Ian Buruma: Las palabras de Trump pueden llevar a la guerra

Chinese President Xi Jinping has made reunification with Taiwan a priority. And what US President Donald Trump would say or do if Xi decided to assert the People's Republic's sovereignty by force is anyone’s guess.

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by Ian Buruma

NUEVA YORK – Incluso algunos de los seguidores republicanos de Donald Trump en el Senado no tuvieron dudas de que el presidente estadounidense extorsionó a un aliado vulnerable para que lo ayudase a ser reelecto en noviembre, calumniando a un rival político. Ciertamente evitaron usar la palabra extorsión, pero, como dijo Lamar Alexander, un senador de Tennessee, en una declaración cuyas palabras fueron cuidadosamente elegidas: «Fue poco apropiado que el presidente pidiera a un líder extranjero que investigara a su oponente político [y demorase] la asistencia estadounidense para alentar esa investigación».
Sin embargo, la mayoría republicana en el Senado prefirió absolver a Trump. El mensaje, advirtió Hakeem Jeffries, un diputado demócrata de Nueva York, fue que la seguridad nacional está a la venta.
La absolución de Trump hará que la gente pierda todavía más confianza en la forma que se conduce la política exterior estadounidense, pero no cambiará muchas opiniones sobre el propio presidente. Su reputación entre los autócratas y populistas de derecha se mantiene firme; entre los liberales, ni que hablar de los «progresistas», es pésima.
Pero no en todas partes, regresé hace poco de Hong Kong y Taiwán, tal vez los últimos sitios del planeta donde la aparición de una bandera estadounidense en las manifestaciones a favor de la democracia todavía genera una poderosa ovación. El enemigo común de los manifestantes es la dictadura en la República Popular China (RPC) y sus partidarios locales, en su mayoría conservadores con grandes intereses comerciales, el tipo de gente que podría votar por Trump en EE. UU.
El entusiasmo por EE. UU. va más allá de ovacionar las barras y estrellas: he escuchado a demócratas liberales en ambos lugares expresar su apoyo a Trump. El motivo es obvio, como (a veces) declarado enemigo de su enemigo, Trump es su amigo, o eso creen. Las políticas de la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, defensora de los derechos de los homosexuales y las minorías, no tienen casi nada en común con las del partido republicano de Trump. Sin embargo, Trump rompió el protocolo cuando la llamó en 2016: el primer contacto directo entre un presidente taiwanés y uno estadounidense desde 1979. Encantada por este reconocimiento, Tsai felicitó a Trump por su victoria.
Taiwán, o la República de China, como todavía se la conoce oficialmente, fue por mucho tiempo la niña mimada de los anticomunistas más intransigentes del partido republicano. Pero, como parte del acuerdo de 1972 para abrir las relaciones diplomáticas con la República popular China, el presidente Richard Nixon aceptó que Taiwán era parte de China. En el 1979, cuando la embajada estadounidense en Taipéi se mudó a Pekín, se empezaba a establecer la democracia en Taiwán. Ahora es una república completamente democrática. La «reunificación» con China implicaría su muerte.
Cuando la gente en Hong Kong protestó el año pasado contra los esfuerzos de China para limitar la libertad de expresión, imponer la «educación patriótica» en las escuelas de Hong Kong y limitar el voto directo, Trump no los apoyó apoyo. En lugar de eso, alabó al presidente chino Xi Jinping por «actuar de manera responsable, muy responsable».
Pero cuando se aprobaron leyes en EE. UU. que prometían sanciones contra funcionarios hongkoneses o chinos acusados de violaciones a los derechos humanos, Trump se convirtió en un héroe para los estudiantes que protestaban. Se agitaron pancartas para agradecerle y pedirle que «libere a Hong Kong».
En Taiwán, Hong Kong funcionó como una advertencia. Tsai y su Partido Demócrata Progresista (PDP) ganaron las elecciones presidenciales y legislativas con una victoria aplastante, en gran medida porque las tácticas intimidatorias de China en Hong Kong, y la declaración de Xi de que Taiwán, pronto sería también parte de «un país, dos sistemas», una fórmula que claramente no protege las libertades en Hong Kong. El eslogan del PDP no se andaba con rodeos: «Hoy, Hong Kong. Mañana, Taiwán».
La mayor parte de la gente en Hong Kong y Taiwán es sofisticada. Son perfectamente conscientes de los defectos en el carácter de Trump. Pero, con la espalda contra la pared —Hong Kong como una suerte de colonia de la RPC y Taiwán frente a la amenaza militar— no se puede ser demasiado exigente a la hora de elegir aliados. Los ciudadanos de Hong Kong y Taiwán se dan cuenta de que sin respaldo internacional, sus libertades y sus democracia probablemente están sentenciadas.
Pero depender del apoyo de alguien tan poco confiable e impetuoso como Trump —que cambia de idea, a menudo sin comunicárselo incluso a sus asesores más cercanos, simplemente porque tiene ganas, o le molestó algo que vio en la televisión— no es una posición envidiable. Los kurdos sirios —que se cuentan entre los aliados más leales de EE. UU.— pueden dar fe de eso.
Incluso en un tema tan importante como China, Trump es una veleta. Sus políticas dependen menos de la seguridad estadounidense que de cuánto dinero pueda obtener y para quien, y de cómo se verán en Fox News. Un día alardea sobre desatar una guerra comercial con China y al siguiente declara su profunda admiración por Xi. La política de Trump respecto de Corea del Norte, si podemos darle ese nombre, es igual de incoherente: una retórica belicosa seguida de declaraciones de camaradería hacia el líder norcoreano Kim Jong-un.
Para los aliados estadounidenses, los riesgos de tomar las palabras de apoyo de Trump al pie de la letra son obvios. ¿Pero qué pasa si los adversarios de EE. UU. deciden poner en evidencia el farol de Trump?
Si el gobierno chino estuviese seguro de que EE. UU. intervendría para evitar que tome Taiwán por la fuerza (como prometió hacer si la «reunificación» no ocurre pacíficamente), ningún líder chino en su sano juicio se arriesgaría a una guerra con Estados Unidos. Pero, con Trump, los líderes chinos no pueden estar seguros.
Proteger la democracia de Taiwán ni siquiera es uno de los objetivos principales de la participación estadounidense en Asia Oriental. Se debe mantener abierto el estrecho de Taiwán para salvaguardar los intereses de otros aliados estadounidenses en la región, principalmente Japón. Pero esas preocupaciones pueden no influir demasiado en Trump y los chinos lo saben. No hace falta convencerlos de que la seguridad nacional estadounidense está a la venta. Como cínicos comunistas que abrieron su país a los grandes negocios, creen ya que los capitalistas extranjeros sólo se preocupan por el dinero contante y sonante. Pueden tranquilamente suponer que Trump, si le ofrecen algún acuerdo financiero atractivo, los dejará hacer lo que les dé la gana.
Para Xi, la reunificación con Taiwán es una prioridad. Si opta por una solución radical, quién sabe qué dirá o hará Trump. Y ese es el problema. Los chinos pueden creer que sus objeciones son simplemente tonterías. Si queda acorralado, Trump tendría que probar su hombría. Y, antes de que nos demos cuenta, el Asia Oriental —y posiblemente muchas otras partes— arderían en llamas. Tal vez no sea probable, pero considerando las bravuconadas de Trump, y la combinación de desprecio y paranoia de China, es un escenario demasiado fácil de imaginar.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

 


Ian Buruma

Ian Buruma

Ian Buruma is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of ToleranceYear Zero: A History of 1945, and, most recently,  A Tokyo Romance: A Memoir.

 

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

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