Inés Revuelta: Hacia un nuevo Pacto Social por la Cultura (II Parte)

Una necesaria reflexión más allá del Bicentenario.

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Inés Revuelta Sánchez, Académica UNA.

En el artículo anterior, fue necesario efectuar una contextualización histórica que diera fundamento al planteamiento de un nuevo Pacto Social por la Cultura, considerando que hay que aportar elementos sustantivos para que los compromisos que se establezcan sean sostenibles a largo plazo, esto con el fin de cumplir con los propósitos y fines de un acuerdo que beneficie a la sociedad costarricense en su conjunto.

De ahí que, llegado a este punto, procederé a desarrollar varias interrogantes como eje para una reflexión y acercamiento más puntual al tema que nos ocupa. Por eso la primera pregunta que debemos formularnos sería ¿con qué contamos en la actualidad?

En este aspecto podemos aducir que el Ministerio de Cultura y Juventud (pues en el año 2007, los “Deportes” se independizan parcialmente puesto que a la fecha aún no cuentan con “rango completo” o cartera a nivel ministerial), cuenta con una Política Nacional de Derechos Culturales 2014-2023 que tutela los siguientes derechos (MCJ, 2013, p.14):

  1. El derecho de las personas, grupos y comunidades a acceder, contribuir y participar de manera activa en la vida cultural.
  2. El derecho de las personas, grupos y comunidades de expresar libremente su diversidad cultural en equidad de condiciones.
  3. El derecho de grupos minoritarios para realizar sus prácticas culturales particulares.
  4. El derecho de protección de los intereses morales y materiales de personas, grupos y comunidades productoras o creadoras.
  5. El derecho de las personas, grupos y comunidades de crear manifestaciones, expresiones, bienes y servicios culturales y que sean valorados, reconocidos, apoyados y estimulados.
  6. El derecho de los pueblos, grupos y comunidades de preservar su patrimonio, material e inmaterial.
  7. El derecho de las personas, grupos y comunidades de acceder, producir y difundir comunicación e información cultural.
  8. El derecho de las personas, grupos y comunidades de disfrutar de una relación armónica con la Naturaleza.

 

Como se evidencia, tanto en los derechos que tutela como en los ejes estratégicos, la Política versa sobre una intencionalidad e integralidad que en muchas ocasiones no es fácil de abarcar y ejecutar en un ministerio con recursos limitados y con una diversidad de actores sociales, artísticos y culturales que demandan espacios de interacción, promoción, educación y vínculo social, sin dejar de lado, la sostenibilidad económica de muchos grupos y personas que dependen de la promoción cultural y la apertura de espacios formales dentro de las comunidades.

En oportunidades nos hemos encontrado con un manojo de buenas intenciones que se plasman en una política, sin embargo, en la ejecución se carece de la verdadera voluntad, del músculo, la sensibilidad, la permeabilidad y la sostenibilidad en el tiempo. No siempre una política integral resulta incremental, o sea que, no siempre reconoce lo vivido, recoge lo cosechado con abnegación, conjunta aspiraciones, incluye a quienes no tienen voz, define la Cultura a partir de sensibilidades históricas, aunque sea aquella que se levantó en un barrial, como lo escribió don Beto. Ninguna política cultural puede excluir, porque a nadie le ha sido negada la cultura. Puede que se niegue la educación (en lo que sería un acto criminal, un holocausto del conocimiento), pero no se puede negar el derecho de la persona a sentirse parte de un colectivo que le acoge en su seno, en el derecho a la Cultura. La persona nace, vive y fallece en una cultura.

Es aquí en dónde y más allá de las críticas (porque de nada vale llorar sobre la leche derramada y por tanto, convendría vigilar mejor el vaso y sostenerlo mejor para que no se derrame),  se pretende construir y detectar oportunidades de mejora para que la sociedad se beneficie como un todo de las acciones de un Ministerio que es responsable a nivel gubernamental por mandato ciudadano de planificar, asignar, ejecutar y establecer el adecuado seguimiento y control de modo que los recursos que asigna el Estado en este caso a la Cultura, sean eficiente y eficazmente utilizados y sobre todo, democráticamente asignados, vivenciados y disfrutados. Porque si el Estado somos todas y todos, la Cultura es para y por todas y todos.

Una segunda interrogante debería plantearse en torno a nuestro legado histórico, es decir, lo que se ha construido y lo que constituye al día de hoy “nuestra Cultura”. ¿Cómo gestionar nuestro legado histórico cultural? Aquí es dónde se debe hacer una nueva reflexión basada en la forma que tenemos en la actualidad de apropiarnos de la implementación de programas, proyectos y planes; asimismo, la inclusión real y verdaderamente democrática que se hace de todas las poblaciones y sectores, tales como a las  personas con discapacidad, personas adultas mayores y poblaciones indígenas entre otras; también debe valorarse si se están incorporando verdaderamente los programas comunales mediante el apoyo o gestión de las municipalidades y respondiendo a las necesidades y demandas de cara y más allá del Bicentenario. No solo tiene que ver con la gestión cultural, con nuestra historia como bien patrimonial, con el  patrimonio construido, con las costumbres y tradiciones y las manifestaciones artísticas y culturales en general; también tiene que ver con la forma en cómo se comunican, potencian e incorporan esos elementos al imaginario costarricense y como se establecen alianzas de  verdadero impacto y sostenibilidad con otras áreas importantes  del desarrollo social como es el caso de la educación.

Costa Rica, como bien se mencionó previamente en este artículo y de acuerdo al criterio de personas que han reflexionado sobre el tema, ha tenido un desarrollo tímido, incipiente y muy orientado hacia el mercado interno. No obstante, eso no significa que se deban invisibilizar las contribuciones y aportes de todos los sectores y grupos sociales ya sea, las personas indígenas, las mujeres y hombres rurales, la juventud inmersa o excluida del sistema educativo formal, las personas artistas con formación autodidacta, entre otras. Asimismo, todas las expresiones artísticas y culturales que formen parte de nuestra identidad y que resulten de este proceso evolutivo que tiene la misma sociedad en su desarrollo histórico, deben hacerse visibles y ser valoradas. Se debe prestar particular atención a una cierta aversión que se genera incluso a lo interno de algunos círculos culturales y especialmente en los institucionales por legitimar muchas de las propuestas que surgen de las mismas comunidades y se requiere abrir o ampliar la visión para que todo sea considerado en el correcto contexto cultural. Porque la Cultura es la manifestación de todo lo que, a nivel individual y colectivo hacemos y cómo lo hacemos.

Además, es importante no satanizar la influencia externa que nos llega como resultado de un mundo globalizado. Las ideas, tendencias e información pueden venir de afuera y eso es parte de una lógica y una dinámica mundial. Este reconocimiento de que tanto lo autóctono como “lo de afuera” es válido en la construcción de la identidad, se hace posible siempre y cuando se tenga presenta que lo anterior, no debe ser impuesto y más bien debe ser legitimado por los grupos y personas que hacen y viven la Cultura. Lo anterior debe partir del pleno respeto al ser, a la identidad, a las costumbres y tradiciones y a partir de ahí pasar a potenciar, apoyar, gestionar y promover en lo posible, todas las manifestaciones culturales.

Por eso, llegado a este punto deberíamos enfrentarnos a la necesidad y posibilidad de plantear un nuevo Pacto Social por la Cultura y cuáles aspectos deberíamos incluir en esta primera reflexión. En primer lugar y tal como se hizo en 1940, una concertación nacional por la Cultura debería incluir todas las voces que representen los intereses de la sociedad, de los grupos organizados en la sociedad civil, la representación política, la educación formal e informal a todo nivel, los gremios artísticos sean asociados o independientes, las representaciones de los pueblos indígenas, a representantes de los grupos etarios, e incluso las voces independientes entre muchos otros. Este paso cumpliría con dos objetivos: el de validar la política actual para retroalimentarla y mejorarla y, consolidar una base ciudadana amplia de consulta y definición de acciones por la Cultura nacional que ejecute y operativice una política que se adopte estatalmente con un fundamento ciudadano, se ejecute verdaderamente en forma sostenible y que responda al signo de los tiempos con vista al presente y visión de futuro en procura de resultados y sobre todo, de verdadero impacto.

Cuando se construye un pacto, se recurre al consenso, a la apertura de espacios, a darle voz a todas y todos, incluso  a quiénes históricamente no la tienen, a legitimar institucionalmente aquellas manifestaciones culturales que expresan a lo largo y ancho del país el sentir y sentido de nacionalidad y Patria. Asimismo, sopesa las influencias externas y las incorpora en su justa dimensión social. Se tienden puentes de comunicación que deben ser validados y respetados por las partes, que deben unir y converger en intereses comunes, pero sobre todo, un pacto es una ruta de acción a largo plazo que deja su huella en las futuras generaciones, tal y como ocurrió con el legado de las mujeres y hombres que creyeron en un proyecto cultural y lo consolidaron a principios del Siglo XX y que posteriormente fueron capaces de ponerse de acuerdo en la década de los cuarenta, no solo antes y durante la Constituyente y que, posteriormente se respetaron e implementaron de forma paulatina los acuerdos sociales hacia la Costa Rica del hoy y del mañana.

Las valoraciones que se hacen de lo bueno, lo malo, lo bonito, lo feo, lo clásico, lo popular, lo estético o lo antiestético no deben abandonarse a la suerte de unas pocas personas, deben ser producto del consenso y del reflejo de una sociedad en su conjunto, si es que del todo eso es posible y éticamente correcto en la diversidad de la Cultura. Vuelvo a traer a colación a Borges, porque resulta muy atinente en la construcción de los planteamientos aportados aquí, como cuando afirma que, “El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones” (p.113). Es decir, hay un concepto de cohesión, unidad e integralidad en las acciones de una sociedad y de sus instituciones. Una integralidad que nos representa como sociedad y por ende, si una de sus partes no está cohesionada, falla al unísono todo el sistema. No se puede hablar de representación, manifestaciones o expresiones culturales y artísticas si lo que se representa no me representa.

Para eso, debemos como país, al llegar al Bicentenario de la Independencia, ser capaces de construir con pensamiento innovador, un nuevo Pacto Social por la Cultura que fortalezca y dinamice nuestro quehacer cultural y artístico, establezca prioridades en un proyecto educativo formal para nuestro país y que incluya también a las personas, sectores y programas informales. Un nuevo Pacto Social por la Cultura que sea inclusivo, real y posible de cara al Bicentenario pero sobre todo más allá de este. Necesitamos Patria por mucho rato. Hacer Cultura es hacer Patria, es hacer país, es creer en las comunidades, las personas y su influencia sobre el entorno. Es avanzar en el texto y también en el contexto…sin dilación ni pretexto.

A partir de un nuevo pacto, se debe gestar entonces una nueva política cultural  que no parta de intereses gubernamentales en su génesis, y que más bien sea originada a partir de las verdaderas necesidades y planteamientos de grupos y sectores a nivel individual y colectivo, formal e informal, en lo público y en lo privado. El pacto debe ser orgánico y democrático en su concepción y liderado en forma estatal en su ejecución. Asimismo, debe considerar la asignación de recursos con que se cuenta y se contará, no por un periodo de gobierno, sino a un plazo no menor a veinte años; porque la única forma de obtener resultados e impacto es considerando un verdadero alcance a nivel de tiempo entre otros. No obtendremos resultado e impacto significativo con relación a la inversión en Educación y Cultura en niños y jóvenes, para citar un ejemplo, hasta que no hayan pasado algunas etapas de su desarrollo y se puedan medir y valorar los resultados. Cuando se registre el impacto, se podrá entender mejor el por qué asignar la mayor cantidad posible de recursos a la Cultura y a la Educación es una inversión social de magnas proporciones y rédito a nivel social y económico y particularmente significativo a mediano y largo plazo.

Reitero que cada elemento cuenta y suma, de ahí que lo importante es unir muchas voces, muchas intenciones, muchas vocaciones y sobre todo, muchas esperanzas de que podemos ser capaces de llegar a creer verdaderamente en la Cultura al mismo nivel en que debemos como creer en una Educación transformadora para las nuevas generaciones. Al final de cuentas, Cultura y Educación van de la mano en el camino hacia un mayor desarrollo.

Costa Rica puede estar a las puertas de un desmantelamiento de algunas de sus instituciones debido entre otros, a la crisis económica provocada por la pandemia del COVID-19 y eso puede tener repercusiones en las instituciones que se considere no prestan servicios esenciales o sustantivos. Eso no es ajeno a ninguna crisis, pero sí podría minar un legado histórico y cultural que nos ha cobijado a lo largo de nuestra historia como nación, sumando una población diversa, multiétnica, pluricultural, asentada en una tierra fértil sobre la cual se construyó un país a base de esfuerzo, dedicación, compromiso y disciplina. Parte importante de esa construcción está cimentada también en un pueblo que creyó en sus tradiciones, la creación literaria, la artesanía, poesía, danza, música y folclor entre otros. Creyó en sus costumbres de vestimenta, gastronomía, movimiento, palabra y pensamiento. Creyó en (aunque debería creer más y cuidar mejor) su patrimonio construido, y en general en todo el patrimonio material e inmaterial.  Creyó en que todas las personas, hombres y mujeres de diversas edades, de razas, etnias y culturas, del norte y del sur, del este y oeste, porque en conjunto suman al colectivo social sobre el cual se construyó lo que tenemos hoy.

Es por lo anterior que vale la pena reflexionar, proponer, dialogar, tender puentes, y sobre todo, sumar voluntades con visión de futuro para que como parte de  la celebración del Bicentenario y más allá de este, sea posible contar con una renovación de nuestra vocación cultural y construyamos un nuevo Pacto Social por la Cultura, es decir, construyamos más y mejor Patria.

Nota de la autora: la recopilación de las fuentes consultadas se efectuará en el siguiente y último de los tres artículos que conforman esta trilogía.

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