papeles, no sabemos exactamente de qué tipo, pero los porta. Vive en un sitio de clase media, llamado “Terrazas del Ávila” y cuenta con dos vehículos a su haber. “El día que murió Chávez yo dije: coño, uno menos” nos dice sin miramientos. José Luis nos explica que él tuvo su década dorada, sus propios años de bonanza, cuando trabajó para PDVSA (la petrolera venezolana). Una vez que Chávez nacionalizó la compañía, él fue una de las víctimas de ese cambio de modelo. “yo lo decía: ese carajo viene a nacionalizar y expropiar. No voten por él” afirma mientras-resignado- dirige su vista hacia el final del paseo de los Próceres, lugar al cual nos acompañó el 5 de julio, para observar el desfile de la independencia venezolana.

Norelys Carruyo es descendiente de negros. Con la misma edad que José Luis (54) su visión sobre el comandante Hugo Chávez es diametralmente opuesta al ingeniero Civil. “Chávez ha sido lo más grande que ha pasado por esta tierra” nos dice mientras gesticula fuertemente sus manos y se le iluminan los ojos con el sol incandescente de la vieja Caracas. Colocada de pie sobre la Avenida Casanova, luce algunos destellos de maquillaje citadino en su rostro. Originaria del Estado Zulia, Norelys es administradora de empresas y abogada, actualmente cursando un posgrado en la Universidad Bolivariana de Venezuela. “yo no estaba para estudiar porque mi pobreza me lo impedía, pero Chávez me dio para estudiar y míreme: soy una profesional no joda” me testifica mientras se golpea el pecho con ambas manos. “A nosotros el imperio nos tiene casi de rodillas, pero si Venezuela cae, vendrán por todos los países de América Latina” concluye con ímpeto.

Carolina Ramírez es una profesional en el área de los idiomas. Se califica como docente y traductora. Maneja con facilidad el inglés y el francés, y labora en la Universidad Central de Venezuela. A punto de cumplir sus cinco décadas, ella representa otro segmento poblacional venezolano: aquel que en la primera elección del año 1998 votó por Chávez, y ya luego declinó ese apoyo. “Mira Pablo, Venezuela no es una dictadura. Es un arroz con mango y merey, pero una dictadura no es” dice mientras suelta una risa sincera y camina pausadamente en los pasillos de un centro comercial. Carolina vive en Coche, en las puertas de un barrio humilde del Oeste de caracas, al cual nos adentramos siempre con precaución y prontitud para la entrada y salida.

Trino Ramón Rodríguez es artesano de profesión y vendedor. Su rostro refleja una vida de trabajos, dura, ingrata. Cuando ingresamos a su punto de venta, en una especie de sótano, nos abordó de inmediato para ofrecernos “de todo un poco”. De pronto, nos topamos con un retablo impregnado con la imagen de Chávez. “¿Se va a llevar a mi comandante para su país?” me preguntó casi susurrando. “-¡No se! ¿Usted que me recomienda?” le contesté de inmediato. “¡Llévelo, llévelo. Eso le acompañará pa bien!” me replicó con orgullo. “Mire, sabe algo… ¿usted es de Costa Rica verdad? No se cómo se dice allá, pero aquí se dice el Papá de los helados. Chávez era el Papá de los helados no joda. Ese hombre nos atendía a los artesanos de igual a igual, y nos ayudó mucho. Se nos fue temprano. No tenía que haberse ido tan rápido” indica don Trino, al mismo tiempo que acomoda las imágenes del presidente fallecido el 5 de marzo del año 2013.

La ciudad de Caracas esta empapelada de Chávez y Maduro, pero también de carteles opositores. Es común observar gráficas en apoyo a Henry Falcón, Antonio Ledezma, Capriles Radossky, Javier Bertucci o Leopoldo López. De este último dirigente, preso desde el año 2014 acusado de supuestamente organizar manifestaciones violentas de las cuales resultaron muertos decenas de venezolanos, vimos gigantescas pancartas pidiendo “libertad ya” para el líder de un partido que él fundó llamado “Voluntad Popular”. López fue durante 8 años alcalde de Chacao, el municipio más rico no solo de Venezuela, sino de toda América Latina. Se le considera la cara más “radical” de la oposición venezolana, junto a la exdiputada María Corina Machado, militante de un movimiento al que ella llama “Vente Venezuela”.

Adolfo Acevedo es taxista de la ciudad capital. Alto, y de amable sonrisa, se declara opositor, pero también crítico de la oposición. “A Chávez lo cambió el poder, pero los errores de la oposición también ayudaron para eso” dice mientras no despega la mirada del parabrisas. “Ahora fíjate en esto: hay un error fatal: ¿Qué hacen militares dirigiendo a PDVSA? ¿Esos no saben nada de petróleo y por eso estamos como estamos. Antes de Chávez eso lo dirigían gerentes, gente así conocedora vale, pero estos coño e madre que están ahora no saben nada” pronuncia visiblemente molesto.

El cuerpo de Hugo Chávez descansa en el llamado Cuartel de la Montaña, rotulado con el nombre de 4F. Esa insignia se debe a que el 4 de febrero del año 92, Chávez junto a un comando de unos 200 soldados, se organizó desde esa base para intentar derrocar al gobierno del entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Ciertamente sus objetivos no fueron alcanzados, pero a partir de esa intentona, se convirtió en un ícono del cambio para esa nación sudamericana, tan rica en petróleo, como desigual en lo social. En aquella oportunidad un Chávez cabizbajo y sereno, esposado y a punto de ser llevado a prisión dijo “por ahora los objetivos no fueron alcanzados. Por ahora”. Purgaría solamente dos años en la cárcel de Yare, para ser sobreseído por el presidente de la época Rafael Caldera.

Emprendimos el viaje a su nicho, advertidos eso sí, de tener que atravesar una zona “altamente peligrosa” y “bajo nuestro propio riesgo”. Nuestro interés por llegar a la cima de la montaña era similar al temor que experimentábamos. Y es que el mausoleo de Chávez está ubicado en la punta más alta de la parroquia 23 de enero, uno de los barrios más populosos, inseguros y humildes de  la ciudad de Caracas. No más de entrada, se nos hiela la sangre. El ambiente es electrizante. Niños morenos descalzos, mujeres cargando dos bebés, uno en cada brazo, y muchachos jóvenes sentados en el “quicio” de humildes moradas, pintadas eso sí, con los colores de la bandera tricolor venezolana. Las miradas de los lugareños se centran al interior de nuestro vehículo. Cada metro que avanzamos da la sensación de estar adentrándonos en otra dimensión de la vida. Es que en los barrios de Carcas la vida toma otro sentido.

Algunos carteles con la imagen de Maduro cuelgan en el umbral de viejas puertas. Otras casas dejan ver su interior y desde la calle, podemos ver un cuadro con la imagen de Chávez con un puño en alto, colocada encima de una vieja mesa de madera. Pudimos verlo porque le ilumina la luz de una vela.

La carretera que conduce al 4F parece una serpiente enrollada que desciende desde la cima del monte. Nos perdimos una y otra vez, una y otra vez. Pedimos ayuda a un joven de unos 20 años que paseaba a su perro, y nos indicó “ir adelante” y “virar siempre a la izquierda”. Más arriba, en la escalada hacia el cuartel, acudimos a un niño “negro Caribe” que sonriente nos dijo “oye, pero el 4F está lejos”. Un adulto mayor en bicicleta, calvo y con una larga barba blanquecina, se acercó entonces al vehículo y de inmediato irrumpió en la conversación:

-“¿Hacia dónde se dirigen ustedes?”

-“¡Al 4F señor!” le respondimos.

-“Mire, váyanse por aquí, y giren siempre a la derecha”.

-“¡Muchas gracias señor!” Le dijimos.

Un gesto de este particular lugareño nos llamó la atención. El viejo en bicicleta se bajó a medias de de su asiento, colocó sus pies firmes sobre el asfalto, y se llevó la mano derecha a su frente imitando un saludo militar: “a la orden” nos respondió con firmeza. No supimos si constituía un militar retirado o por el contrario un “gendarme ad honorem” del cuartel.

Todavía nos faltaba “un extravío” mas, hasta que llegamos a un retén militar. Los militares-como es harto conocido-tienen protocolo para todo,  hasta para dar direcciones. Se miran entre ellos como buscando al de mayor rango, y parece que nadie contesta sino goza de la aprobación de él. Un joven soldado, rapada su cabeza en cero y con botas hasta las rodillas, nos dio la última orientación.

¡Finalmente a eso de la 1 de la tarde, llegamos al 4F! en las afueras, nos encontramos a un adulto mayor llamado Miguel Oropeza. Él está esperando ingresar al lugar, y para ello, necesita mayor cantidad de visitantes. Nosotros le caímos de perlas. Le acompañan Sebastián, un niño de unos 5 años, y la abuela de este: doña Yaritza. Don Miguel nos cuenta que él es compositor y que “algún día grabará un disco y será famoso, con la ayuda de Dios y mi comandante”. Doña Yaritza se encuentra a la espera de su hijo mayor, que tiene “el honor de ser guardia de la tumba del comandante y que ya casi sale”. “Chávez esta con mi señor Jesucristo. Después de Dios, esta Chávez” nos expresa don Miguel mientras señala con su dedo índice hacia el cielo.

Mientras esperamos la hora de ingreso, nuestros ojos se dirigen a un pequeño local, construido con madera sin pintar, y atendido por una adulta mayor. En el, no se ofrecen refrescos, alimentos, ropa o medicinas: ahí se adquieren medallas, oraciones, estampitas, e imágenes de un Chávez “Santo de los pobres y también milagroso”. En esta zona, Chávez es el santo de la parroquia.

Mientras observábamos aquello, una joven se acerca a la puerta y nos recibe amablemente. Se trata de Wendy Roman, la guía encargada del turno de la tarde. “Chávez logró que a miles de personas que estábamos escuchando su discurso, se nos olvidara el palo de agua que estaba cayendo en Caracas ese día. Es que él se colocaba en la tarima y a uno se le olvidaba todo vale” nos narró visiblemente emocionada. Ella se refiere al cierre de campaña que realizó Chávez el 4 de octubre del año 2012, bajo un torrencial aguacero que el mismo presidente calificó como “el cordonazo de San Francisco”. En aquella oportunidad, y en una campaña que logró una altísima participación ciudadana (más del 80%), el originario de Sabaneta de Barinas logró la victoria ante el candidato de la oposición venezolana Henrique Capriles Radosky, en una jornada que el mandatario catalogó como “la victoria perfecta”. Chávez nunca lograría asumir el poder nuevamente, pues fallecería 5 meses después.

4 soldados vestidos de rojo flanquean la tumba de Chávez. Cada cambio de guardia recitan las últimas palabras que pronunciara el desaparecido presidente, mediante una cadena televisiva pronunciada el 8 de diciembre del 2012. Hugo Chávez nunca más iba a aparecer en público después de aquella atípica cadena sabatina.  Todos los días, a las 4:25 minutos de la tarde, el detonar de un cañón recuerda la hora en la cual falleció el gestor de la llamada “revolución bolivariana”.

En el 4F se respira un ambiente de solemnidad. Por la puerta principal ingresa una suave brisa proveniente del valle caraqueño. A través de ese alto umbral, nos desplazamos hacia las afueras del edificio, y comprendemos entonces por qué el golpe de Estado del año 92 se gestó desde este sitio: tiene un excelente visual con el Palacio de Miraflores, y de la ciudad en general, además de estar resguardado-ya lo dijimos-por un barrio populoso y desde el año 98, bastión a ultranza del chavismo.

El este de Caracas es la zona donde residen los caraqueños con mayor poder adquisitivo, en tanto el oeste de la ciudad esta atiborrado de barrios humildes. Camino al Hatillo, hacia el este, pudimos ver edificios y viviendas mucho más lujosos y pomposos que los habidos en los residenciales de lujo costarricenses. En tanto, en los barrios del oeste, las condiciones infrahumanas de miles de personas no podrían describirse con justicia en unas simples líneas como estas.

Sin embargo, podrá pensarse que chavistas y opositores están divididos de manera tan simple como “el este y el oeste”  al estilo de la Berlín de la guerra fría, pero eso no es así. En el este hay fieles chavistas, y en el oeste hay férreos opositores.

Hugo Chávez partió hace 5 años, pero de él se habla a diario en las calles de Caracas. Su figura genera tantos odios como rencores, tantos amores como rechazos, tantas lágrimas como sonrisas, tantos apegos como resentimientos, tantas maldiciones como eternos agradecimientos. Para unos; un dictador con delirios mesiánicos. Para otros, el redentor de los pobres e impulsor de una democracia de contenido real y participativa. Como quiera que sea, Chávez es sin duda una figura innegable en la historia política venezolana e incluso y más allá de las fronteras. No sabemos-eso sí- hasta cuándo y de qué manera será recordada su mítica figura. Un presidente militar apasionado admirador de Simón Bolívar, que a veces vestía de pelotero, otras de llanero y muchas otras de civil, y que todavía hoy en la patria tricolor de la Virgen de Coromoto, es odiado con encono, y amado con frenesí.

(José Pablo Ramírez M. Ciudad de Caracas. Julio 2018).

José Pablo Ramírez Méndez.
Es Docente de Estudios Sociales, Licenciado en Docencia y Periodista. Actualmente tiene a su cargo el programa “Rutacr2019” en el canal de difusión local Teleunotv. pablorame79@hotmail.com

 

 

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