Impopular opinión: ¿#MeToo como sobregeneralización de la víctima?

Y he ahí el viejo riesgo confrontado al nuevo en materia de construcción discursiva del poder femenino: ni caer en ser réplicas femeninas del homo economicus, ni saltar a la primera oportunidad de posicionarse como femina victimis.

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#MeTooMúsicosMexicanos

Rosemary Castro Solano, Politóloga, educadora y comunicóloga.

El tiempo dirá si el suicidio del vocalista de Botellita de Jerez se debió exclusivamente a la acusación de que fue objeto (muy grave, pues involucraba a una menor de edad) o a un problema crónico de salud mental; sin embargo es hora de hablar en voz alta del #MeToo desde la narrativa que sobregeneraliza a la víctima.

Lo vengo diciendo desde hace por lo menos seis meses (y recuerdo que la primera vez que lo puse en palabras ya de manera más propia fue un día que Flor y yo fuimos a ver un stand up comedy “feminista”; y que conversamos al respecto antes de entrar, sólo para que unos minutos después el primer sketch tratara precisamente de eso): la narrativa de nosotras las mujeres como víctimas per se es de cuidado pues nos reafirma socialmente como objetos; ya no sólo de deseo y/o gratificación sino de lástima y conmiseración por el sólo hecho de ser mujeres.

Así, ese día con Flor ponía en palabras dos frases que hasta entonces no había formulado apropiadamente pero que me parecían medulares para entender el #MeToo en tanto oportunidad y en tanto trampa. Porque, sin perjuicio de los casos en los que opera coerción, coacción, amedrentamiento y violencia derivada de una línea de poder (por ejemplo, en una relación impropia y/o en una estructura jerárquica), es importante también reconocernos a las mujeres como sujetas con derechos, consciencia (no sólo conciencia) y volición, de modo que esté claro que, en materia de interacción entre sexos (porque este es un tema principalmente discutido entre sexos, no géneros): no toda atracción no correspondida es acoso y no toda relación sexual cuya reconstrucción o recuerdo no es grato constituye una violación.
Y es importante decirlo (como desde entonces lo he hecho en mis clases y en la radio) aunque no sea una postura cómoda para el discurso imperante y aunque se corra el riesgo de ser crucificada por “defender a los hombres” pues nada más lejos de la intención. Por el contrario, es la idea de que cualquier manifestación de atracción no correspondida es lesiva y hostigadora y, como correlato, que cualquier interacción sexual cuyo recuerdo luego no sea placentero implica un abuso o violación la que atesta el poder de los hombres sobre las mujeres como fuerza per se y la que remueve de nosotras la capacidad y el derecho a oponernos antes de llegar a ser víctimas; de expresar desagrado o rechazo ante un vínculo potencial y enfrentar la consecuencia cotidiana de hacerlo; y de equivocarnos a nivel de deseo y contacto y poder reconocerlo (si así lo queremos) sin una explicación freudiana (y, por ende misógina) que sólo nos conduzca a la avenida del trauma y a las tiendas de la terapia y de la vulnerabilidad como único leitmotiv para explicar todas y cada una de nuestras acciones.
Sin duda, al deconstruirla, la narrativa del #MeToo es tan simple de digerir y tan no evidentemente peligrosa que, posicionarse ante ella desde una perspectiva crítica, bien puede ser visto como suicidio social. Sin embargo, no por ello debe dejarse de denunciar que su espíritu es más legitimante que cuestionador si – lejos de denunciar la raíz estructural de desigualdad patriarcal cuya manifestación principal es la exclusión de las mujeres y de lo femenino de los núcleos duros del poder empezando por la distribución de la riqueza – se dedica básicamente a vendernos (literalmente, en camisetas hipster de ‘Acosador carepicha’ que sienten como signo de poder sin ver que su mensaje más bien ratifica el poder del falo) la idea de que basta con que las mujeres de arriba berreen y su berreo encuentre un espacio en medios para superar todas las brechas. Lo anterior, no sólo es perverso y cínico sino que se encuentra muy a tono con el capitalismo imperante, experto en reconocer y representar con tal de jamás redistribuir.
De ahí, ese día de octubre le decía a Flor que llama la atención que las “nuevas luchas feministas” (las publicitadas en medios, al menos) sean sólo desde la posición de víctimas y desde un leitmotiv de lástima que se envuelve en la pashmina del anglicismo (tan polisilábico como importado y vacío) de “sororidad”, la cual encima nos tiende la trampa de que sólo es “sororaria” (hasta cuesta digitarlo) quién se somete por completo a la agenda política de la élite activista burguesa del movimiento (sin separarse ni una coma) para reclamar desde la individualidad colectiva (que no es lo mismo que comunidad) todo lo que no implique jamás cuestionar la repartición de dividendos (de todo bemol) incluso (¿o especialmente?) a lo interno de las luchas.
Por el contrario, quien disienta de esa agenda (ya sea en un punto de reclamo o en una manifestación de alguno de ellos) es tachada de ‘paria’ (esto sin considerar las que de facto son excluidas del imaginario feminista por ser consideradas ‘siervas’ a gusto) y de ‘traidora’, sin ver la grandísima ironía de que liberarse como sujeta política implique automáticamente someterse a la voluntad de las otras y no de las otras de la base de la pirámide sino de la élite de la misma.
Me recuerda aquel famoso discurso de Hillary Clinton en 2016 cuando – tan desesperada como su rival por meterle los dientes a la silla presidencial – se dejó decir que “There’s a special place in hell for women who don’t support other women”. Válgame Dios (pun intended): usar el infierno, ese al que nos han condenado durante siglos por desobedecer los roles de género, como incentivo para que las mujeres adopten su versión de feminismo corporativizado marca ACME, siempre sororario y nunca solidario pues basta con ver su paso por la Casa Blanca – tanto en rol de “Primera Dama” (for whatever that means) como de Secretaria de Estado – para constatar que su agenda nunca puso a las mujeres – más allá de ella misma – en un puesto prioritario y que, en campaña la mujer exaltada siempre fue ella misma, copia al carbón del poder masculino.
Y he ahí el viejo riesgo confrontado al nuevo en materia de construcción discursiva del poder femenino: ni caer en ser réplicas femeninas del homo economicus, ni saltar a la primera oportunidad de posicionarse como femina victimis. Claro, se dice fácil pero en la práctica por supuesto que requiere reflexión y carácter pero vale la pena comenzar por preguntarnos si un primer paso no radicará en pensarnos desde nosotras y no sólo desde ese ojo masculino de cazador-cazada.
Vale la pena detenerse a pensarlo.

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