Inés Revuelta: Cultura y Transformación Social en Tiempos de Pandemia

La Cultura, en su más amplio espectro, concebida a partir de la misma concepción y expresión del ser humano no puede ser dejada a la deriva en tiempos de pandemia. Se requiere sabiduría, conocimiento, acción y sobre todo, valorar lo que hemos construido, los legados que disfrutamos al tiempo que recogemos como cosecha y cómo esos legados en tiempo de pandemia también son una “forma superior de medicina para el cuerpo, la mente y el espíritu”.

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Inés Revuelta Sánchez, Académica UNA.

Desde el mismo momento en que el ser humano organizó sus tareas, roles y funciones en grupos sociales, ha tenido la necesidad inherente de expresarse y de comunicarse. La comunicación se estableció inicialmente como aquello básico que permitía a las personas, ya fuera con lenguajes corporales y orales u otros vocabularios rudimentarios y poco elaborados, establecer vínculos para sobrevivir en la cotidianidad y para relacionarse con otros. Sin embargo, la expresión del ser humano lo ha acompañado a lo largo de su historia como una forma de ser y de sensibilizarse ante su misma presencia, ante su entorno y ante las interpretaciones que ha dado a lo largo de su vida a lo trascendental, lo mágico, lo supremo y con todo aquello con lo que  haya intentado hacer tangible su relación con el cosmos. La cultura de la reflexión ha sido una acción diaria y cotidiana, consciente e inconsciente que a su vez ha  nutrido la expresión y la comunicación del ser humano.

A partir de la expresión, la comunicación, el ser y el quehacer, la cultura se construyó colectivamente ante la necesidad de hilar los comportamientos humanos que se convertían en costumbres, tradiciones, expresiones artísticas o sensibilidades que las personas comunicaban por medios alternos y diversos tales como la magia, la escritura, la pintura, la danza, la música,  incluso la ciencia y el deporte entre muchas otras formas. Se han encontrado pinturas rupestres con una antigüedad superior a los cuarenta mil años en algunas cavernas y sobre las cuales, la antropología ha interpretado que servían a las personas para expresar la comunión con su espíritu, con otros espíritus o para ilustrar las formas de percibir el mundo, como por ejemplo representaciones de seres antropomorfos en el arte paleolítico. Lo anterior, sin detrimento de que algunas civilizaciones como la Sumeria o la China nos mostraron grandes avances en la escritura, la pintura, la elaboración de herramientas, instrumentos musicales, cerámicas, vasijas y tablillas entre muchos otros, con registros de más de cinco mil años.

Imagen con fines ilustrativos. Pintura rupestre en la Cueva de Altamira, España (Wikipedia.com).

Imagen con fines ilustrativos. Pintura rupestre en la Cueva de Altamira, España (Wikipedia.com).

Por eso y llegado a este punto, es vital comprender cómo la sociedad con todo este bagaje en su desarrollo y evolución está gestionado en este momento de la historia esa misma relación consigo misma, con su entorno y con sus creencias espirituales o superiores, sin importar su credo o aspiración cósmica y planetaria. Este es un momento crítico en la historia de la humanidad que sirve de puente entre lo adquirido, vivido y sentido a través de miles de años y que nos debería servir de caja de herramientas para enfrentar y solventar de la mejor manera la crisis económica, social, política y cultural que nos acontece ante la pandemia del COVID-19.

En el caso de Costa Rica, la transformación de los sectores productivos que viene experimentando el país y que evidencia en su publicación anual el Programa Estado de la Nación 2019, nos presenta un país que después de la crisis de finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, ha sufrido grandes transformaciones, dejando al descubierto la necesidad de replantear nuestro pacto social, que incluye tanto lo educativo como lo cultural, gestado en mayor medida a partir de las maestras y maestros humanistas, formados y educados en su gran mayoría en la Escuela Normal de Heredia, quienes tuvieron una enorme visión para sentar las bases de lo que hoy recoge nuestra generación y posiblemente las venideras. Un país que supo institucionalizar la Cultura (con mayúscula) mediante un Ministerio impulsado por corazones y mentes visionarias de las artes y la educación; finalmente creado en 1971 con don Alberto Cañas Escalante como primer Ministro de Cultura, Juventud y Deportes, fundamentado sobre unas bases institucionales que no han sido para nada ortodoxas sino que han tocado todas las fibras del tejido social costarricense.

De ahí que, ante una crisis económica y social que afecta tanto a Costa Rica como a  la mayoría de países del mundo, exacerbada por la pandemia del COVID-19; aunada a una transformación progresiva de los sectores productivos que nos convirtieron de un país de vocación agrícola en un referente en la prestación de servicios, comercio y producción de dispositivos de alta tecnología entre otros; no nos debemos extrañar que se haya impactado a la baja la recaudación fiscal. Este es un aspecto que el país intentó corregir con la última reforma fiscal aprobada a finales del 2018 y que nos deja aún más debilitados por su laxa implementación y las medidas económicas que  adopta el Estado para hacer frente a lo prioritario en el ámbito social en el contexto actual.

Es aquí en dónde como sociedad y sin dejar de lado la atención a lo económico y precisamente porque lo económico nos afecta a todas y todos en muchas formas, es que también se hace necesario volver los ojos hacia nuestro quehacer cultural, no como aquello concebido por y para las élites intelectuales o académicas, sino hacia una Cultura creada, gestada y producida por y para todas las personas que tienen necesidad de expresarse y desarrollarse, y que incesantemente buscan espacios y formas para hacerlo. Estos espacios y formas comprenden pero también van más allá de lo público o de lo privado, de lo físico o lo virtual, de la creación o de la producción y que son formas que incluso el mismo Estado ha cultivado e impulsado con el fortalecimiento de capacidades, financiamiento de programas, proyectos, actividades y emprendimientos, entre muchas otras iniciativas.

Y es así como en estos momentos de pandemia y transformación social, en nuestra retina debe permanecer el esfuerzo y tesón de las mujeres y hombres humanistas que visionaron una sociedad más justa, equitativa, inclusiva y expresiva. Debe permanecer de igual forma, la dosis de realidad que nos alcanza después de casi treinta años sin hacer los grandes ajustes estructurales que el país ha requerido, incluso en la Cultura,  para prepararse para situaciones tan apremiantes como la actual y también, debe permanecer el vínculo social y solidario que nos une y que nos ha hecho permanecer a lo largo de una historia común, representada y marcada por hitos culturales. No se puede ni se debe enfocar la pandemia y la transformación social, sin tomar en cuenta a la Cultura.

Imagen con fines ilustrativos. Escuela Normal de Heredia, Costa Rica (Nación.com).

Y dado que, sin lugar a dudas la Cultura ha sido origen, motivo y motor del desarrollo humano en el mundo y en la Patria, este es un momento propicio para preguntarnos, ¿cómo estamos como sociedad gestionando en nuestra cotidianeidad los apoyos al gremio artístico, a las personas en la Cultura y las políticas públicas culturales?

En primera instancia, ha sido meritorio conocer por los medios de comunicación y particularmente por las redes sociales, cómo las personas en tiempos de confinamiento social regresan a la lectura, la escritura, la pintura, la artesanía, la cocina, la música, la poesía y la danza entre muchas otras formas de expresión, comunicación, creación y recreación; así como de relajación, sostenimiento físico, emocional y espiritual. El teatro y las artes escénicas también ha inundado la oferta virtual y digital más allá del sicodrama real que vive la humanidad. Este es un momento histórico en dónde nos ha acompañado un buen libro, una pieza musical o hemos emprendido algún proyecto desde la expresión artística o cultural, generado en espacios tradicionales hasta los muy particulares, desde cada hogar en lo muy personal hasta lo grupal como es el caso por ejemplo, de los centros de personas adultas mayores disfrutando e incluso haciendo terapia por medio de una expresión artística y cultural.

La sociedad se ha movido desde la individualidad virtual hasta la colectividad remota, desde la intimidad de una persona hasta la familiaridad de las burbujas sociales. Es decir, recurrimos a espacios seguros, creativos e íntimos ya sea en lo individual como en lo colectivo y nos expresamos y comunicamos con otros y con nosotros mismos,  por medio de una manifestación, por medio de una expresión. Hemos tenido que prescindir de lo material y del consumo  pero el Arte y la Cultura (reitero, con mayúscula) se han mantenido fieles a la supervivencia de la humanidad; han sido leales en su anclaje histórico.  Sin duda alguna, también han constituido un recurso real y esencial para mantener un ápice, un kilo o una tonelada de la salud física, mental, emocional y espiritual a las personas, procurándoles una infinita capacidad y fe por sobrevivir de todas las maneras posibles. Es así, como inicialmente debemos reconocer que socialmente y ante la coyuntura, el instinto nos ha enfocado en formas de expresión y creación artística y cultural que nos han acompañado siempre, muchas veces malconsideradas como un accesorio y sin mayor valor social. Pero ciertamente, el Arte y la Cultura (sí y de nuevo sí, con mayúscula) se han convertido en motivo, medio, recurso y estrategia poderosa para contener y lograr en muchas formas, mantener el mayor bienestar posible de las personas ante esta situación de emergencia mundial.

Imágenes con fines ilustrativos. Artistas alemanes salen a sus balcones (DW.COM).

De seguido y no menos importante, debemos replantearnos la forma en cómo de manera individual y colectiva, estamos apoyando a quienes no sólo han recurrido a las manifestaciones artísticas y culturales como una afición o pasatiempo, sino que las han hecho su forma de vida y por ende, dependen económicamente de esa actividad para vivir. Nos hemos sensibilizado y emocionado con artistas que desde sus balcones hasta en sus redes sociales se han reinventado  para lograr expresarse, llegar y apoyar a otros con música, canto, pintura y poesía entre otras.  Pero en la realidad, ¿es que acaso hemos reflexionado en cómo está esa persona, ese artista, ese gestor cultural, ese creador, afrontando su confinamiento sin recursos? ¿Quién los apoya a ellas y ellos en momentos en que significan un gran apoyo para la sociedad?

Por último, ¿hemos sido como sociedad proactivos en revisar las asignaciones presupuestarias que se destinan a la Cultura (siempre con mayúscula pero históricamente tratada como “minúscula”) y en actualizar las políticas culturales al signo de los tiempos? Lo anterior se refiere no sólo al Ministerio de Cultura y Juventud, sino desde los apoyos que muchos otros ministerios, instituciones gubernamentales y organizaciones públicas y privadas están destinando a apoyar el gremio artístico y cultural por medio de acciones que los integre y visibilice, para permitirles mantener vigente y multiplicar sus formas de creación, producción y otras, no a la luz de un espíritu asistencialista sino realmente altruista, digno y a la altura de su importancia social.

Otra pregunta generadora digna de una mesa de trabajo debería ser, ¿nos hemos comprometido verdaderamente con una planificación efectiva para el Arte y la Cultura que se enfoque no sólo en resultados sino también en su verdadero, eterno, multifacético y vital impacto a todo nivel en la sociedad? En esta misma línea de pensamiento, deberíamos preguntarnos, proponer, enfrentar y ejecutar acciones eficientes y efectivas para  divulgar de manera verdaderamente democrática, menos demagógica y mucho más pragmática, las actividades artísticas y culturales con el fin de que sean exitosas y generen réditos económicos a las personas involucradas que con su hacer también generan réditos más allá de lo económico a la sociedad. ¿Y por qué? Porque ellas y ellos también deben subsistir como parte del día a día. Los artistas, los gestores y todas las personas que forman parte del mucho del Arte y de la  Cultura son personas de carne y hueso, ciudadanas y ciudadanos que  también comen, pagan la luz y el agua, el techo bajo el cual duermen y otros. No quieren limosna, lo que hacen y quieren es expresar, comunicar, aportar, trabajar…quieren dar con su ser para que sigamos siendo. Bajo este análisis, la planificación en lo público y lo privado, a nivel país, con resultados y verdadero impacto, debe incluir en forma efectiva a este grupo más allá de un adorno o ítem obligado en un programa de trabajo o en un acto cultural como tradicionalmente se le sitúa.

Más allá de las preguntas de evaluación y generación de estado de situación, debemos enfrentar la posibilidad real de analizar qué podemos hacer más y mejor, de la reinvención de formas, estrategias, recursos y otros aspectos destinados a mantener y fortalecer a ese grupo humano dedicado al Arte y a la Cultura que necesita, más allá de un bono, un abono y apoyo real para seguir adelante y una plataforma estable, estructuralmente sólida con políticas culturales reales, dinámicas y democráticas  que permitan la mayor estabilidad económica posible ya que también son parte de nuestro tejido cultural histórico con su quehacer, promoviendo el desarrollo humano en nuestra Patria (sí, también con mayúscula).

Como sociedad, podríamos estar ante un daño irreversible para nuestro tejido social en lo artístico y cultural. Esta transformación social necesariamente requiere que no se deje de lado lo cultural. Con más propiedad que nunca, se requiere el reconocimiento, la visibilización, contención y apoyo efectivo de una Cultura que también está sosteniendo al mundo e incuso aportando a la salud física, espiritual, mental y ocupacional de las personas.

Hubo un momento en que los filósofos manifestaban que las personas que salían de las cavernas lo hacían para encontrarse con la luz, la comprensión de su entorno y el conocimiento de sus habilidades y capacidades en procura de su supervivencia. No obstante, la historia misma nos muestra cómo en las cavernas se cultivó al arte, la comunión espiritual y se dejó una huella imborrable del paso del ser humano por la tierra. Y precisamente por esto, no es hora de creer que necesariamente al regresar a “nuestras cavernas”, a nuestro confinamiento, la vida misma ha sucumbido; con esperanza podemos pensar en que, también puede ser una oportunidad para un nuevo despertar de una sociedad más expresiva, sensible y solidaria.

La Cultura, en su más amplio espectro, concebida a partir de la misma concepción y expresión del ser humano no puede ser dejada a la deriva en tiempos de pandemia. Se requiere sabiduría, conocimiento, acción y sobre todo, valorar lo que hemos construido, los legados que disfrutamos al tiempo que recogemos como cosecha y cómo esos legados en tiempo de pandemia también son una “forma superior de medicina para el cuerpo, la mente y el espíritu”. Sólo así, seremos capaces de dilucidar el mejor camino para gestionar de forma individual, colectiva y estatal con visión país,  las oportunidades y  necesidades del amplio, diverso e inclusivo gremio artístico y cultural y de la sociedad en general a la luz de un presente y un futuro que así lo demandan.

San José, Agosto del 2020

 


Inés Revuelta Sánchez

Académica de la Universidad Nacional
Ex Directora General del Teatro Nacional
Ex Directora Ejecutiva del Teatro Popular Melico Salazar
Estudió Arte, Educación y Administración
inesrevuelta@gmail.com

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